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TENER UN VERDADERO CONCEPTO DEL CUERPO ELEMENTAL O ETÉRICO
Lo que ocurre al cuerpo
físico después de la muerte es evidente mediante la observación del mundo
exterior. Pero esta observación no es posible con respecto a la experiencia
interna. Mientras el alma se percibe a sí misma por medio de los sentidos en su
vida ordinaria, no puede ver más allá de los límites de la muerte. Si el alma es
incapaz de formarse ideas que vayan más allá del mundo exterior, que absorbe su
cuerpo al morir, entonces no hay posibilidad alguna para ella respecto a todo lo
que concierne a su propio ser, salvo la de mirar hacia la nada y el vacío del
otro lado de la muerte.
Si se desea conocer la
experiencia interna del alma después de la muerte, el alma tiene que
percibir el mundo exterior por otros medios que no sean los sentidos y el
intelecto a ellos ligado. Estos pertenecen al cuerpo y se disuelven con él.
Lo que ellos nos dicen no puede conducir a otra cosa que no sea el resultado
de la primera meditación. Y este resultado consiste meramente en que el alma
se diga a si misma "Estoy sujeta a mi cuerpo. Este cuerpo está sujeto a
leyes naturales que guardan conmigo la misma relación que todas las demás
leyes naturales. Mediante ellas me convierto en miembro del mundo exterior,
hecho que valoro de forma diferente al reflexionar sobre lo que el mundo
hace con mi cuerpo después de la muerte. Durante la vida me proporciona los
sentidos y el intelecto, lo que me impide ver el verdadero estado de las
cosas con respecto a mis experiencias, después de la muerte.
Y esta relativa conclusión
que viene con la muerte sólo puede conducir a dos resultados. O bien se
suspende toda investigación posterior acerca del misterio del alma, y se
abandona todo trabajo para adquirir conocimiento en este sentido; o bien se
hacen esfuerzos para obtener, mediante la experiencia interna del alma, lo
que el mundo exterior rehúsa ofrecer. Estos esfuerzos pueden producir un
aumento de poder y energía con respecto a la experiencia interna, que no
podría obtenerse de otro modo en la vida ordinaria.
En la vida ordinaria, el ser
humano tiene cierta cantidad de energía en sus experiencias internas, en su
vida del sentimiento y del pensamiento. Por ejemplo, él puede pensar cierto
pensamiento con tanta frecuencia como se produzca un impulso interno o
externo que lo incite a ello.
Sin embargo, puede elegir
voluntariamente un pensamiento dado y repetirlo una y otra vez sin ningún
motivo externo, y con una energía tan intensa que lo haga vivir como una
realidad interior. Y ese pensamiento, mediante repetidos esfuerzos, puede
ser convertido en el objeto exclusivo de nuestra experiencia interna. Y
mientras así lo hacemos, podemos mantener alejadas todas las impresiones y
recuerdos o memorias que pudieran surgir en el alma. Y entonces es posible
entregarnos tan por completo a ciertos pensamientos o sentimientos, con
exclusión de cualesquier otros, que hasta podemos convertirlos en una
realidad interna.
Sin embargo, si tal
experiencia interna ha de conducir a resultados realmente importantes, debe
llevarse a cabo de acuerdo con ciertas leyes probadas. Dichas leyes están
registradas por la ciencia de la vida espiritual. En este Espacio Web se
mencionan un gran número de estas reglas o leyes. Con ese método se obtiene
la vigorización de los poderes de la experiencia interna. Esta experiencia
se condensa en cierta forma. El resultado de esto lo conoceremos mediante la
observación de nosotros mismos cuando la actividad interna descrita ha sido
continuada durante un tiempo suficientemente largo. Es verdad que se
necesita mucha paciencia antes de que aparezcan resultados convincentes.
Pero si no estamos dispuestos a ejercitar esa paciencia durante años
enteros, nunca obtendremos nada de importancia.
Aquí solo es posible dar un
ejemplo de esos resultados, porque los hay de muchas clases, y el que aquí
se menciona es apropiado para coadyuvar y adelantar el método particular de
meditación que estamos describiendo.
Un ser humano puede llevar a
cabo el fortalecimiento interno de la vida de su alma, como se ha indicado,
durante un largo período, sin que nada haya ocurrido en su vida interna que
le haga variar su forma de pensar usual con respecto al mundo. Súbitamente,
sin embargo, puede ocurrirle lo siguiente. Naturalmente, el incidente que
vamos a describir puede no ocurrir exactamente en la misma forma a dos
personas diferentes. Pero si llegamos a la concepción de una experiencia de
esta clase, habremos logrado la comprensión de todo el asunto en cuestión.
Puede llegar un momento en
que el alma logre una experiencia interna de sí misma en una forma
completamente nueva. Al principio ocurrirá generalmente que el alma, durante
el sueño, se despierte, por decirlo así en un sueño. Pero en seguida
sentimos que esta experiencia no puede ser comparada con un sueño ordinario.
Estamos completamente aislados del mundo de los sentidos y del intelecto, y
sin embargo, sentimos esta experiencia en la misma forma que si estuviéramos
completamente despiertos ante el mundo exterior en la vida corriente. Con
ese objeto empleamos ideas análogas a las que tenemos en la vida ordinaria,
pero sabemos muy bien que estamos experimentando cosas diferentes de las que
normalmente están unidas a esas ideas. Esas ideas se emplean solamente como
medios de expresar una experiencia que no habíamos tenido nunca antes, y que
podemos ver es imposible para nosotros tenerla en la vida ordinaria.
Sentimos,
por ejemplo, como si estuviéramos rodeados por una tormenta. Oímos el trueno y
vemos los relámpagos, y sin embargo, sabemos que estamos en nuestra habitación.
Nos sentimos compenetrados por una fuerza que antes nos era completamente
desconocida. Entonces nos imaginamos que vemos rajaduras en las paredes en torno
nuestro, y nos decimos a nosotros mismos, o a alguno que creamos está cerca de
nosotros: "Me encuentro en grandes dificultades, los rayos atraviesan la casa y
se apoderan de mí. Los siento que me toman y me disuelven".
Cuando esta serie de
representaciones ha pasado, la experiencia interior pasa de nuevo a las
condiciones ordinarias del alma. Nos encontramos de nuevo en nosotros
mismos, pero con la memoria de la experiencia que hemos tenido. Si esta
memoria es tan vívida y correcta como cualquier otra, nos permitirá
formarnos una opinión de la experiencia.
Y entonces conocemos
inmediatamente que hemos pasado por algo que no puede ser experimentado por
ningún sentido físico, ni por la inteligencia ordinaria, porque sentimos que
la descripción dada y comunicada a otros o a nosotros mismos, es sólo un
modo de expresar esa experiencia. Aunque la expresión sea un medio de
comprensión, la experiencia en sí nada tiene de común con ella. Sabemos que
no necesitamos ninguno de nuestros sentidos para tener dicha experiencia.
Aquel que la atribuyera a
una actividad oculta de los sentidos o del cerebro, no conoce en realidad el
verdadero carácter de esta experiencia. Lo que hace es adherirse a la
descripción que habla de rayos, truenos, rajaduras en las paredes, y, por
consiguiente, cree que esta experiencia del alma es solamente un eco de la
vida ordinaria. Considera la cosa como una visión en el sentido ordinario de
la palabra. No puede verlo de otra manera. No toma en consideración, sin
embargo, que cuando uno describe esa experiencia, está empleando las
palabras rayos, truenos, rajaduras en las paredes, como representaciones de
lo que se ha experimentado, y que uno no debe tomar la representación por la
experiencia misma. Es verdad que la cosa parece como si uno hubiera visto
realmente esos cuadros. Pero uno no se encontraba en la misma relación con
el fenómeno de los relámpagos o rayos en este caso, como cuando los está
viendo con los ojos físicos; uno ve a través del rayo algo que está tras él
y que es completamente diferente: contempla algo que no puede ser
experimentado en el mundo exterior de los sentidos.
Con objeto de que pueda
juzgarse correctamente, es necesario que el alma que ha tenido tales
experiencias, una vez que estas han pasado, se encuentre sobre una base
sólida respecto al mundo exterior ordinario. Debe ser capaz de contrastar
claramente lo que ha tenido como experiencia especial, con sus experiencias
ordinarias en el mundo exterior. Aquellos que en la vida ordinaria están ya
predispuestos a dejarse llevar por toda clase de fantasías respecto a todas
las cosas, son los más incapaces de juzgar con rectitud. Cuanto más sano,
quizás cuanto más sobrio, sea el sentido de la realidad que uno tenga, tanto
mejor podremos formarnos un juicio valioso de tales cosas. Uno solo puede
lograr confianza en las experiencias suprasensibles, cuando siente respecto
al mundo ordinario que percibe claramente sus procesos y objetos tal como
realmente son.
Cuando en esta forma quedan
reunidas todas las condiciones necesarias, y tenemos razones para creer que
no hemos sido engañados por una visión ordinaria, entonces sabemos que hemos
tenido una experiencia en la que el cuerpo no estaba transmitiendo
percepciones. Hemos logrado una percepción directa mediante el
fortalecimiento del alma, fuera del cuerpo. Hemos obtenido la certidumbre de
una experiencia fuera del cuerpo.
Es evidente que en esta
esfera, las diferencias naturales entre la fantasía o la ilusión y la
verdadera observación hecha fuera del cuerpo no pueden ser indicadas en otra
forma que en el reino de la percepción externa de los sentidos. Puede
acontecer que alguno tenga una imaginación muy activa con respecto al gusto
y, por lo tanto, con solo pensar en la limonada, tenga la misma sensación
que si la estuviera bebiendo realmente. La diferencia, sin embargo, en tal
caso es evidente, dada la asociación natural en las circunstancias actuales
de la vida.
Y así sucede también con
esas experiencias que se tienen fuera del cuerpo. Con objeto de llegar a un
concepto plenamente convincente en esta esfera, es necesario que nos
familiaricemos con ella en una forma perfectamente sana, adquiriendo la
facultad de observar los detalles de la experiencia y de corregir unas cosas
mediante las otras.
Mediante una experiencia
como la descrita, obtenemos la posibilidad de observar lo que pertenece a
nuestro propio ser, no solamente mediante los sentidos y el intelecto, -o en
otras palabras los instrumentos corporales- sino por otros medios.
Ahora, no solamente sabemos
algo más acerca del mundo, que lo que esos instrumentos nos permiten
conocer, sino que, además, lo sabemos en una forma diferente, y esto es
especialmente importante. Un alma que pase por esta transformación interior,
comprenderá más y más claramente que los oprimentes problemas de la
existencia no pueden ser resueltos en el mundo de los sentidos, porque los
sentidos y el intelecto no pueden penetrar bastante profundamente en el
mundo en conjunto. Las almas que así se transforman para ser capaces de
lograr experiencias fuera del cuerpo, pueden penetrar en esos problemas con
mayor profundidad; y precisamente en lo que ellas han dejado escrito acerca
de sus experiencias, es donde se encuentran los medios para resolver los
enigmas del alma.
Ahora bien, una experiencia
que tiene lugar fuera del cuerpo es de naturaleza completamente diferente de
las que se tienen corporalmente. Esto se ve por la opinión misma que puede
formarse acerca de las experiencias descritas, cuando, una vez pasadas, se
restablece la condición de vigilia ordinaria, y la memoria ha recuperado su
estado claro y vívido. El alma siente el cuerpo físico como una cosa
separada del resto del mundo, y parece tener una existencia real solo en
cuanto pertenece al alma. No es así, sin embargo, con lo que experimentamos
dentro de nosotros cuando estamos fuera del cuerpo, porque entonces nos
sentimos ligados con todo lo que pudiéramos llamar el mundo externo.
Lo que nos rodea se siente
como si nos perteneciera, como si fueran nuestra manos en el mundo de los
sentidos. No hay indiferencia hacia el mundo exterior, cuando llegamos al
alma del mundo interno.
Nos sentimos completamente
entretejidos con lo que aquí podríamos llamar el mundo. Sentimos sus
actividades en forma de corrientes que atravesaran nuestro propio ser. No
hay una línea divisoria distinta entre un mundo interior y un mundo
exterior. Lo que nos rodea pertenece al alma que observa como las dos manos
físicas pertenecen a nuestra cabeza física.
A pesar de esto, sin
embargo, podemos decir que una cierta parte de este mundo exterior nos
pertenece más que el resto que nos rodea, en la misma forma en que hablamos
de la cabeza como independiente de las manos o de los pies. Así como el alma
llama “su cuerpo” a una parte del mundo físico externo, así también cuando
vive fuera del cuerpo, puede considerar una parte del mundo externo
suprasensible como si le perteneciera. Cuando penetramos en observación al
reino accesible a nosotros, más allá del mundo de los sentidos, podemos muy
bien decir que un cuerpo, que no perciben los sentidos, nos pertenece.
Podemos llamar este cuerpo, el cuerpo etérico o elemental, pero al emplear
la palabra "etérico" no debemos permitir que se establezca en nuestra mente
ninguna conexión con ese estado de materia sutil que la ciencia llama
“éter”.
Así como la simple reflexión
sobre la relación existente entre el ser humano y el mundo exterior de la
Naturaleza, conduce al concepto del cuerpo físico, lo que está de acuerdo
con los hechos, así también la experiencia del alma en los reinos
perceptibles fuera del cuerpo físico, conduce al reconocimiento de un cuerpo
elemental o etérico. |
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