| |
EL CUERVO IMITANDO AL ÁGUILA.
El pájaro de Júpiter raptó un carnero, y un cuervo testigo de la hazaña, no
menos glotón, aunque más débil de fuerzas, quiso al instante imitarle.
Vuela, pues, sobre el rebaño, y elige entre cien carneros al más gordo y
hermoso, víctima propicia para el sacrificio y reservada para bocado de los
dioses.
Nuestro cuervo se decía, devorándole con los ojos:
-No conozco a tu nodriza, mas tu cuerpo me parece en maravilloso estado; de
hermoso pasto vas a servirme. -Y al tiempo de decir estas palabras se lanza
sobre el animal lanudo. Mas la carneril criatura pesaba bastante más que un
queso, aparte de que su lana era de un espesor extraordinario y enmarañada
como la barba de Polifemo (1). Y de tal modo las garras del cuervo se
enredaron en ella, que el pobre bicho no pudo emprender la huida. Vino el
pastor, lo enjaula y se lo lleva a sus hijos para servirles de diversión.
La conclusión es clara: debemos medir las fuerzas. Mal sienta a los
ladronzuelos imitar a los ladrones. El ejemplo es un engaño peligroso. No
todos los dominadores son grandes señores. Donde la avispa pasa, el
moscardón queda.
(1) Polifemo, o el Cíclope (Odisea). Ovidio habló en las Metamorfosis de su
barba inculta y poblada. |
|