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Apertura a lo
desconocido, al crecimiento, al cambio
El ego se aferra a lo conocido porque eso le proporciona seguridad y afirma
su identidad (ambas cosas ilusorias, por supuesto). En cambio, cuando uno
vive a nivel del Ser quiere explorar y descubrir lo que todavía no conoce.
No es una búsqueda de novedad que provenga de la necesidad de llenado, ni
una búsqueda de placer o de excitación exterior poco duradera. Es una
voluntad de descubrir lo desconocido, un deseo de saber más, de comprender
mejor, una motivación que empuja a la personalidad a ampliar su percepción y
su comprensión de las cosas.
En particular, el mecanismo de querer tener razón se diluye en la energía
del alma. Así como el ego se aferra a lo conocido queriendo tener razón y
tratando de imponer su punto de vista, así a nivel del Ser uno se interesa
por los puntos de vista de los demás e intenta ampliar el suyo propio.
Cuando uno se alimenta de la fuente del Ser, siempre está aprendiendo. Su
espíritu está atento, sabe escuchar, está abierto y siempre presto a ampliar
su manera de percibir las cosas tras haber observado y reflexionado. Esta
actitud supone un cambio importante en la consciencia y es evidente que
conlleva una gran calidad en las relaciones humanas.
Un espíritu saturado de conocimientos, encerrado en los hechos, ¿es acaso
susceptible de aceptar lo nuevo, lo repentino, lo espontáneo? Si el espíritu
está lleno de lo conocido, ¿queda sitio en él para lo desconocido? No
olvidemos que la vida, que Dios, es en realidad siempre lo nuevo, lo
desconocido.
La apertura al aprendizaje implica la apertura al cambio, incluso en las
cosas más pequeñas de la vida. Cuando uno vive en la consciencia del Ser,
tiene una gran flexibilidad y una enorme capacidad de adaptación que puede
parecer debilidad a los ojos de los ignorantes, pero en realidad aporta
mucho poder y eficacia a la acción. Es una flexibilidad adecuada y correcta
que procede de la adaptación inteligente a los acontecimientos.
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