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ACTITUD GENERAL
ANTE LA VIDA I
Polarización sobre
sí mismo, arrogancia, orgullo: «Yo soy interesante, ESPECIAL, ÚNICO».
En el psicópata
activo no se nota en absoluto la profunda falta de confianza en sí mismo,
todo lo contrario. En general, da la impresión de estar muy seguro de sí
mismo y parece tener una gran estima por su persona, todo ello envuelto en
mucha arrogancia, aunque suele ser una arrogancia llena de encanto. Habla de
sí mismo sin cesar, cuenta su vida, sus experiencias, sus hazañas, etc.,
para hacer saber al mundo entero (o casi) que él es especial y que su vida
es apasionante. El psicópata pasivo será más discreto, pero no por ello
atraerá menos la atención. Para ser amado, hay que ser especial.
En realidad, si monta
tanta película para demostrar que es bueno e interesante, es porque en el
fondo de su inconsciente no está en absoluto seguro de sí mismo. La fuerza
de su orgullo o de su presunción es directamente proporcional a la pérdida
de contacto con su propia identidad.
En cualquier reunión,
tanto si es de orden profesional como social, el psicópata extravertido no
pasará nunca desapercibido. Todo el mundo tiene que verlo, ha de hacerse
notar. El psicópata introvertido se contentará con brillar un poco,
intentará seducir y llamar la atención por su encanto relativamente
discreto.
Hemos de decir, no
obstante, que la polarización sobre uno mismo puede ser apropiada para las
personas que están todavía poco desarrolladas, a fin de definir su ego.
Porque, para que el alma tenga un instrumento sólido, el ego debe estar bien
formado. De modo que centrarse sobre uno mismo puede ser útil durante algún
tiempo. Por eso hay algunos cursos de crecimiento personal en los que se
trabaja sobre la «afirmación de sí mismo». Pero, para las personas más
avanzadas, que ya no necesitan construir su ego sino que han llegado al
estadio en el que han de liberarse de él, su trabajo consiste en practicar
la humildad, el olvido de sí mismo y la impersonalidad. En este caso, la
estructura psicópata es una de las principales trampas que mantiene al
individuo prisionero del ego y hace más lenta la evolución.
Manipulación,
dominación: «¡Adoradme!»
Si el psicópata se
encuentra en posición de poder, abusará de él para buscar popularidad y
atraerse la adoración de todo el mundo. La energía que recibe de los demás
es el alimento de su ego, hasta el punto de que puede convertirse en una
droga. Para él es una catástrofe perder popularidad, porque el ego tiene
entonces la impresión de morir.
Seducción:
«¡Amadme!»
En una situación en
la que el psicópata no esté en posición de poder absoluto, se conducirá de
forma agradable, encantadora, seductora, alegre, dinámica, absolutamente
maravillosa. A este tipo de psicópatas se les toma afecto... durante algún
tiempo. Tras un primer encuentro con un individuo así, todo el mundo está
encantado de haberlo conocido. Tienen un arte exquisito de seducción que
utilizan en todos los campos.
Incapacidad para
reconocer el error: «Yo soy perfecto»
El sistema de defensa
psicópata exige que, para sobrevivir, sea uno perfecto y lo demuestre
constantemente; por lo que, en esta estructura, es imposible reconocer un
error. Para el inconsciente, eso es sinónimo de muerte. Así que no se
tolerará ninguna crítica, ni siquiera una crítica constructiva. Poner en
tela de juicio la conducta de un psicópata es exponerse a reacciones
emocionales muy violentas: él es perfecto y siempre tiene razón.
Realización de
hazañas, competición: «Yo soy el mejor»
Para demostrar su
superioridad o mantenerse en la posición de preferido, el psicópata siempre
estará realizando acciones fuera de lo común.
Tiene que ser siempre
y en todo el mejor, ha de demostrar continuamente que es superior a los
demás, por lo que se encuentra en permanente estado de competición. Es un
mecanismo que tiene su lado bueno, porque le empuja a superarse en
determinados campos: se ejercitará más, estudiará más, aprenderá más,
reflexionará más, etc. En cierta forma, eso le da energía. Está motivado.
Pero es una motivación que entraña un gran estrés, porque proviene de un
deseo del ego cuya energía es muy limitada; de modo que el psicópata se
quema al no beber de la verdadera fuente de energía. Si tiene mucho talento,
se enredará en la trampa del reconocimiento y la gratitud de los demás por
la satisfacción que eso aporta momentáneamente al ego. Si tiene poco, su
vanidad le hará creer que lo tiene, e intentará que también lo crean los
demás. Pero, tarde o temprano, aparece alguien que le desplaza de su
posición de preferido, o que es mejor que él. Si reconoce el hecho, sufrirá
muchísimo; si no lo reconoce, lo ahogará en el fondo del inconsciente. El
que está aprisionado en esta estructura pasa así terribles horas de estrés y
de angustia, siempre compitiendo, de modo consciente o inconsciente. A su
alrededor no existen más que dos tipos de personas: admiradores o
competidores.
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