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Los cambios en el alma.

En el discípulo que, en este sentido, practique los ejercicios descritos en los apartados anteriores, se producirán por de pronto ciertos cambios en su llamado organismo anímico. Estos últimos sólo son perceptibles al clarividente. Lo que éste ve puede compararse a una nube de variable luminosidad anímico-espiritual en medio de la cual se encuentra el cuerpo físico del ser humano.

En ese organismo sutil se encuentran espiritualmente visibles los instintos, deseos, pasiones, pensamientos, etc. Por ejemplo, un deseo sensual se percibe en él como irradiaciones de color rojizo oscuro de forma definida; el pensamiento puro y noble se manifiesta como una irradiación de color rojizo violeta; el concepto claro del pensador lógico se nota como una forma de color amarillento de contornos nítidamente marcados; el pensamiento confuso de un individuo poco claro se presenta como figura de contornos borrosos; los pensamientos de los individuos de opiniones estrechas y obstinadas aparecen con contornos rígidos e inalterables, los de las personas accesibles a las opiniones de los demás, ostentan contornos movibles y cambiantes, etc.

Cuanto más progresa el ser humano en su desarrollo anímico, tanto más regularmente estructurado se torna su organismo anímico. Este organismo es confuso y no estructurado en las personas cuya vida anímica no está desarrollada. No obstante, hasta en tal organismo anímico no estructurado, el clarividente puede discernir un conjunto que se destaca claramente del medio circundante y que se extiende desde la parte interior de la cabeza hasta la parte media del cuerpo físico. Aparece como una especie de cuerpo independiente provisto de ciertos órganos. Los órganos a los que, ante todo, nos referiremos, pueden percibirse espiritualmente cerca de los siguientes órganos físicos: el primero entre los ojos; el segundo cerca de la laringe; el tercero en la región del corazón; el cuarto cerca de la boca del estómago; el quinto y el sexto ubicados en el abdomen. En la ciencia oculta estos órganos se llaman "ruedas" o también "flores de loto", a causa de su parecido con ruedas o flores. Hay que tener presente, sin embargo, que tal expresión no es más acertada que cuando llamamos aletas a las partes exteriores de la nariz. Así, como, en este caso, sabemos que no se trata de alas, también en aquél se emplea solamente una denominación metafórica.

En el hombre no evolucionado, estas "flores de loto" son de colores obscuros y están fijas, inmóviles. En el clarividente, en cambio, se hallan en movimiento y matizadas de brillantes colores. En el médium sucede algo parecido, pero de otra forma, y no hace falta entrar aquí en los detalles respectivos.

Cuando el discípulo comienza a practicar sus ejercicios, el primer efecto es que se aclaran las "flores de loto"; más tarde empiezan a girar. La facultad de la clarividencia nace en tal momento, pues estas "flores" son los órganos sensorios del alma, y su rotación significa que se está efectuando una percepción suprasensible. Nadie puede tener una percepción suprasensible antes que sus sentidos astrales se hayan desarrollado de esta manera.

Gracias al órgano espiritual situado cerca de la laringe, es posible percibir en forma clarividente la índole de los pensamientos de otro ser anímico; además permite obtener una comprensión más profunda de las verdaderas leyes de los fenómenos de la Naturaleza. El órgano cerca del corazón revela a la cognición clarividente el modo de sentir de otras almas. Quien lo haya desarrollado conocerá también determinadas fuerzas sutiles en los animales y en las plantas.

Mediante el sentido que se halla cerca de la llamada boca del estómago, se adquieren conocimientos de las facultades y aptitudes de las almas; además, este órgano permite descubrir el papel que desempeñan dentro de las condiciones ecológicas los animales, las plantas, las piedras, los metales y los fenómenos atmosféricos.

El órgano cerca de la laringe posee dieciséis "pétalos" o "rayos de rueda"; el que está cerca del corazón, doce; el que se halla cerca de la boca del estómago, diez.

El desarrollo de estos órganos sensorios depende de ciertos ejercicios anímicos, y el que los practica de una manera bien definida contribuye al desenvolvimiento de los correspondientes órganos de percepción espiritual. De la "flor de loto de dieciséis pétalos", ocho pétalos ya fueron desarrollados en un pasado remoto, durante una temprana etapa evolutiva del ser humano, sin que el ser humano mismo haya contribuido a su desarrollo. Los ha recibido como don de la Naturaleza cuando se encontraba todavía en un estado de una nebulosa conciencia comparable a los ensueños.

En aquella etapa de la evolución de la humanidad, estaban en actividad, pero esa manera de actividad sólo era compatible con aquel estado de conciencia opaca. Cuando la conciencia se tornaba más clara, los pétalos se obscurecieron y cesaron su actividad. Los otros ocho pétalos el hombre puede desarrollarlos por medio de ejercicios conscientes. De este modo, el loto entero se vuelve luminoso y móvil. Del desarrollo de cada uno de los dieciséis pétalos depende la adquisición de ciertas facultades. Sin embargo, como ya queda dicho, el hombre solamente puede desarrollar ocho conscientemente; los otros ocho aparecerán entonces por sí solos.

 

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