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LOS ABEJORROS Y LAS ABEJAS.
Por el fruto se conoce al árbol.
Hallándose sin dueño unos panales de miel, reclamáronlos los abejorros como
suyos, más las abejas se opusieron. Llevóse el pleito ante una avispa. La
cosa era difícil. Decían los testigos que en torno a los panales habían
revoloteado durante mucho tiempo unos animalillos alados, zumbones y
alargados, de color muy oscuro, bastante parecidos a las abejas. Y
justamente tales eran las señas de los abejorros. Indecisa la avispa ante
estas razones, amplió las diligencias, interrogando incluso a todo un
hormiguero. Más el asunto no pudo ponerse en claro.
-¿A qué viene todo esto?-dijo una abeja discreta-. Hace seis meses que la
causa está pendiente de sentencia, y henos aquí como el primer día. Mientras
tanto la miel se estropea; dése prisa el juez, que no hacen falta tantos
circunloquios, diligencias y papeles. Trabajemos, abejas y abejorros;
veremos quiénes saben hacer con tanto rico jugo celdillas tan perfectas.
Negáronse los abejorros, viéndose que su saber no llegaba a tal arte, y la
avispa-juez adjudicó la miel a las abejas.
¡Pluguiera a Dios que así terminaran todos los procesos! ¡Que siguiéramos en
esto las maneras de los turcos! El simple buen sentido valdría por un
código, sin necesidad de tantos gastos de justicia. En su lugar nos roen,
nos devoran, nos minan con largas y más largas, al fin la ostra es para el
juez, quedando las conchas para los litigantes. |
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