La vida espiritual se va convirtiendo en un modo de ser,
de vivir cada instante. Si esto se va cultivando, con el tiempo produce una
transformación total de uno mismo, y así, la conciencia del “yo” es una
conciencia sumamente positiva, porque está expresando de un modo directo
esas cualidades fundamentales de Dios. En nuestra mente no nos guiamos ya
sólo por nuestra razón pequeña y de base sensorial, sino que, cada vez más,
hay una evidencia, una comprensión profunda y hasta una intuición superior
que nos está orientando, guiando para que hagamos las cosas que debemos
hacer, para que hagamos bien nuestro papel, para que obremos adecuadamente.
En el aspecto afectivo estamos aprendiendo que nuestra
felicidad no depende de nada ni de nadie, que nuestra felicidad consiste en
expresar la felicidad absoluta que hay en uno mismo, y que esa felicidad
crece aún más, si cabe, en la medida en que somos capaces de expresarla, de
comunicarla, de irradiarla. Por lo tanto, esto nos emancipa de la
dependencia de los demás. Toda la vida se transforma.
Los estados negativos son solamente un recuerdo como de
un sueño infantil. Pero no esperemos que todo eso, tan hermoso y tan bonito,
se consiga con muy buenos deseos, pensando un poco en ello y leyendo un
libro, dos, tres o cinco veces; este trabajo requiere una dedicación total,
requiere que nos pongamos con toda el alma en cada instante, requiere que
aprendamos a dedicarnos a la vida espiritual con todas nuestras fuerzas, con
toda nuestra inteligencia, que nos demos cuenta de que es a ese aspecto al
que hemos de dar absolutamente hasta el último recurso que hay en nuestro
ser.
Tenemos que aprender a comprender, a amar, a sonreír con
toda la fuerza que hay en nosotros, hemos de aprender a amar con toda la
furia que hay en nosotros, con todo el rencor, con todo el resentimiento que
hay en nosotros, que todo eso tenemos que convertirlo en amor, en alegría,
en acción positiva, en mente clara y abierta.
Esto requiere un esfuerzo total, requiere que utilicemos
toda nuestra capacidad de lucha, que para eso la tenemos, para ejercitarla.
Por lo tanto, no creamos que todo esto es una forma blanda, suave, porque
las palabras son bonitas, porque las ideas que evocan esas palabras son muy
animadoras. No, no se trata de animar, no se trata de estimular; se trata
de señalar modos concretos y precisos de una transformación radical.
Aquél que trabaje obtendrá resultado.
