Artículo del
Dr. Roberto Remartínez publicado, en marzo de 1930 en el número 79 de la
revista
Estudios,
de Valencia, donde se exponen los
argumentos para considerar la dieta vegetariana como propia de la especie
humana.
ARGUMENTOS EN
DEFENSA DE LA ALIMENTACIÓN VEGETARIANA
El hombre,
animal frugívoro por especie y por naturaleza.
Nada voy a
decir que no se haya dicho ya reiteradas veces. Con todo, entiendo que no es
inútil insistir aún y dar en forma sucinta y esquemática las argumentaciones
irrebatibles, definidas, que prueban el error que supone pretender que el
hombre es animal omnívoro.
Como quiera
que estos argumentos responden a hechos rigurosamente comprobados y a
estudios indiscutibles, haré un resumen de los principales datos en que se
apoya la afirmación de que el hombre es animal frugívoro por naturaleza,
verdad incontrovertible que a pesar de estar en vigor desde la época de
Cuvier, es aún discutida por muchos, las más de las veces de una manera
apriorística y rutinaria.
Precedente
histórico.-
Que el hombre es frugívoro lo
prueba en primer término la consideración de cuál hubo de ser, por natural
necesidad y consecuencia a la adaptación a las condiciones de vida en las
épocas primitivas, su alimentación. El hombre primitivo no podía alimentarse
en efecto sino de frutas, o todo lo más de frutas y raíces, únicos alimentos
que le brindaba espontáneamente la Naturaleza y que él podía lograr sin
esfuerzo, sin armas y sin lucha. Por lo demás, su instinto le impeliría a
buscarlas, y tal hubo de ser sin duda la alimentación de los primeros seres
humanos. Cuando el hombre empezó a conocer y a usar armas rudimentarias para
defenderse de las fieras y utilizar sus pieles, etc., ya llevaba muchos
siglos de alimentación frutariana que bastaba a todas sus necesidades;
alimentación en perfecta consonancia con su organismo y sus aptitudes y
capacidades.
Datos
anatómico-fisiológicos.
1°.
Aspecto.- El aspecto del hombre nada tiene de común con el de los
animales carnívoros y omnívoros, casi todos feroces y sanguinarios, que no
sólo matan seres vivos por necesidad de procurarse alimento, sino muchas
veces por sólo instinto de cruel ferocidad.
2
°. Las manos- Las
extremidades de los mamíferos carnívoros y omnívoros están más o menos
provistas de garras con uñas afiladas, aptas para herir y para desgarrar sus
presas.
Las manos del
hombre, de forma pacífica, no tienen nada agresivo y proclaman con su sola
apariencia que se hicieron para captar tranquilamente las frutas que
ubérrima le brinda la Naturaleza por doquier, sin luchas ni brutalidades.
3°. La
dentadura.-
Punto algo discutido aún, no admite empero controversia. La fórmula dentaria
de los animales carnívoros y omnívoros no se parece absolutamente en nada
a la del hombre. En aquéllos los caninos o colmillos, fuertes, largos y
puntiagudos, son adecuados a desgarrar la carne. Los incisivos son
rudimentarios y los molares están provistos de puntas o crestas afiladas en
consideración a la finalidad de desgarrar las fibras de la carne. Entre
caninos y molares de dichos animales hay cierta distancia. En el hombre los
incisivos bien desarrollados, aptos para cortar, van seguidos de unos
caninos rudimentarios, en nada comparables a los colmillos fuertes, largos y
arqueados de los carnívoros, y luego, sin solución de continuidad o
separación, vienen los mola-res, anchos, sin picos ni crestas, sino
provistos de suaves y redondeadas rugosidades a propósito para la
trituración y no para el desgarro. Las fieras y omnívoros sólo pueden mover
su mandíbula inferior de abajo arriba y carecen de movimientos laterales
-que el hombre posee- y que a ellos dado su habitual alimento no les hace
falta. La composición de la saliva de los carnívoros con relación a la del
hombre difiere también notablemente.
La dentadura
del ser humano tiene su mayor semejanza en la de los simios antropoides,
frugívoros
también. La excitabilidad de las glándulas salivares es también
extraordinariamente mayor en los animales carnívoros u omnívoros que en el
hombre, que precisa reiterada masticación, en tanto que en aquéllos se
vierte la saliva muy rápida-mente, lo que les permite engullir sin masticar
apenas.
4°. El
aparato digestivo-
En los carnívoros y omnívoros el estó-mago es pequeño y redondeado y sus
jugos o secreciones adecua-dos a digerir grandes cantidades de albúminas. El
tubo intestinal de dichos animales tiene una longitud de sólo cuatro o cinco
veces la distancia de la boca al ano. Por contraste en los frugívoros
(simios antropoides) y en el hombre, el estómago es mayor y más fuerte, sus
jugos aptos especialmente para transformar y digerir, sobre todo los
hidratos de carbono (azúcares, féculas, etc.), que contienen los cereales y
las frutas, y la longitud de su tubo intestinal es de unas diez o doce veces
la distancia boca/ano.
5°.- Las
albúminas cárneas y las albúminas de los alimentos vegetales.-
Como quiera que el organismo
humano está hecho
para alimentarse de vegetales, el quimismo de su aparato digestivo
responde a esta finalidad asimilando mejor las últimas. De la imperfecta
asimilación de las primeras derivan una porción de sustancias tóxicas (base
xánticas, ácido úrico, ácido hipérico, creatina, creatinina, etc.) que no
resultan de las segundas.
6°.
Glándulas sudoríparas-
Entre otros muchos detalles o dife-rencias que distinguen al hombre de
los animales carnívoros y omnívoros, he de señalar aún en este apunte de
argumentación, el de que el primero (como en general los animales de
alimentación especialmente vegetariana), está dotado de glándulas
sudoríparas muy desarrolladas, en tanto que los animales de alimentación
cár-nea carecen de ellas o las tienen rudimentarias.
En efecto, las
fieras que se alimentan de carne no precisan tener transpiración cutánea
(sudor), que es necesaria en cambio por múltiples razones a los seres
frugívoros y vegetalívoros en general.
Argumento
psicológico final.
Por último, ni
los
instintos ni los sentidos del hombre muestran sino repugnancia
hacia la carne. Se precisa la complicidad de la cocina y su química
complicada para hacer apetecibles las carnes que en estado natural o crudas,
sólo repugnancia inspiran. La vista de un plato de olorosa fruta deleita los
sentidos y estimula el instinto que nos lleva hacia ella, en tanto que la
visión de una res descuartizada y sangrante no despierta en nosotros ninguna
atracción instintiva.
Añadamos aún
que el hombre íntegro debe ser consciente de que para nutrirse no es preciso
sacrificar otras vidas, tanto más cuanto que la Naturaleza le brinda sin
cruentos sacrificios, sin sangre y sin violencias innecesarias, toda la
pródiga fecundidad de sus frutos.
Defender lo
contrario y afirmar que el hombre debe comer carnes es un atentado y un
mentís rotundo y absurdo a los más firmes postulados de la anatomía y la
fisiología comparadas, de la moral y del sentido ético más elemental.
