En nombre de Dios La tesis de una conspiración
urdida para asesinar a Lucíani con digitalina, a fin de impedir los cambios
planteados por el Papa para acabar con la corrupción, es defendida en 1984
por David Yallop en su obra En nombre de Díos, resultado de tres años de
intensas investigaciones en las que contó con la colaboración clandestina de
algunos miembros de la curia vaticana. Yallop demuestra que el Vaticano
encubrió las circunstancias en que se produjo el fallecimiento y proporciona
indicios suficientes para considerar necesaria la apertura de una
investigación oficial. Su libro provocó un verdadero escándalo. La situación
era realmente grave. Hasta el punto de llevar a un esoterista
ultraconservador como Jean Parvulesco a aceptar la posibilidad de que Juan
Pablo I fuese ejecutado para evitar que condujese a la Iglesia a una
desviación teológico, progresista y tercermundista (se refiere al «sueño
revolucionario y anarquista» que Yallop atribuye al Papa Lucíani), y a
sostener a un tiempo que -aprovechando estas circunstancias- Yallop y «sus
comandatarios sin rostro» pretenden presentar al Vaticano convertido en «la
mayor potencia criminal del mundo».
El Presidente de la Comisión Pontificia para las Comunicaciones Sociales
reaccionó al libro de Yallop remitiendo a las Nunciaturas Apostólicas y a
algunas Conferencias Episcopales unos folios, elaborados por monseñor
Nicolini, en los que se rebatía la hipótesis de que «el llorado» Juan Pablo
I pretendiese «revolucionar» la jerarquía vaticana, explicando que «imaginar
un ambiente propicio a conjuras es imposible para quien vive en la realidad
cotidiana del Vaticano», añadiendo que «la salud del Papa era más bien
enfermiza» y dejando claro que carece de importancia quién descubrió el
cadáver del Pontífice. Pese a todo, una encuesta publicada en 1987
demostraba que el 30 por ciento de los italianos estaban convencidos de que
el Papa de la sonrisa murió asesinado. Un ladrón en la noche Conscientes de
la necesidad de argumentos más contundentes, las autoridades vaticanas
animaron a realizar una investigación imparcial sobre el asunto al
periodista John Cornwell. Le dieron unas facilidades sin precedentes que le
permitieron entrevistarse con los más importantes protagonistas de la
historia que aún seguían vivos, sin imponerle condición alguna; todo ello
-aclara- con la esperanza de que saldrían a la luz pruebas concluyentes de
la falsedad de todas las teorías conspiratorias que durante te más de una
década han sido causa de malestar para la Iglesia Católica Romana. En Como
un ladrón en la noche, nos explica que, las pruebas comenzaron a llevarme a
una conclusión que me parece más vergonzosa y más trágica que cualquiera de
las conspiraciones propuestas hasta el presente: Le despreciaban por su
torpe forma de andar, su aspecto desganado, sus inocentes discursos, su
lenguaje sencillo e imitaban el silbante tono de su voz. Se referían a él en
tono condescendiente, con diminutivos. Había interminables historias sobre
su comportamiento y sus meteduras de pata... Se dejó morir por no sentirse
capacitado para ser Papa... Murió solo, en el centro de la comunidad
cristiana más grande del mundo, por negligencia y por falta de amor,
ridiculizado y menospreciado por la institución que existía para
mantenerle... Lo peor es que el propio Cornwell le presenta a veces como
alguien poco menos que delirante y estima que «su mansedumbre, su
desconfianza, sus preocupaciones por los temas puramente pastorales y
piadosos, no se acoplaban bien a una Iglesia que se enfrentaba a los
desafíos mundanales de los ochenta y los noventa». En similar sintonía, la
de aceptar el mal menor, el historiador Ricardo de la Cierva asume en El
diario secreto de Juan Pablo I que existió una trama económica, amenazas de
muerte, una conspiración para acabar con el Papa, un masón convertido que le
facilita la lista de sus colegas infiltrados en la cúspide eclesiástica y le
avisa que van a atacarle esa misma semana... pero, finalmente, muere por
causa natural, antes de que intenten asesinarle. Puesto que se trata de una
no- vela histórica, no hay forma de discernir en ella lo cierto de lo
ficticio. Este libro, como el anterior, pretende tranquilizar no pocas
conciencias atormentadas por la posibilidad de semejante crimen, al tiempo
que incrementa la confusión en torno al tema. ¡Que se haga justicia! Y en
estas circunstancias se encontraba la polémica cuando, a comienzos de 1991,
las declaraciones de los familiares de Juan Pablo I vinieron a añadir leña a
la caldera de las sospechas. Como si Dios, o el demonio, se empeñase en que
los trapos sucios del Vaticano siguieran siendo noticia, o bien en crear
confusión en torno al tema que nos ocupa, una semana después la prensa
anunciaba la próxima aparición de un libro explosivo.