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EL
CONOCIMIENTO PROPIO
Sabemos que ser espiritual es ser consciente y obrar adecuadamente. Y ser
consciente significa conocerse a sí mismo. Sólo una persona que se conoce a
sí misma puede vivir espiritualmente, pues conocerse a sí mismo es conocerlo
todo. Nosotros somos los responsables de nuestras acciones. Cada uno de
nosotros contiene la historia de la humanidad, con sus ansiedades, temores,
soledad y desesperación, con su angustia y su dolor. Toda esta compleja
historia está en nosotros. Pero somos negligentes en aprender de nosotros
mismos, de nuestras acciones, y por eso no vemos que somos responsables, por
nuestras mismas acciones, de lo que está ocurriendo en el mundo.
El conocimiento propio es el descubrimiento, de instante en instante, de las
formas que adopta el ego, de sus intenciones y de sus diferentes
actividades, pensamientos y apetitos. Conocernos a nosotros mismos es
conocer cada pensamiento, cada estado de ánimo, cada palabra, cada
sentimiento, es conocer la actividad de la propia mente. Sin conocernos a
nosotros mismos no es posible vivir espiritualmente. Es muy importante
comprender qué es este conocernos a nosotros mismos; sencillamente es estar
atento, sin opción ni preferencia alguna, al “yo”, el cual tiene su origen
en un haz de recuerdos. Sólo estar conscientes de él, sin interpretarlo,
observar el movimiento de la mente, sin ningún fin, sin ninguna idea o
creencia.
El conocimiento propio surge cuando estamos atentos a nosotros mismos en la
relación, pues la relación que tenemos con las personas y las cosas revela
lo que somos de instante en instante. La relación es un espejo en el cual
podemos vernos tal como somos en realidad.
El conocimiento propio no es un fin en sí mismo, pues nuestro propósito es
ver la realidad y obrar adecuadamente. Para conocernos debemos estar atentos
a nosotros mismos en la acción. Para obrar apropiadamente es esencial que
nos conozcamos. Debemos conocernos tal y como somos, no como quisiéramos
ser, lo cual tan sólo es un ideal y, por lo tanto, algo ficticio e irreal.
Sólo podemos obrar sobre la realidad, pero jamás podremos hacerlo sobre lo
que desearíamos ser. Conocernos tal como somos requiere una vigilancia
extraordinaria de la mente, porque lo que es experimenta modificaciones y
cambios constantes. Y para poder seguirlos con rapidez no debemos estar
atados a ningún dogma, a ninguna creencia, a ningún modelo de acción. Si
nuestra intención es ver y obrar adecuadamente, no nos ayuda para nada estar
atados. Si somos codiciosos, envidiosos o violentos, de poco vale que
tengamos un ideal de no violencia, de no codicia o de no lo que sea.
La comprensión de lo que somos, el comprender sin distorsión alguna lo que
en verdad somos y obrar adecuadamente con respecto a lo que somos y hacemos
es el principio de la virtud. La virtud es esencial, ella es el resultado de
nuestra vida espiritual.
No podemos tratar de obtener lo eterno, la mente no puede adquirirlo. Lo
eterno, lo que está más allá, se manifiesta a sí mismo cuando la mente puede
estar quieta, y la mente puede estar quieta sólo cuando es sencilla, cuando
ya no acumula, ni condena, ni juzga, ni sopesa. Sólo la mente sencilla puede
comprender lo real; no así la mente repleta de palabras, de conocimientos y
de informaciones. La mente que analiza y que calcula no es una mente
sencilla.
Tal vez jamás hemos experimentado ese estado de la mente en el que existe un
completo abandono de todas las cosas, un desprendimiento total. Y no podemos
abandonarlo todo sin que haya una profunda pasión. Es imposible que nos
podamos desprender de todo mediante el plano intelectual o emocional. El
desprendimiento total ocurre cuando existe una pasión intensa.
Si no somos apasionados, si no somos intensos, jamás podremos vivir
espiritualmente ni comprender ni sentir la cualidad de la belleza. Quien
mantiene algo en reserva, quien tiene un interés en algo, tampoco podrá
nunca ser espiritual, ni conocer la belleza, ni comprender qué es el amor.
El destello de la comprensión tiene lugar cuando cesa la verbalización del
pensamiento, cuando la mente está muy quieta y silenciosa. La comprensión de
la verdad, la verdad que se encuentra en todas las cosas, sólo puede tener
lugar cuando la mente está quieta. Pero esa quietud no puede ser cultivada
ni disciplinada, si así lo hiciéramos lo único que tendríamos es una mente
muerta.
Cuando más nos interesamos en algo, cuanto mayor es nuestra intención de
comprender, tanto más simple, clara y libre se torna nuestra mente, cesan
todos sus movimientos y cesa la verbalización. La mente que está ocupada,
que parlotea, no puede comprender la verdad; la verdad se encuentra en la
relación, no es una verdad abstracta. No hay, no existe, ninguna verdad
abstracta.
Pero la verdad es muy sutil. Como un ladrón en la noche llega sigilosamente,
no llega cuando estamos preparados para recibirla. Si nuestra mente está
preparada no podemos conocer lo desconocido, ya que nosotros mismos somos lo
desconocido. Si tenemos algún concepto preconcebido acerca de nosotros
mismos, no podemos comprender lo desconocido, aquello que es espontáneo. Lo
espontáneo es lo nuevo, lo desconocido, lo incalculable, aquello que debe
ser expresado, amado, en lo cual la voluntad, como dirección y control, no
tiene participación alguna.
En el mundo no hay seguridad, la Vida no es estática, aunque nos gustaría
que lo fuese. La Vida es relación, y ninguna relación es estática porque la
Vida es movimiento. Ver este movimiento y ser consciente de él es
meditación. Debemos estar alerta a cada pensamiento para saber de qué fuente
brota y cuál es su propósito. Cuando conocemos todo el contenido de un
pensamiento se revela el proceso total de la mente. |
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