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Algo más sobre
meditación.
La meditación es un camino que se abre para ser conscientes de la propia
realidad, de las limitaciones de la mente y obrar adecuadamente en la vida.
Debemos aprender observando como reacciona nuestra mente ante los retos que
nos ofrece vida. Sólo cuando comprendemos nuestro mundo interno podemos
actuar apropiadamente. No podemos acceder este conocimiento por medio de los
libros. La realidad, el ahora, la verdad, sólo podemos apreciarlos mediante
la observación directa, mediante el ver y el oír atentos. Sólo siendo
espirituales podemos apreciar la importancia o falta de valor de todo lo que
se nos presente y, entonces, no caer en pensamientos u obras inadecuadas.
Sólo obran de manera inadecuada los que están dormidos, los que no se
conocen a sí mismos y no saben lo que hacen. Si vemos y escuchamos
atentamente entenderemos cada vez más profunda y plenamente lo que está
sucediendo y cuales son nuestros hábitos y características propias. No
tenemos que intentar cambiar lo que nos molesta; el camino más adecuado es
ver como se ha formado y como surge. Más adelante, cuando seamos libres de
ello, no tendremos necesidad de escoger lo que es correcto, nuestra elección
surgirá espontáneamente. Algo selecciona por nosotros y no tenemos necesidad
de actuar, pues dejamos que la verdad actúe en bien nuestro y en el de
todos. Si sentimos el apremio por actuar significa que tenemos el deseo o la
ambición de hacer algo. La acción espontánea y adecuada no está gobernada
por el deseo.
Meditar es estar atentos y ser plenamente conscientes, en el segundo eterno,
de todos nuestros pensamientos y sentimientos, de nuestro cuerpo y
movimientos y de todo nuestro entorno. La meditación es una herramienta que
sirve para introducirnos en nuestro interior y ver nuestras deficiencias y
limitaciones psicológicas, emocionales y físicas y, por el conocimiento de
lo que en verdad somos dejar que se disuelvan.
Normalmente se vive en un estado de tensión y de nervios en el que los
problemas más profundos quedan enmascarados por otros sucesos más triviales
o por la sucesión de los días en un trabajo y quehacer rutinarios. Sin
embargo, todas las personas hemos sentido que el aguijón de la
insatisfacción altera nuestro equilibrio emocional sin que sepamos, a
ciencia cierta, encontrar el origen concreto de esa sensación de desasosiego
y vacío. Muchos viven inmersos en el malestar y el sufrimiento y culpan de
ello a las influencias externas. Están convencidos de vivir en un mundo
hostil y agresivo. Pero la explicación del comportamiento de las personas
que nos rodean puede entenderse a partir de nuestro propio comportamiento.
Por ejemplo, si nuestra actitud es permanentemente sumisa y pasiva es muy
probable que estemos "provocando" con ello la agresividad de los demás.
El simple esfuerzo de la voluntad es insuficiente para modificar el
comportamiento inadecuado. Los comportamientos humanos suelen estar
demasiado enraizados en la personalidad más profunda. La meditación es una
forma de acceder al conocimiento de nosotros mismos y al conocimiento de
nuestro entorno para poder pensar, sentir y obrar de una manera adecuadas.
Se debe aprender a vivir de forma serena y tomar las cosas con tranquilidad.
Todos tenemos el mismo problema, se llama mente. Cuando la propia mente vaga
inconscientemente y “actúa por su cuenta” puede ser, como mínimo, una cosa
molesta y, en el peor de los casos, un monstruo. Puede hacer que nos
sintamos molestos, tensos, inquietos, incapaces de relajarnos y disfrutar o
llegar hasta convertirnos en enfermos, delincuentes o dementes.
Controlar la mente para que permanezca silenciosa supone en primera
instancia tal placer que muchos han desarrollado, y otros más han seguido,
diferentes técnicas para alcanzar esa dicha. Pero esta forma de pensar,
sentir y de obrar no pertenece al camino de la espiritualidad. Al fin y al
cabo, estas personas sólo se están buscando a sí mismas y obtener placer en
las prácticas que realizan. Es verdad que el silencio de la propia mente
supone una bendición, pero el propósito de nuestra vida es ser conscientes y
obrar siempre de forma adecuada, suframos o gocemos con ello, y no huir del
dolor y perseguir el placer.
No es el mejor camino desear controlar la mente, porque combatirla es
hacerla más fuerte. De hecho, una parte de la mente estaría combatiendo a la
otra, de modo que nos fragmentaríamos aún más. Más que resistir a los
pensamientos tenemos que dejarlos surgir y observarlos ir y venir. Este
"simple observar", o "presenciar", es la actividad más pasiva en la que
puede comprometerse un ser humano, es lo contrario que "hacer".
Vivir espiritualmente supone disolver, mediante la consciencia y la
atención, el desasosiego y la cháchara constante de la mente para existir en
el silencio y en la paz interior. En realidad, "la mente" como entidad no
existe. Si observamos, sólo existe una sucesión de pensamientos que es más o
menos automática. Estos pensamientos surgen como burbujas salidas de ninguna
parte. Algunos resultan agradables, otros desagradables y otros neutros. A
veces suelen desaparecer casi de inmediato, otras veces insisten en perdurar
en la mente consciencia, deseando nuestra atención o acción, de manera
obsesionante o persecutoria. Como el sentimiento sigue al pensamiento puede
hacernos sentir cualquier cosa, desde felices, satisfechos o eufóricos a
deprimidos, desesperados o paranoicos.
Estos pensamientos que, de buen o mal grado, entran en nuestras cabezas
afectan a nuestros estados de ánimo, y como lo que decidimos y hacemos surge
habitualmente de lo que estamos sintiendo, estos pensamientos afectan
también a nuestras acciones y reacciones hacia los demás. Por consiguiente,
muchas veces los pensamientos nos manipulan como a títeres. Por ejemplo,
cuando un pensamiento se apodera de una persona puede sentirse excitada o
ser presa del pánico, o al recordar viejas ofensas puede sentir aparecer la
misma antigua ira, como si todo estuviese sucediendo de nuevo. Nuestros
pensamientos nos impulsan y vamos de arriba a abajo, damos vueltas y
vueltas, de un lado a otro como ratones en una rueda de molino.
La mente puede convertirse en una maravillosa herramienta espiritual. Ésta
compone una parte del ser humano imprescindible y extraordinaria que
necesita un tratamiento adecuado. Cada pensamiento nos enseña que debemos
tratarlos apropiadamente, pues si no reciben de nuestra parte un tratamiento
adecuado puede parecer que son ingobernables y que no se puede tener
confianza en ellos. Si no se vive espiritualmente se cede ante pensamientos
inapropiados, que surgen muchas veces cuando más equilibrados se debe estar.
Podemos confiar en la mente. Pero tenemos que ser conscientes de todos esos
pensamientos y emociones que se nos presentan, que vienen por sí mismos y se
van de nuevo de la misma manera. Normalmente no tienen ningún objeto
espiritual, por lo que se deben advertir y manejar adecuadamente.
Los pensamientos surgen, permanecen un instante y cesan de nuevo, sin un
ritmo o razón que conozcamos. Aunque es más fácil ver cómo se desvanecen, si
prestamos atención podemos ver cómo se originan y, reflexionando, conocer la
causa de su Creación. No debemos pensar que son apariciones y desapariciones
naturales que no tienen ningún motivo. Todo en esta vida tiene su razón de
ser. Están ahí para que tomemos consciencia de ellas, las comprendamos y
obremos adecuadamente.
No vivimos espiritualmente, nos falta comprensión. El ego es frágil y se
disuelve de una manera sencilla. Debido a su misma debilidad nos hace ver al
mundo y a nosotros mismos desde su perspectiva, y por eso nos resultan
tantas veces amenazadoras la sociedad y las personas que la integran. Cuando
somos conscientes y tratamos adecuadamente los propios pensamientos,
sentimientos y emociones no tiene cabida la reacción inconsciente y se
desintegran las cadenas que nos atan al mal.
El origen de toda desdicha humana comienza como un pensamiento y un
sentimiento antes de ejecutarse y de manifestarse en el plano material. La
meditación es una herramienta que ayuda a superar el dominio que el
pensamiento tiene sobre la propia vida. Liberarse del engranaje de la mente
supone también disolver la identificación que se tiene con los propios
pensamientos. Así, se deja de ser conducido por ellos como robots. Darse
cuenta del ser que vive detrás del pensamiento, de cómo se crea el
pensamiento y de cómo el pensamiento crea al pensador es tremendamente
liberador. Entonces se comprende que un no tiene por que ser perturbado por
ninguna película de desastres que se proyecte en la pantalla de la mente,
por recuerdos del pasado cargados de melancolía o fantasías del futuro
llenas de fatalidad. Los problemas pueden perdurar, pero deben ser vistos
como hechos que tienen que ser tratados de manera apropiada, deben ser
vistos con claridad, no a través de la bruma de sentimientos que suele
reunirse en torno a ellos.
La meditación permite ver la realidad más claramente, vivirla más
directamente y responder a ella en forma más apropiada, tal como el hecho es
ahora, sin ser perturbado por lo que dice la mente acerca de lo que podría o
debería suceder, o de lo que aconteció la última vez. La mente no se
encuentra en el aquí y en el ahora, sino que se haya detenida en el pasado o
en el futuro. Tal vez lo más importante que la meditación regular hace por
uno es incrementar su capacidad para vivir en el momento, acrecentar la
percepción de lo que está sucediéndole. La meditación ayuda a dar su justa
importancia a la mente, a los sentimientos y a los sentidos, por eso hace
sentir al ser humano más vivo y vivir más pleno en el aquí y en el ahora.
Las personas que son verdaderamente espirituales no son controladas,
manipuladas o desanimadas por la mente, sino que la utilizan para sus
funciones de forma apropiada. A diferencia de quienes no viven la
espiritualidad, estas personas no creen todo lo que sus mentes les dicen a
sí mismas sino que fundamentan sus vidas en la consciencia, en la atención y
en el obrar adecuadamente.
La esencia de cualquier forma de meditación es prestar una atención
relajada. En ella se entra en un estado abierto de consciencia, en una
expansión para incluir y un permanecer en contacto, en un nivel de
sentimiento con todo lo que se está presenciando, en el que se permite que
todo lo que se presencia y lo que se siente en el corazón sea tal como es.
Meditar es lo contrario de la concentración, es la diferencia entre
devanarse los sesos para encontrar el nombre de una flor y simplemente
permitirse disfrutar el olor de su presencia y de su fragancia. Al mismo
tiempo que se presta una atención relajada, sin crítica ni juicio, a todo lo
que se presencia, también se es consciente de uno mismo como si se fuera un
testigo. El efecto de presenciar es expandir la consciencia y supone
contrarrestar la tensión y la contracción de la consciencia que ocurre
cuando se está preocupado por uno mismo y sus problemas.
Cuanto más alterados estamos menos atención prestamos a nada, ni somos
conscientes de nuestro cuerpo físico ni de nuestros sentidos, pues entonces
ni vemos, ni escuchamos. Escuchar adecuadamente, darnos cuenta de lo que
entra por las puertas de los sentidos, nos permite ser conscientes. Es muy
importante vivir consciente del propio cuerpo. Cuando estamos ocupados en el
mundo exterior o preocupados con nuestros pensamientos perdemos consciencia
de nuestros cuerpos. Toda nuestra energía se dedica a aquello a lo que
estamos prestando atención, ya sean cosas o pensamientos; es como si
nuestros cuerpos dejasen de existir temporalmente y mientras sólo fuéramos
cabezas parlantes.
La persona que medita, sentada o en movimiento, presencia su propio proceso
de pensamiento sin llegar a implicarse en el pensar. Los pensamientos
llegarán, las preocupaciones emergerán a la superficie y buscarán
arrastrarnos a un estado de inquietud; los recuerdos tratarán de hacernos
caer en la añoranza del pasado; los pensamientos sobre nuestros compromisos
nos atraerán a pensar en el futuro y en todas las cosas que tenemos que
hacer. También los egos y las emociones nos intentarán arrastrar, pero el
meditador se siente firme y fuerte, como el observador sobre la colina,
observando el ir y el venir.
Al principio se puede perder el estado de consciencia repetidas veces.
Surgen pensamientos que nos seducen y unos minutos más tarde encontramos que
nos hemos perdido en una línea encadenada de pensamientos. Así que deberemos
volver una y otra vez a ese estado de consciencia en el que presenciamos la
vida, sin culparnos o, más bien, siendo conscientes de esa parte de nosotros
mismos que se impacienta con estos vacíos de consciencia y desinterés.
La meditación llega a ser más fácil con la práctica. Recordemos que meditar
es romper un hábito, de toda una vida, de dejarnos arrastrar hacia donde nos
llevan nuestros pensamientos y emociones. La meditación es como entrenar a
un animal, se necesita tiempo, paciencia y delicadeza.
Meditar y presenciar es algo muy sencillo, pero a la vez muy difícil de
realizar. No tarda en surgir el aburrimiento, las molestias y el deseo de
estar en cualquier otra parte que no sea donde se está, siendo atormentado
por la propia mente. Si alguna vez sentimos pereza en ser conscientes y
atentos no nos tenemos que obligar, pues eso sería un esfuerzo más. Es
necesario que nos limitemos a darnos cuenta de nuestra pereza, sin jugar ni
condenar. Comprenderemos entonces que la consciencia y la atención requieren
el mismo esfuerzo que el que tiene que realizar un enamorado para ir con su
amada, o el mismo esfuerzo que requiere un montañero para escalar la montaña
de sus sueños. Hará falta emplear mucha energía pero no es cuestión de
esfuerzo.
Ser conscientes del aquí y del ahora, del momento presente, es parte del
propósito de la vida espiritual. Cuando estamos verdaderamente en el momento
presente, experimentando la verdad de manera directa a través de nuestros
sentidos, la mente se detiene. Esto sucede porque nuestras mentes son como
filtros que surgen entre nosotros y la vivencia directa del momento
presente, entre nosotros y lo que está ocurriendo ahora. Estamos donde se
encuentra nuestra atención, y si nuestra atención está en otro lugar o en
otro tiempo no podemos estar aquí y ahora.
Debemos vivir en el momento presente, ser tremendamente sensibles a lo que
estamos viviendo y responder a lo que está sucediendo. No es bueno quedarnos
en el pasado o el futuro. Vivir en el presente nos abre a la frescura del
río de la vida, significa la desautomatización de viejos hábitos. Al
contemplar lo que está sucediendo a nuestro alrededor y en nuestro interior,
con unos ojos y una consciencia puras, respondemos a las situaciones que se
nos presentan de forma espontánea y adecuada, dejando muy lejos la
disciplina, los esfuerzos y los ideales de la mente. Cada momento no vivido
plenamente no es más que un empobrecimiento de la calidad de la propia
vidas. |
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