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LA CLAVE DE LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL

En situaciones de emergencia, cuando sentimos que nuestra vida está amenazada, el cambio de conciencia por el que pasamos del tiempo a la presencia ocurre de manera natural. La personalidad que tiene un pasado y un futuro se retira momentáneamente y es reemplazada por una intensa presencia consciente, muy serena pero al mismo tiempo muy alerta. Entonces, la respuesta necesaria surge de ese estado de conciencia.

La razón por la que a algunas personas les gusta practicar deportes de riesgo, como la escalada, las carreras de coches y otros parecidos es que, aunque no sean conscientes de ello, esa actividad les obliga a estar en el ahora: en ese intenso estado de gran vivacidad en el que se está libre del tiempo, libre de problemas, libre de pensamientos, libre de las cargas de la personalidad. Alejarse del momento presente, aunque sólo sea por un segundo, puede significar la muerte. Por desgracia, esas personas llegan a depender de la actividad elegida para alcanzar el estado de presencia. Pero no hace falta que te pongas a escalar la cara norte del Eiger. Puedes entrar en ese estado ahora.

Desde la antigüedad, los maestros espirituales han apuntado hacia el ahora como la clave de la dimensión espiritual. A pesar de ello, parece que esta información hubiera permanecido en secreto. Es evidente que no se enseña en las iglesias ni en los templos. Si vas a la iglesia, puede que escuches frases del evangelio como: «No te preocupes por el mañana, porque el mañana se resolverá por sí mismo», o «nadie que ponga las manos en el arado y mire atrás estará preparado para el Reino de los Cielos». O puede que escuches el pasaje sobre los hermosos lirios que no se preocupan por el mañana, sino que viven relajadamente en el ahora intemporal y Dios les provee abundantemente. La profundidad y la naturaleza radical de estas enseñanzas no han sido reconocidas. Nadie parece darse cuenta de que están diseñadas para ser vividas y producir una profunda transformación interna.

La esencia misma del Zen consiste en caminar por el filo de la navaja del ahora; estar tan plenamente, tan completamente en el presente que ningún problema o sufrimiento, nada que no sea quien eres en esencia, pueda sobrevivir en ti. En el ahora, en la ausencia de tiempo, todos tus problemas se disuelven. El sufrimiento necesita tiempo; no puede sobrevivir en el ahora.

Rinza, el gran maestro Zen, cuando quería alejar del tiempo la atención de sus estudiantes, levantaba lentamente su dedo y preguntaba: «¿Qué falta en este momento?». Una poderosa pregunta que no precisa respuesta mental. Está diseñada para llevar tu atención hacia la profundidad del ahora. Otra pregunta similar de la tradición Zen es: «¿Si no ahora, cuándo?».

El ahora también es un factor central en las enseñanzas del sufismo, la rama mística del Islam. Los sufíes tienen un dicho: «El sufí es el hijo del presente». Y Rumí, el gran poeta y profesor sufí, declara: «Pasado y futuro ocultan a Dios de nuestra vista; quémalos con fuego».

Meister Eckhart, el profesor espiritual del siglo XIII, lo resumió de manera muy hermosa: «El tiempo es lo que impide que la luz llegue a nosotros. No hay mayor obstáculo para llegar a Dios que el tiempo».

 

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