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ANTES DE ENTRAR EN EL CUERPO, PERDONA

Me siento muy incómodo cuando intento llevar la atención a mi cuerpo interno. He sentido agitación y náuseas, de modo que no he podido experimentar lo que has descrito.

Lo que has sentido era una emoción persistente de la que probablemente no has sido consciente hasta que empezaste a prestar atención al cuerpo. A menos que le prestes atención desde el principio, la emoción te impedirá el acceso a tu cuerpo interno, que está a un nivel más profundo, por debajo. Prestar atención a la emoción no significa empezar a pensar en ella. Significa observarla, sentirla plenamente, de modo que puedas reconocerla y aceptarla tal como es. Algunas emociones son fáciles de identificar: ira, miedo, pena, etc. Otras pueden ser mucho más difíciles de etiquetar. Puede que sólo sean vagas sensaciones de incomodidad, pesadez o constricción, a medio camino entre una emoción y una sensación física. En cualquier caso, lo importante no es si puedes poner una etiqueta mental a la emoción, sino si puedes poner conciencia en la sensación que te produce. La atención es la clave de la transformación; y la plena atención también implica aceptación. La atención es como un rayo de luz: el poder enfocado de tu conciencia que lo transmuta todo en sí misma.

En un organismo plenamente consciente y funcional, la emoción tiene una vida muy breve. Es como una onda u ola momentánea que se extiende por la superficie de tu Ser. Pero cuando no estás en tu cuerpo, la emoción puede sobrevivir dentro de ti durante días y semanas, o unirse a otras emociones de frecuencia similar y convertirse en el cuerpo-dolor, un parásito que puede vivir dentro de ti durante años, alimentándose de tu energía, produciéndote enfermedades físicas y dándote una vida miserable (véanse espacios anteriores).

Por tanto, dedica tu atención a sentir la emoción y comprueba si tu mente se está aferrando a algún patrón de dolor —culpabilidad, autoconmiseración o resentimiento— para alimentarla. Si éste es tu caso, significa que no has perdonado. Puedes haberte negado el perdón o habérselo negado a otra persona, pero también a una situación o condición —presente, pasada o futura— que tu mente se niega a aceptar. Sí, puedes negar el perdón incluso al futuro. Es la negativa de la mente a aceptar la incertidumbre, a aceptar que el futuro está más allá de su control. Perdonarles renunciar al dolor, soltar la pena. Es algo que ocurre de manera natural cuando te das cuenta de que tu dolor no sirve a otro propósito que el de fortalecer un falso sentido de identidad. Perdonar es no ofrecer resistencia a la vida, permitir que la vida viva a través de ti. Las alternativas son el dolor y el sufrimiento, un flujo de energía de vida muy reducido y, en muchos casos, la enfermedad física.

Cuando perdonas verdaderamente, recuperas el poder que habías cedido a la mente. La naturaleza de la mente es no perdonar, del mismo modo que el falso yo creado por la mente, el ego, necesita luchas y conflictos para sobrevivir. La mente no puede perdonar. Sólo tú puedes. Te instalas en la presencia, entras en tu cuerpo y sientes la vibrante paz y quietud que emanan del Ser. Por eso Jesús dijo: «Antes de entrar en el templo, perdona».

 

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