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QUINTA SEFIRÁ: GUEVURÁ, FUERZA

Guevurá, que significa Fuerza o Poder, es la esfera de discriminación y limitación universales. En ella se fijan las condiciones fundamentales de todo y las cosas son sometidas a una valoración y ajuste constantes.

Esta sefirá recibe también los nombres de Juicio y Temor. Una palabra clave en Guevurá es precisión, que significa la aplicación rigurosa y exacta de límites. Jésed, la cuarta sefirá, su poder complementario, es una esfera de expansión. Pero las fuerzas de Jésed se disiparían si no fueran limitadas en Guevurá. Y al encerrarlas en límites precisos, se tornan fuertes, energéticas, poderosas.

Un ejemplo servirá para aclarar este punto: la energía del vapor de agua en una caldera abierta se difunde rápidamente en la atmósfera, pero si cerramos la caldera y forzamos al vapor de agua a seguir un camino estrecho, como con la máquina de vapor, se produce un trabajo mecánico que puede arrastrar hasta trenes. Por eso la ley de la limitación, o de la restricción, es la clave para la generación y uso consciente de la fuerza. La concentración es la llave del poder mental y la resistencia ejercida sobre la naturaleza inferior la condición para la generación de energía espiritual.

Guevurá es la emanación discontinua o Juicio de Dios. Es así una esfera de verdad absoluta, sin mitigar. Ya hemos aludido a ello al tratar de la sexta sefirá, Tiferet o esfera de la Belleza. La Verdad es la realización de que el mundo está contenido en Dios (se dice que la Verdad es el sello de Dios). Ahora se expresa el mundo de una forma más radical; nada existe (verdaderamente) sino Dios: el Infinito. Como dice el aforismo cabalístico: "El es Uno, Único, Particular". Es así que Guevurá es negación: negación de lo finito, que es a su vez una negación de lo infinito. Negación de la negación, en suma.

Si el rigor no fuera mitigado por la gracia (Jésed) el mundo no podría subsistir. Y el punto de equilibrio de ambas sefirot, la cuarta y la quinta, es Tiféret, también llamada Compasión. Como dijimos anteriormente, la compasión es el retardamiento del efecto respecto de la causa, ya que en los planos espirituales se da una retribución exacta e instantánea de las acciones (no hay separación entre causa y efecto) y, ¿cómo podría entonces lo finito permanecer incólume frente al rostro de lo infinito? Precisamente una de las funciones del plano físico es crear un marco en el que, por contracción u ocultación de la Luz Infinita Divina, se pueda elegir libremente entre el Bien y el Mal sin que aparentemente se produzcan el premio o castigo esperados (las consecuencias necesarias de los actos). Por eso sólo hay mérito mientras se está encarnado, y esta vida es una oportunidad única para el desarrollo espiritual.

En conjunto, Guevurá representa la operación de la Ley Cósmica. No representa la Ley en sí, que dimana de la tercera sefirá, Bina. En su aspecto pasivo es aseveración y juicio, como hemos dicho. En su aspecto activo es aplicación de la Justicia, estricta y objetiva, que esencialmente tiende al restablecimiento del equilibrio. Tal es el principio de la ley de acción y reacción: la responsabilidad por las consecuencias de las propias acciones. Esta, la responsabilidad, es uno de los pilares fundamentales de la individualidad, una palanca necesaria para su crecimiento.

El sí mismo tiferético precisa de la fuerza de Guevurá y la usa conscientemente para su afirmación y consolidación. El individuo debe luchar contra todo lo que se opone a la realización de su verdadera naturaleza espiritual. Debe luchar, fundamentalmente, contra la expresión en sí mismo de su propia fuerza negativa oscura: el deseo de recibir sólo para sí. Es esta fuerza la que le tiene atado a su naturaleza inferior e impregna todo su mundo egoico. Su asiento es Guevurá y desde el inconsciente rige al individuo yesódico. Guevurá es contracción, restricción, los límites del individuo, y sólo se desea aquello de lo que se carece. Pero al acceder a Tiféret, con su iluminación, el individuo percibe claramente la fuerza de su deseo y tiene que rectificarla y transmutarla. Si no es así, si cede a ella, se torna en un ser bastante peligroso que une a la claridad de visión de Tiféret el uso del poder para sus propios fines. Hasta que interviene la Justicia Divina y restablece el equilibrio (si se ha hecho daño a otros) o, como mínimo, hasta que el individuo vuelve a caer a su estado psicológico anterior, centrado en la ilusión de Yesod, aunque a veces sin darse apenas cuenta de ello.

En esencia, la fuerza negativa, que en el plano anímico se manifiesta como el deseo de recibir, es tan necesaria como la positiva, el deseo de dar. La primera es lo que constituye la vasija. La segunda es la Luz que la llena. Y esto a todos los niveles. No puede haber dar sin algo que reciba. Sólo el Creador es puro deseo de dar. Y la expresión de este deseo es la Luz Infinita. La diferencia entre los seres estriba en su distinto deseo de recibir (la restricción de la Luz por los límites de Guevurá constituye la identidad de Tiféret). Pero puesto que el Creador es puro deseo de dar, todo deseo de recibir nos aparta radicalmente de El, que es el Sumo Bien. Por eso es necesario transformar el deseo de recibir de la fase de "deseo de recibir sólo para sí" a la fase de "deseo de recibir para dar o compartir", lo que crea la afinidad con la Luz y, por ende, la unión con lo Divino. Y esto sólo se puede realizar si existe libertad de elección, para lo cual es preciso que haya ocultación de la Luz, resistencia, esfuerzo y mérito. Porque lo que es ganado sin esfuerzo no se incorpora verdaderamente a la propia naturaleza. Dios podía habernos hecho autómatas incapaces de rechazar la Luz, pero eso no nos habría hecho divinos, ya que el dar del Creador es totalmente libre. El papel del mal en el universo es poner a prueba el bien. El mal no tiene entidad objetiva y no cuenta en el diseño final del Creador.

Por eso mediante la fuerza guevúrica el individuo consigue la Victoria de Nétsaj, a la que se aludió antes. Su concentración, rigor, disciplina, control, resistencia al "mal" y capacidad de discernimiento son palancas necesarias para el propio crecimiento anímico. Guevurá nos trae experiencias difíciles que continuamente ponen a prueba nuestros propios límites y nos enseña el valor didáctico del sufrimiento. Y esto hasta que hayamos completado la rectificación de nuestra vasija. Tenemos dos posibilidades: aplicarnos el rigor a nosotros mismos o esperar a que la propia vida lo haga. Porque la cualidad o calidad se prueba en el crisol. Sólo así se puede alcanzar el poder suficiente para soportar el tremendo impacto de los mundos superiores.

El personaje bíblico que encarna las fuerzas de Guevurá es el patriarca Isaac, el cual aceptó el sacrificio de sí mismo. Nos imaginamos a un joven Isaac acompañando a su padre para el sacrificio, inconsciente de lo que ocurre. Pero, en realidad, y según el registro bíblico, Isaac tiene entonces 37 años. Es, pues, un adulto y sabe perfectamente a dónde se encamina. La Tradición dice que aunque el sacrificio de Isaac no llegó nunca a consumarse, su alma abandonó el cuerpo por unos instantes para ascender a las alturas celestiales. Dios la devolvió para revivir su cuerpo, que había quedado momentáneamente sin vida. Por eso se dice que el sacrificio de Isaac prefigura la resurrección final y que Dios restituirá a los muertos en el mérito de Isaac. La resurrección es una expresión de la Guevurá de Dios, su Poder y dominio sobre todos los aspectos de la existencia.

Cada uno de los tres patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, desarrolló una aproximación personal a lo Divino.  Por eso se dice frecuentemente en la Biblia, así como en la oración judía: "Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob", en vez de simplemente: "Dios de Abraham, Isaac y Jacob".

Isaac se especializó en los aspectos de la disciplina y la autosuperación, las llaves de Guevurá. Tanto es así que el apelativo del "Temor de Isaac", por el que jura Jacob (Gen: 31-53), pasa a ser un Nombre de Dios.

Guevurá es, pues, una esfera de batalla. En ella se concentran los aspectos "destructivos" de la Divinidad, lo que se conoce como los "ejecutores del juicio". Se destruye lo que ya no cumple una función evolutiva: es la destrucción positiva y necesaria que precede a todo cambio o construcción nueva. Igualmente, se lucha contra todo aquello que se opone a la evolución, el despliegue de la Ley Cósmica, el Plan Divino de la Creación. En última instancia, la muerte, manifestación del deseo de recibir sólo para sí, también morirá.

Sólo si hay diferencia hay identidad. Sólo donde hay separación hay seres. Sólo cuando hay oposición contra unos límites hay crecimiento constructivo. Tal es el papel necesario y benéfico de Guevurá en los mundos de la forma. Pero si Guevurá separa, es necesario algo que una. A la trascendencia de la verdad de Guevurá se opone la afirmación de la inmanencia de su polar complementario, la cuarta sefirá, Jésed, la Grandeza, el Amor y la Misericordia.

 

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