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La verdad del
aceite de colza.
La ocultación de la verdadera causa del síndrome tóxico impidió la
curación de miles de españoles mientras la ciencia a los 3 meses ya sabía
que no podía ser el aceite de colza, el poder acusaba y encarcelaba a los
industriales del aceite de colza. Mientras la ciencia a los 8 meses ya
sabía como curar a los afectados, el poder ocultaba a más de 60.000
enfermos la posibilidad de su curación.
Pacto de Silencio: En la primavera de 1981 fueron envenenados más de
60.000 españoles. Más de 700 de ellos, murieron. Desde entonces y hasta
hoy, los gobiernos de UCD y del PSOE han centrado sus esfuerzos en impedir
que el auténtico criminal salga a la luz pública. Había que borrar por
todos los medios las huellas que conducían al foco de la intoxicación. Se
llegó así a un oscuro montaje de los distintos sectores del Poder y de los
servicios de inteligencia, para conformar el efectivo ‘pacto de silencio’
que debía evitar que se supiera que aquí se aplicó a seres humanos una
nueva combinación química, aplicable en el futuro a una posible guerra
química.
Enfermedad Nueva: Hagamos un poco de historia de este complejo asunto: a
principios de mayo de 1981 se detecta una enfermedad nueva en España, que
afecta rápidamente a un creciente número de individuos. En los primeros
días surgen diversas hipótesis de urgencia sobre el origen que desencadenó
la epidemia, hasta que el gobierno anuncia por televisión que la culpa de
todo la tiene una partida de aceite de colza desnaturalizado, distribuido
en venta ambulante. Los industriales y comerciantes que han intervenido en
el proceso de importación, manipulación y distribución de este aceite son
quienes se sentaron en el banquillo de los acusados. Pero a lo largo de
estos años ha habido una serie de científicos que han evidenciado que el
aceite presuntamente tóxico no pudo haber sido el causante de la tragedia.
Simultáneamente, otros investigadores han ido siguiendo una pista
distinta, que conduce a un origen mucho más lógico para la epidemia, si
tomamos en consideración todos los elementos que conformaron la
intoxicación detectada en 1981. Esta pista tiene su punto de partida en
una combinación insecticida, concretamente un combinado nematicida
organotiofosforado que envenenó a las más de 60.000 víctimas al consumir
éstas tomates de una determinada partida tratada con el aludido
insecticida.
La investigación por vía judicial de esta posibilidad, así como de
cualquier otra hipótesis plausible con respecto a la causa real de la
enfermedad, investigación que no debería de finalizar hasta lograr
demostrar fahacientemente cuál fue el indiscutible desencadenante de la
tragedia, es el camino que debe de desembocar en el auténtico juicio del
síndrome tóxico, con reparto de responsabilidades a quien realmente y en
justicia corresponda.
La curación no interesaba: La gravedad del problema se acentúa por la
circunstancia de que por lo menos desde finales de julio de 1981 el
gobierno estaba suficientemente bien informado de que no era posible que
el aceite fuera el causante de la epidemia. Desde aquel momento cuando
menos debía de haberse incentivado con todos los recursos posibles el
análisis de las otras posibilidades que se barajaban para el posible
origen de la enfermedad, posibilidades que ya estaban también a finales de
julio de 1981 sobre la mesa de quienes empuñan las riendas del poder. Eso
era prioridad absoluta puesto que había personas que se estaban muriendo y
se imponía la urgente necesidad de conocer el origen del mal para poder
intentar la curación adecuada de los afectados.
Meses más tarde, pero siempre dentro del mismo año 1981, el Ministerio de
Sanidad queda ampliamente informado de la posibilidad de que determinado
insecticida organofosforado podría haber desencadenado la nueva
enfermedad. Pero no actúa en consecuencia.
Y a mi entender la cosa se agrava aún más cuando 8 meses después de
aparecer el primer caso de síndrome tóxico, un médico militar, el teniente
coronel Luis Sánchez-Monge Montero, envía al gobierno, al INSALUD, “para
que lo leyera Valenciano”, me diría, refieriéndose con ello al Dr. Luis
Valenciano, a la sazón Director General de la Salud Pública, un informe en
el que afirmaba que el origen de la grave enfermedad radicaba en un veneno
que bloqueaba la colinesterasa, y en el que explicaba cómo había que curar
a los enfermos. Mas adelante definiría este veneno como un compuesto
organofosforado. No se trataba de una aventurada teoría: el Dr. Sánchez-Monge
ya había curado para entonces particularmente a unos cuantos afectados. Lo
cual quiere decir que tal vez no todas, pero decididamente muchas de las
60.000 víctimas podrían estar curadas desde 1982. Pero nadie reacciona en
el INSALUD ni en la Dirección General de la Salud Pública. Mas la gravedad
de la inhibición oficial no termina allí. El Dr. Sánchez-Monge envía
también un informe sobre sus evaluaciones y curaciones a la publicación
especializada “Tribuna Médica”, que lo reproduce en la página 8 de su
número 937, correspondiente al 19 de marzo de 1982. Yo me imagino que el
Ministerio de Sanidad debe de estar puntualmente informado de cuantas
noticias interesantes se publican en un semanario de las características
de “Tribuna Médica”. De modo que me imagino al Sr. Ministro enterado de
que hay un médico que está afirmando haber curado a una serie de pacientes
de la enfermedad conocida por síndrome tóxico, enfermedad nueva y
desconocida en cuanto a su tratamiento, y que en aquellos momentos
configuraba el problema número uno planteado a la Sanidad española con
carácter de extrema urgencia permanente, hasta su total resolución. me
imagino que en estas circunstancias el máximo responsable de la salud de
sus conciudadanos lo dejará todo para leer lo que escribe un médico que
afirma haber logrado la curación de unos cuantos afectados. Y al minuto
siguiente de concluir esta lectura, me imagino al aludido velador de
nuestra salud telefoneando al médico en cuestión, para tenerlo al cabo de
una hora en el Ministerio de Sanidad y discutir con él sus experiencias
con la finalidad de aplicarlas —en el supuesto de que realmente resultaran
positivas— al resto de la población afectada por la misma epidemia. Pues
no. Nadie, ni desde el INSALUD ni desde el Ministerio de Sanidad, se
acercó a ver que más tenía que decir el único médico español que había
logrado salvar vidas y aliviar a enfermos de la masiva intoxicación.
De lo que se trataba precisamente —a la vista de toda la evolución del
problema, y tal y como lo documento ampliamente en el libro Pacto de
Silencio (Compañía General de las Letras, Barcelona, marzo 1988)— era de
no curar a los enfermos, para evitar así el que se descubriera el
verdadero orígen del envenenamiento.
Solamente así cobra sentido el trato oficial dado al Dr. Antonio Muro y
Fernández-Cavada, director en funciones del Hospital del Rey, en Madrid.
Cuando el Ministerio de Sanidad todavía seguía dictando que el origen de
la enfermedad había que buscarlo en un micoplasma, de transmisión aérea, y
de entrada en el organismo por vía respiratoria, el Dr. Muro ya afirmaba
el 10 de mayo de 1981 —a los 10 días de detectada la enfermedad— que eso
era imposible, y que la vía de transmisión era necesariamente —dadas las
características de la sintomatología— la digestiva. “Si se hubiera
enfocado la enfermedad por vía digestiva desde el mismo día 10 de mayo en
que se dijo, se habría muerto menos gente y la investigación se habría
enfocado en otro sentido”, me diría el hijo del difunto Dr. Muro, mientras
el letrado Juan Francisco Franco Otegui denunciaba ante el Parlamento
Europeo el 26 de octubre de 1986 que el gobierno había condicionado los
diagnósticos, ocultado o retrasado el reconocimiento de síntomas de la
enfermedad, y manipulado resultados analíticos para añadir que
“paralelamente, la Administración impidió el desarrollo de hipótesis
alternativas valiéndose de todo tipo de medios incluídos la ocultación y
falsificación de todos aquellos datos que exigían la apertura de nuevas
líneas de investigación.”
El Silencio del Pacto: Esas líneas eran las que había que cercenar en el
momento mismo en que comenzaban a brotar. La planta de la verdad no debía
crecer, porque en su configuración iba implícito el nombre de quienes
habían envenenado realmente a más de 60.000 españoles.
Un ejemplo más: el Dr. Muro, desesperado por el hecho de que las altas
instancias sanitarias del país hacían caso omiso de sus indicaciones
acerca de la forma en que había que llevar la investigación, se lanzó el
día 13 de mayo de 1981 a predecir nuevos focos de afectados: dado que
había seguido la pista de la enfermedad y había logrado dar con la red de
distribución del producto venenoso, notificó en la tarde del 13 de mayo a
los doctores Munuera y Cañada —subdirector general de programas de
Sanidad— dónde exactamente iban a aparecer nuevos casos de afectados al
día siguiente, con especificación de poblaciones y de calles. Al día
siguiente, 14 de mayo, aparecieron efectiva y puntualmente estos nuevos
afectados en las poblaciones y en las calles indicadas por el Dr. Muro.
Pero en vez de que ello sirviera para que el Ministerio de Sanidad se
decidiera por hacerle caso, sirvió para todo lo contrario: al día
siguiente, 15 de mayo, un telegrama del Ministerio ordenaba el cese
fulminante del Dr. Antonio Muro y Fernández-Cavada de su puesto de
director en funciones del Hospital del Rey.
Ese cese fulminante, así como la renuncia a acelerar la curación efectiva
de los enfermos —se estaba a tiempo de lograr esta curación efectiva si se
hubieran escuchado las voces que iban bien encaminadas— debía
necesariamente de obedecer a muy poderosas razones que nada tienen que ver
con la Sanidad, ni siquiera con el propio gobierno español. Era el precio
que se cobraba el silencio del pacto.
Más interés en los EE.UU que en España: Eso ya se notó días antes, cuando
el Dr. Angel Peralta Serrano, jefe del departamento de Endocrinología del
Hospital Infantil de la Ciudad Sanitaria de La Paz, de Madrid, en artículo
publicado en el diario “Ya” de fecha 12 de mayo de 1981, y después de
informar que al INSALUD le habían sobrado 17.000 millones de pesetas aquel
año (¡Cuanta urgencia y efectividad podría haberse aplicado a la
resolución de la nuva enfermedad!), afirmaba, refiríendose al síndrome
tóxico, que en su opinión los cuadros clínicos que se habían presentado en
aquellos primeros días, mejor se explicaban por una intoxicación por
insecticidas organofosforados, que no por una simple infección viral
(neumonía atípica). El artículo en cuestión fue replicado al día siguiente
por el entonces Secretario de Estado para la Sanidad, Luis Sánchez-Harguindey
Pimentel, en carta abierta publicada en el mismo rotativo, con lo cual el
mencionado Secretario de Estado evidenciaba estar perfectamente al
corriente de lo expuesto el día anterior por el Dr. Angel Peralta. Pero
tampoco reacciona, ni obra en interés de los enfermos. Esa historia, como
dije en el párrafo anterior, parece que no va con el gobierno español:
“Ya” es un diario matutino (ojo al dato). Porque el mismo día 12 en que
aparece el artículo del Dr. Peralta hablando por primera vez de
organofosforados, una llamada telefónica de Madrid —del Dr. Gallardo del
Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitaria— a Atlanta, en el estado
norteamericano de Georgia, pide ayuda al Epidemiology Program Office del
Center for Disease Control (CDC). Que envía a Madrid al epidemiólogo
William B. Baine. Tal y como manifestría más tarde la eurodiputada
Dorothee Piermont, investigadores y víctimas implicadas son de la opinión
de que datos, historiales clínicos y documentos establecidos con ocasión
de la visita del epidemiólogo norteamenricano, fueron transferidos
íntegramente al CDC estadounidense, no siendo por tanto accesibles ya a
los investigadores españoles que consideran falsa la hipótesis del aceite.
Para finalizar este tema, quiero dejar constancia de la sorprendente
realidad de que cuando el síndrome tóxico —sin estar resuelto ni muchísimo
menos— deja ya de ser un tema de importancia para las autoridades
españolas, lo sigue siendo de forma prioritaria para los Estados Unidos.
Esto sólo ya es un escándalo en sí mismo. ¿Es que los americanos querían
patentar en su país el sistema de desnaturalización y re-naturalización de
aceite de colza que habían aplicado quienes se sentaron en el banquillo de
la Casa de campo? Que nadie se engañe: más bien estaban al corriente desde
el principio de lo que realmente aconteció aquí en la primavera de 1981.
El detalle que cito aparece textualmente en la hoja 4ª del Acta de la
sesión del 17 de noviembre de 1983 del Pleno de la Subcomisión de
Investigación Clínica de la Comisión Unificada de Investigación, integrada
en el Plan Nacional para el Síndrome Tóxico dependiente de la Presidencia
del Gobierno. Citando una intervención del Dr. Manuel Posada de la Paz,
puede leerse allí: “A continuación expuso la relación de trabajos que se
van a enviar para ver si pueden ser subvencionados por la vía del convenio
Hispano-Americano. Dicho convenio está basado en un dinero que Estados
Unidos paga al Gobierno español por las bases americanas, que se invierte
en proyectos de investigación conjuntos para ambos países. Hace un año el
SAT (síndrome del aceite tóxico) era un tema prioritario para los dos
países, pero en el momento actual no lo es para España aunque los
americanos siguen muy interesados.”
¿Aceite o Tomate?: La línea de investigación propugnada por la
Administración desembocaría por ende en la suposición de que la nueva
enfermedad fue producida por la ingestión de determinada partida de aceite
de colza desnaturalizado, importado de Francia y sometido a un proceso de
renaturalización (extracción o separación del producto colorante en
España), mientras que la investigación emprendida por el Dr. Muro y su
equipo desembocaría en la suposición de que la enfermedad fue producida
por el consumo de una partida de tomates tratados con un compuesto de
insecticidas organotiofosforados, cultivados en Roquetas de mar, en
Almería.
No pudo ser el Aceite: Uno de los pilares en los que basan su acusación
quienes argumentan que el origen del síndrome tóxico radica en el aceite
de colza desnaturalizado, es el hecho —dicen ellos— de que la enfermedad
comienza a decaer desde el momento en que deja de ser consumido el aceite
sospechoso: el 10 de junio de 1981 se anuncia por vez primera por TVE la
posible relación de unos aceites sospechosos con el origen de la
enfermedad. El 17 de junio se da la orden de retirada de estos aceites
sospechosos. Y el 30 de junio de 1981 comienza la operación efectiva de
canje de los mismos por aceite puro de oliva. A partir de este día, según
la tesis oficial, comienza a remitir la enfermedad, comienza a decaer la
curva de incidencia de entrada de nuevos enfermos en los hospitales. pero
esta opinión oficial está falseada. Porque observando la curva real de
dicha incidencia, la enfermedad —el ingreso de nuevos enfermos en centros
hospitalarios— decae espontánea y verticalmente a partir del 30 de mayo, o
sea un mes antes de que a la gente se le quitara el aceite presuntamente
tóxico, y fecha anterior incluso a conocerse por los medios de
comunicación de forma no oficiosa que el aceite era el causante del
síndrome tóxico.
Hay naturalmente otras muchas consideraciones básicas que excluyen la
posibilidad de que el aceite de colza desnaturalizado fuera el causante de
la tragedia.
Por ejemplo: si fuera el aceite el causante, ¿cómo se explica la
discriminación intrafamiliar? Esto es: ha quedado constatado que es muy
rara la afectación de toda la familia, puesto que siempre permanecen
invulnerables alguno o algunos de sus miembros. Por lo que, dado que el
aceite en una cocina como la española es consumido por todos, éste es
difícilmente el vehículo del tóxico.
Lo mismo cabe argumentar para la discriminación interfamiliar.
Intrafamiliar es dentro de la misma familia, en la composición de la
familia. Interfamiliar es en cambio entre familias, la discriminación que
la enfermedad hace entre una familia y otra. Pues es sabido que el
“garrafista” ha vendido a lotes completos de vecinos, y solamente han
enfermado por ejemplo los del 2º F, los del 7º C y los del 1º B, mientras
que el resto permanecen sanos, a pesar de que las garrafas se habían
llenado en el mismo momento, del mismo tanque, y fueron vendidas el mismo
día. Etc. etc.
Los Catalanes, genéticamente distintos: Curioso y absolutamente
determinante, por sus características tan paradójicas con respecto a la
epidemia del síndrome tóxico, es el caso del circuito catalán de
comercialización del aceite supuestamente tóxico. estas características
vuelven a ser un elemento más de los varios que, por sí solos, ya refutan
la hipótesis del aceite fraudulento como vehiculizador del tóxico que
causó el citado síndrome tóxico.
Resulta que durante el año 1981 se distribuyó en Cataluña aceite
fraudulento de composición semejante al distribuido en la región central,
que por ello también fue declarado como aceite tóxico en aquel momento. La
cantidad de aceite comercializado en Cataluña fue superior a 350.000 kg.
Pues bien, pese a haber sido distribuida toda esa cantidad de aceite y
haberse vendido al público durante varios meses de 1981, no se tiene
constancia de la existencia de ningún afectado original de la zona
catalana.
Pero lo más sorprendente del caso es que una de estas marcas concretamente
‘El Olivo’, fue también distribuida en Castilla, sobretodo en Madrid
capital y poblaciones limítrofes. Pues bien, este aceite oriundo de
Cataluña, en donde no provocó ningún afectado, al ser consumido en Madrid
provoca automáticamente afectación. ¿Es posible que las partidas
destinadas a Castilla sean tóxicas y las que se quedan en catalunya sean
inocuas? ¿O acaso —como apuntó un letrado de la Defensa durante el juicio—
debe atribuirse este fenómeno a una distinta composición genética o
reacción sensible de catalanes y castellanos?
Mucho más lógico que buscarle estos tres pies al gato, resulta concluir
que el aceite no tuvo en realidad nada que ver con el síndrome tóxico.
Nada, excepto que formaba parte en muchos casos del mismo plato que
también contenía los tomates que llevaban el tóxico.
No había tóxico en el Aceite: Buscando un punto de apoyo que justificara
la inculpación del aceite de colza desnaturalizado, la opinión oficial
argumentó que el tóxico se hallaba en las anilinas que se usaron para su
desnaturalización (tinte), y en su defecto en las anilidas que estas
anilinas originaron durante el proceso de re-naturalización efectuado en
España. pero resulta que —como muy ampliamente lo documento en el citado
libro Pacto de Silencio— el aceite sospechoso no contiene tóxico alguno,
ni de anilinas ni de anilidas ni de tipo alguno. Así lo manifestaría por
ejemplo la Dra. Renate Kimbrough, del CDC de Atlanta, USA, el 10 de
febrero de 1985 a la televisión alemana: “No hallamos ningún indicio que
señalara que el aceite fuera el causante del síndrome tóxico. Además,
muchos otros laboratorios en Europa han intentado hallar alguna sustancia
tóxica en estos aceites, y tampoco tuvieron éxito alguno.”
Añadiré que a la vista de todos los datos que hoy poseemos, se hace no ya
difícil, sino absolutamente imposible, mantener que el aceite de colza
desnaturalizado fuera el desencadenante del envenenamiento masivo de la
primavera de 1981 en España. Tal posibilidad ha quedado descartada por los
nulos resultados arrojados al respecto tanto por la investigación
toxicológica, como por la bioexperimental y también por la epidemiológica.
Los Tomates Venenosos: Si el aceite no fue el causante de la tragedia,
¿por qué la Administración ha venido fomentando la idea de que fue este
agente el que envenenó a tantos administrados? ¿Por qué ha cerrado sus
oídos a tantas voces que indicaban —algunas susurrando pero otras
gritando— que ese no era el camino y que en cambio había otro que permitía
llegar al foco de la epidemia e incluso a la curación de los afectados? En
buena lógica, igual daba que la fisura de los controles oficiales quedara
descubierta en el negocio del aceite, como en el negocio del tomate.
Puestos a tener que reconocer un fallo en el sistema, tanto daba una que
otra variante. La única diferencia estriba en que por la vía del aceite
solamente se descubre un fraude alimenticio, mientras que por la vía del
tomate se descubre una imprudencia temeraria tras la cual se puede
esconder un error dirigido. Solamente así se explica la actitud oficial
frente a este problema. Como diría en su momento el entonces subsecretario
de Sanidad del Ministerio socialista de Ernest Lluch, Dr. Sabando, lo del
síndrome tóxico no es un problema del Ministerio de Sanidad, ni de ningún
otro Ministerio; es un problema de Guerra, Felipe González, CESID, y
luego, por decir algo que lo englobe todo alrededor, digamos KGB-CIA: este
es el único problema, y de ahí no lo podemos sacar.
El Origen del Drama: Recordemos la historia que llevaba al origen del
drama: el 15 de mayo de 1981 el Dr. Antonio Muro y Fernández-Cavada es
destituído como vimos de sus funciones de director del Hospital del Rey, a
causa de los aciertos evidenciados en la investigación de la etiología del
síndrome tóxico. El causante real no debía salir a la luz pública. A
partir del mes de julio del mismo año 1981, y llevando ya la investigación
de forma privada, el Dr. Muro enuncia su hipótesis de que el síndrome
tóxico ha sido causado por un producto fito-sanitario, un
organotiofosforado, vehiculizado por una partida de tomates o pimientos.
Desde entonces y hasta su muerte en 1985 —de un cáncer de pulmón, al igual
que Rosón, que moriría al año siguiente y que era otro de los pocos que
estaban perfectamente al corriente de lo que había sucedido— se dedicó sin
tregua a estudiar el consumo de tomates en los afectados, a reconstruir la
comercialización de los mismos, llegando a localizar —mediante un
laborioso proceso de retroceder desde el afectado al productor— al posible
agricultor y al posible campo en donde se plantaron. Se había comenzado a
desandar el camino que llevaba hacia los organofosforados, como causantes
de la intoxicación masiva de la primavera española de 1981.
De acuerdo con las averiguaciones del Dr. Muro, el desencadenante del
envenenamiento fue una partida de tomates, cultivados en Roquetas de Mar
(Almería), y previamente tratados con un compuesto organotiofosforado, el
fenamiphos (comercializado con el nombre de Nemacur), combinado con
isofenphos (comercializado con el nombre de Oftanol). Cabe remarcar que el
isofenphos es el producto que habría causado la característica neuropatía
retardada acusada por los afectados, y que la partículo “tio” (en el
compuesto organo-tio-fosforado) alude a la presencia de azufre en la
mortal combinación. Combinación por lo tanto fosforada y azufrada. Así lo
dejaría escrito el Dr. Muro:
“El nematicida fitosistémico Nemacur-10, prohibido en varios países por su
alta peligrosidad, e introducido en España por primera vez pocos meses
antes de la epidemia del síndrome tóxico, es un organotiofosforado del
grupo fenamiphos (4-[metiltio]-m-toliletil-isopropilamidofosfato) que, de
no respetarse sus muy dilatados intervalos de seguridad (mínimo de tres
meses), se convierte dentro del fruto en un fitometabolito derivado
extraordinariamente agresivo —su toxicidad se potencia unas 700
(setecientas) veces— y cuya composición exacta parece ser alto secreto
militar. Las partes fundamentales de su molécula y su acción bloqueante
irreversible de la acetilcolinesterasa, explica extraordinariamente bien,
pese a los desmentidos globales de la OMS, la patogenia y cuadro clínico
observados en el síndrome tóxico. Los tomates contaminados son
semiselectos de la variedad ‘lucy’, razón por la cual su consumo no ha
afectado a clases o zonas urbanas adineradas.”
Arsenal Químico: Aporto estas consideraciones porque se observa —cuando se
analiza todo este asunto en detalle— que el pacto de silencio que aquí
salta a la vista, sólo puede justificarse por la extrema gravedad de lo
realmente ocurrido. Para ello conviene recordar que los organofosforados
se hallan en la base del moderno armamento químico como también conviene
recordar por qué se estaba demorando el acuerdo de desarme químico entre
los Estados Unidos y la Unión Soviética: la creación del arma química
binaria hace imposible cualquier tipo de control internacional, debido a
que su producción puede ser organizada secretamente incorporándola en
cualquier empresa química privada. Implica la experimentación con nuevos
tipos de agentes químicos en la industria de herbicidas, entre otras,
existiendo la posibilidad de evitar las inspecciones en las unidades y
empresas que pertenezcan a sociedades privadas o multinacionales. Cabe
señalar que Nemacur y Oftanol son productos de la multinacional Bayer. Es
importante por lo tanto que al enjuiciar lo sucedido en España con el
síndrome tóxico, se tenga presente que la industria química privada
multinacional ofrece la única posibilidad de ensayo impune en el supuesto
de un acuerdo internacional de suspensión de la experimentación y
almacenamiento de armamento químico
Esto lo sabía perfectamente Juan José Rosón, al igual que cabe suponer lo
saben perfectamente el teniente general Emilio Alonso Manglano, el coronel
Catalá y el general Cassinello, por citar solamente a algunos conocedores
del tema. |
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