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Tu función en la enseñanza de la meditación

¿Deberías ser meditador para poder enseñar a meditar a los niños? La respuesta es muy simple: sí, sería lo ideal. Si eres meditador, habrás experimentado personalmente algunas de las dificultades que implica, y tendrás la tranquilidad mental que se consigue con la meditación, lo que le permitirá enseñarla y proyectarla a los demás. Si estás interesado en enseñar a meditar a los niños, es fundamental que hayas practicado los ejercicios y que seas perfectamente consciente de los beneficios que puede aportar la meditación.

Un profesor de técnicas avanzadas de meditación debe haber tenido una amplia experiencia personal, ya que cuando surgen los problemas, sólo los puede afrontar alguien que se haya encontrado en una situación similar. Sin embargo, ninguna de las técnicas que se explican en este libro pertenecen a esta categoría, de manera que, aunque seas un recién llegado en términos de meditación, puedes introducir a los niños en ella. Lo más importante es tu propia actitud mental. Si eres una persona tranquila, sinergética y con una tendencia innata a ayudar a tus semejantes, y te ciñes estrictamente a las indicaciones que te damos a lo largo de este espacio, la mayoría de los niños responderán favorablemente. Y es muy posible que quede tan influenciado por tu propia enseñanza que te conviertas en un meditador casi sin darse cuenta.

Recuerda que los niños, sobre todo los adolescentes (más críticos), te preguntarán si practicas la meditación. Eso es así con cualquier disciplina; les gusta saber que quien les está enseñando algo lo domina y lo disfruta personalmente. No obstante, tanto si tienes experiencia en meditación como si no, existen algunas normas preparatorias que deberías tener presente al presentar las técnicas de meditación a los niños. Son las siguientes:

1. No esperes demasiado. Algunos niños entran rápidamente en la meditación, mientras que a otros les cuesta más, aunque es precisamente este segundo grupo el que más necesitado está de los beneficios que le puede reportar la meditación. No olvides que muchos de los niños más pequeños todavía son incapaces de mantener la atención durante un largo período de tiempo, y que, pese a disfrutar considerablemente con las sesiones, éstas deberán ser muy cortas.

2. No demuestres nunca disgusto, desagrado o impaciencia con los niños. Recuerda que les está ofreciendo la posibilidad de aprender a meditar, pero no forzando a que lo hagan. A fin de cuentas, cuando llegue el momento de hacer el análisis final, serán ellos quienes tendrán que aceptarlo o rechazarlo. Si el profesor se impacienta, a los niños les cuesta más aprender, y las malas experiencias de aprendizaje no se olvidan fácilmente, sino que, por el contrario, les pueden poner en guardia durante muchos años (a veces, de por vida) ante una disciplina determinada. Por mucho que aprecies la meditación y seas consciente del valor que tiene para los demás, ten siempre presente que lo único que cuenta es la decisión de los niños y que son ellos y sólo ellos los que deben elegir libremente si quieren seguir adelante o dejar el programa de meditación. También es posible que, al cabo de un tiempo, deseen probarlo de nuevo y, en tal caso, deberás propiciar su integración en el grupo en una atmósfera feliz, agradable y relajada.

3. Déjales bien claro, desde el principio, que no se trata de que compitan entre sí. En las primeras etapas de su vida, los niños tienen la impresión de que siempre se les está comparando con los demás, sea cual sea la actividad que realicen: deberes escolares, créditos, puntos escolares, puntos en casa o palabras de aprobación. Por consiguiente, no es de extrañar que también esperen ser comparados, de una u otra forma, durante las sesiones de meditación. Se preguntarán si lo están haciendo tan bien como los demás, e incluso es posible que intenten pugnar los unos con los otros para merecer su aprecio. Evítalo dejando muy claro que la meditación, al igual que la respiración, no es algo en lo que se pueda competir. Todos podemos meditar si así lo deseamos. Fomenta esta idea procurando no tomar un cariño especial a algunos niños a costa del resto del grupo. Distribuye tu aprecio por igual entre todos ellos y, sobre todo, ni se te ocurra reprender a un discípulo delante del resto de la clase.

4. Procura dar instrucciones lo más sencillas posible. Tal y como veremos a lo largo del libro, esto es muy importante cuando se trabaja con los niños más pequeños. Los buenos profesores de meditación necesitan muy pocas palabras para impartir las clases, ya que las palabras se quedan flotando en el aire y los niños pasan más tiempo pensando en la meditación que meditando, que a fin de cuentas es lo que realmente importa.

5. Simplifica las explicaciones, en especial con los más pequeños. Estimula la discusión: siempre es útil que los niños sepan que pueden hablar de sus experiencias, pero recuerda que los niños siempre tienden a intentar superar a sus compañeros al describir lo que han experimentado. Tan pronto como detectes que la fantasía está empezando a deformar los relatos, da por terminado el debate con tacto y moderación, prometiéndoles continuarlo después de la siguiente sesión de meditación. Una vez más, evita fomentar el menor sentido de competición entre los niños y acepta todas sus descripciones también por un igual, sin valorar más unas que otras. Si tienes que destacar algunas narraciones en particular, hazlo, pero hazlo con sencillez, sin utilizar un vocabulario grandilocuente; ante todo, debes proteger la autoestima de los niños, que en estas etapas es extremadamente frágil. Siempre es preferible una frase del tipo: "Eso está bastante bien, pero deberíamos avanzar en otra dirección", que otra del estilo siguiente: "Estás completamente equivocado; empezaremos de nuevo desde cero".

6. Usa un tono de voz apropiado. La voz debería ser amable y bastante suave, aunque no hipnótica o soporífera. Lo último que desea es que se le duerman los alumnos, lo cual puede ocurrir con suma facilidad; es algo que puede suceder incluso con adultos. Tus palabras tienen que generar confianza; en este sentido, no realices pausas innecesarias ni hables con rapidez. La meditación es una actividad en la que el tiempo no cuenta, y los niños no deben tener nunca la impresión de que se puede practicar con precipitación.

Los niños aprenden mejor de los adultos a quienes admiran y de quienes les dan un buen ejemplo de la clase de persona que querrían llegar a ser algún día. Si ven que eres paciente, cuidadoso, alegre y que estás relajado, es decir, las cualidades que la meditación puede ayudar a desarrollar, habrá muchas más probabilidades de que se sientan motivados para practicarla que si ven en ti un perfecto modelo de las cualidades opuestas.

 

 

 

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