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SIMONIDES, SALVADO POR LOS DIOSES

Nunca alabamos bastante a tres clases de personas: los dioses, la amante y el rey. Díjolo Malherbe, y con gusto lo suscribo; es una máxima de perpetua utilidad: el halago agrada y conquista las almas; los favores de una hermosa son a menudo el premio; veamos cómo los dioses lo pagan en ocasiones.

Púsose Simónides a cantar el elogio de un atleta, aunque al ensayar su numen halló el tema desprovisto de ornamentos: los parientes del atleta eran gente sin fama; ciudadano común su padre, y él mismo sin otro mérito. ¡Menguada y estéril materia!

Cantó, pues, al principio la fama de su héroe diciendo cuanto podía. Mas luego insertó el asunto de Castor y Pólux, escribiendo que su ejemplo es glorioso para los atletas: cantaba sus combates y los sitios donde los dos hermanos se habían distinguido. El elogio de ambos dioses, en fin, ocupaba dos tercios del poema.

El atleta le había prometido un talento, pero al ver el canto, el muy ladino sólo le ofreció la tercera parte de lo convenido, diciendo francamente al poeta que cobrase lo restante a Castor y Pólux:

-¡Que esa pareja divina os recompense! Venid, sin embargo, a cenar conmigo; la mesa será buena, y los convidados, escogidos: mis mejores amigos, mis parientes. ¡Por favor, no faltéis en esta compañía!

Simónides aceptó, quizá temiendo perder, además de su salario, la gratitud por su canto. Llega al banquete; es festejado; da comienzo la cena; todos muestran su humor alegre. Mas un esclavo se acerca y advierte a Simónides que dos hombres le aguardan a la puerta. Deja la mesa, y la tropa invitada no pierde bocado.

Eran los dos hombres los gemelos Castor y Pólux; le dan gracias y le advierten, en pago de sus versos, que abandone la casa, que se hundirá al instante.
Cierta resultó la profecía: quiébrase una columna y se desploma el techo, rompiendo los platos y las jarras del festín. Y para hacer completa la venganza debida al poeta, una viga rompe las piernas del atleta y deja estropeados a sus invitados. La fama dio alas al asunto, clamando cada cual que fue un milagro, doblándose así el salario merecido por los versos de un vate amado de los dioses; ¡no había hijo de familia rica que, pagando a cuál más, no le encargara el elogio de sus abuelos!

Pero vuelvo al principio, y digo que no hay falta en alabar cuanto cabe a los dioses y sus semejantes; que, además, Melpómene, sin mancilla en ello, a menudo trafica con su esfuerzo; que, en fin, merece nuestro arte cierta estima. Los dioses se envanecen cuando nos otorgan una gracia; en otro tiempo el Olimpo y el Parnaso eran hermanos y amigos.

 

 

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