Prevención de la depresión.

La mejor prevención para no caer en el pozo de la depresión (en todas las edades) es el ejercitamiento de un corazón consciente y generoso. Cuando se trabaja no por el propio beneficio, sino por el bien de toda la humanidad, y uno recorre el camino más adecuado para él, es bien difícil que se presente la depresión, sobre todo en sus formas más severas.

Teniendo esta idea tan esencial presente, además, la prevención puede basarse en la detección precoz y la modificación de los factores de riesgo, que hemos citado en este espacio, para la depresión en las personas mayores.

Se pueden dividir estos factores en tres diferentes categorías: factores relacionados con la salud, factores sociales y factores personales de vulnerabilidad. Aun cuando la prevención es a menudo una tarea de difícil realización, presentamos algunas sugerencias al respecto que puedan ser de utilidad:


a) Factores relacionados con la salud física.

El diagnóstico precoz y tratamiento adecuado de las enfermedades físicas, a veces difícilmente detectables en esta población, así como la mejoría en el recorte de la funcionalidad y habilidades de autocuidado, puede tener un buen resultado en la disminución de la depresión asociada a las enfermedades.

Cuando surgen condiciones como éstas, debería evaluarse si los pacientes presentan un perfil de riesgo para la depresión, analizando la posibilidad de incluirlos en grupos de prevención. De cualquier manera, se puede actuar sobre la interpretación, significado y afrontamiento a la enfermedad, así como la superación de las limitaciones objetivas que vayan asociadas a ésta.

El adecuado enfrentamiento al dolor, la implementación de actividades gratificantes, la interpretación de las causas relacionadas con la enfermedad, las conductas de queja, el
comportamiento de la familia ante las conductas relacionadas con la enfermedad, las habilidades de solución de problemas relacionados con el recorte de la funcionalidad, pueden ser tópicos a evaluar y a entrenar desde un punto de vista adaptativo para disminuir la probabilidad de desarrollar un episodio depresivo.

Asimismo, limitar el recorte de las actividades sociales y el exceso de autoatención negativa a los síntomas, al dolor y a los problemas, pueden ser intervenciones interesantes en este sentido. La población de riesgo incluida en este grupo no sólo serían aquellos pacientes con enfermedades físicas graves sino también aquellos otros con enfermedades severamente limitantes (desde un punto de vista objetivo) en su autonomía funcional (pacientes con deficiencias sensoriales, cognitivas, minusválidos físicos y psíquicos, etc.) o subjetivamente limitantes para el paciente por su inadecuado enfrentamiento al dolor o a los síntomas.

Asimismo, puede ser de interés el entrenamiento de los profesionales de la salud (médicos de asistencia primaria, personal de enfermería) en detección precoz de los factores de riesgo señalados; estos profesionales se relacionan habitualmente con estos pacientes y pueden recomendar la necesidad de una intervención para disminuir la probabilidad de que acaben desarrollando un episodio depresivo. Este personal debe considerar también que en muchos casos los pacientes no hablan de sus problemas emocionales por lo que el aumento de los conocimientos acerca de las formas externas de manifestación de la depresión puede ser de crucial importancia.


b) Factores sociales.

Es importante señalar la relevancia, para la prevención, del desarrollo de programas de apoyo social, con actividades gratificantes como viajes, juegos, fiestas, visitas culturales, etc. tal y como las que se desarrollan en los Centros de Mayores. Los centros residenciales para personas mayores presentan ventajas e inconvenientes que hay que evaluar con cuidado.

Hay que contemplar la participación en cursos, actividades deportivas o culturales e, incluso, en la propia organización, diseño y puesta en marcha de estos programas que facilitan el desarrollo de relaciones sociales y de actividades placenteras, actuando como voluntarios en organizaciones humanitarias, dando clases de alfabetización o de pintura, o realizando talleres de escritura, etc. en los casos en que su formación y conocimientos se lo permitan. De este modo, la formación de un grupo de apoyo social, un confidente íntimo, el desarrollo de nuevas amistades, etc. ayudarán a disminuir la probabilidad de riesgo para la depresión.

Por otro lado, la ayuda económica a los pacientes con más problemas financieros puede ser útil en igual medida. En este sentido, los programas sociales de ayuda a domicilio, por sí mismos (ayuda en el cuidado primario y en las actividades cotidianas de la casa) y por el apoyo social y la disminución de la soledad pueden ser también de gran importancia. Así, es quizá de igual interés que los pacientes necesitados puedan acceder a las vías de información adecuadas ya que también puede suceder que estos pacientes no conozcan la existencia de estos programas. En este caso, los sujetos con mayor riesgo de desarrollar una depresión pueden ser los viudos con una historia de depresión anterior y los esposos de víctimas del suicidio.

Por otro lado, los profesionales de la salud y de los servicios sociales, entrenados en la detección de los factores de riesgo, pueden informar a las personas mayores de las posibilidades de ser atendidas en servicios de salud mental y de la existencia de los diferentes programas que las instituciones públicas (como el IMSERSO) o privadas realizan con diversos objetivos.


c) Factores personales.

Estos factores incluyen la historia de episodios previos de depresión, la vulnerabilidad cognitiva o conductual que puede concretarse de diferentes formas.

A nivel conductual, estos factores pueden concretarse en un déficit de actividades gratificantes, en un recorte de habilidades sociales, asertivas, de solución de problemas, así como conductas de pasividad y evitación de las responsabilidades personales o contactos sociales, entre otros. La evaluación de estos factores debería hacerse en el momento de llegar a una edad avanzada y sufrir alguna situación estresante de las conocidas que puede actuar sobre la vulnerabilidad cognitiva tal y como se ha comentado en el tema de los modelos teóricos.

Se entiende que éste es un objetivo de difícil cumplimiento, pero quizá sería de interés poder tener en cuenta esta recomendación para aquellos casos en que sea posible. De nuevo el entrenamiento en detección de estos factores de vulnerabilidad por parte de los profesionales que se relacionan con frecuencia con esta población podría ayudar en estos objetivos.


d) En la literatura especializada también encontramos que existe una población de personas mayores con especial riesgo de sufrir un cuadro de depresión, nos referimos a los cuidadores primarios de pacientes que sufren algún tipo de demencia y que pertenecen a su círculo íntimo.

El desarrollo de grupos de formación interior, de autoayuda y de prevención puede recomendarse especialmente en esta población. Asimismo, las personas mayores que presentan cuadros adictivos como el alcoholismo sufren de un mayor riesgo para el suicidio y los síntomas de depresión y también deberían recibir una atención especializada al respecto.

Para terminar, parece claro que un objetivo tan complejo como la prevención necesita de un conocimiento adecuado de todos los factores de riesgo en los diferentes niveles de intervención y un análisis detallado de las poblaciones de riesgo, así como esfuerzos comunitarios y entrenamiento en profesionales expertos en prevención.

La prevención siempre es una tarea difícil que requiere inversiones económicas en la formación de profesionales, en el diseño y puesta en marcha de programas de mejoría en la calidad de vida (incluyendo desde programas de entrenamiento en memoria hasta la realización de viajes o visitas culturales, programas dirigidos a que la sociedad cambie sus tópicos y sus conductas y actitudes negativas hacia la vejez, etc.), programas de preparación a la jubilación (como los que ya se están haciendo en algunos países occidentales), objetivos todos ellos a veces difícilmente alcanzables.

Por último, debe comentarse que estas ideas suponen sólo una breve introducción a un tema del que faltan aún conocimientos, estrategias y programas validados especialmente dirigidos a la tercera edad, aun cuando ya existen algunos para la población adulta.

 

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