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Luciano y la conspiración con el poder político

Hablar de todos los personajes importantes de la historia de la Mafia es imposible en tan poco espacio. Vito Genovese, Frank Costello, Albert Anastasia o Jimmy Hoffa en los Estados Unidos; Vito Andolini –natural del pueblo de Corleone, en la región de Palermo– y muchos otros en Italia…

Sus crímenes, sus estafas, su historia, llenan cientos de documentos del FBI y de la Interpol, miles de artículos y numerosos libros, en parte gracias a las declaraciones de Joseph Valachi, un gángster que durante cuarenta años estuvo al servicio de la Mafia y acabó convirtiéndose en confidente de los federales.

Pero sin menospreciar a ninguna de estas grandes figuras del crimen organizado, debemos hablar de uno de los más grandes dirigentes de la Cosa Nostra, un Capo di tutti Capi: Lucky Luciano.

Charles Lucky Luciano fue el verdadero artífice de Cosa Nostra, realizando un férreo reordenamiento de la misma. Lo primero que hizo fue tomar el control de todas las empresas criminales a lo largo del territorio de Estados Unidos, a través del también mafioso Meyer Lansky.

Lucky sabía del necesario apoyo de políticos y hombres de ley para que sus planes prosperasen, por lo que se empeñó en crear negocios abiertos que sepultaran el juego ilegal, los robos en muelles y camiones, y la extorsión.

Como señala Eric Frattini, Luciano había creado unas verdaderas “Naciones Unidas del Crimen Organizado”.

El pasaje más apasionante y controvertido de la historia de Luciano es su apoyo al gobierno estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial.

Tras el sabotaje nazi al transatlántico Lafayette en la costa norteamericana, un grupo de hombres relacionados con el gobierno, el Servicio de Inteligencia Naval, el FBI, el Departamento del Tesoro, y detectives del Departamento de Policía de Nueva York, decidieron pedir ayuda a la Mafia, y por ende a Luciano, que aquel mes de febrero de 1942 se encontraba cumpliendo condena en la prisión de Dannemora.

De todos era sabido que el crimen organizado controlaba los puertos a lo largo de todo el país. A Luciano le interesaba tener buenas relaciones con la Administración para que ésta se entrometiera lo menos posible en sus negocios.

El gran capo finalmente dio la orden expresa a toda la familia –en prisión seguía siendo el padrino más poderoso– para que cooperase en los esfuerzos bélicos en los muelles de Nueva York y Nueva Jersey.

Desde ese momento, y aunque parezca contradictorio, patrullas conjuntas compuestas por miembros de la Mafia y de la Marina controlaron todos los puntos estratégicos de la costa. No volvieron a producirse incidentes en ninguno de los barcos de transporte militar. Gran parte de la batalla estaba ganada.

Años después se ha demostrado que también el desembarco aliado en Italia contó con el apoyo de la Mafia, que no tenía una buena opinión del dictador Benito Mussolini, encargado durante los años veinte y treinta de perseguir a la organización.

Un año después del final de la segunda gran guerra Mundial, Luciano consiguió la libertad condicional por los servicios prestados al país. Sin embargo, debía ser deportado a Italia.

Sólo volvió a los Estados Unidos para ocupar una plaza en el panteón familiar del cementerio neoyorquino de Saint John. Su nombre ya era leyenda…

 

 

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