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Intervención y prevención del suicidio.

En la edad avanzada se presentan las tasas más altas de suicidio y las menos elevadas de parasuicidio (intento suicida no consumado). La tasa de suicidio es un 50% más alta que en la adolescencia, donde la proporción es de 200 parasuicidios por cada suicidio real, mientras que en las personas mayores la proporción se eleva hasta 4 parasuicidios por cada suicidio consumado. Asimismo, las personas mayores utilizan los métodos más letales como dispararse con un arma, tirarse al tren, saltar por la ventana, colgarse o inhalar gases del coche, siendo los varones los que más se suicidan. Para agravar más la situación, estos sujetos, con frecuencia, no presentan indicadores manifiestos de intentos suicidas, verbalizan en menor medida sentimientos de desesperanza y, en su mayoría (el 75%), presentan un cuadro de depresión que a menudo no recibe tratamiento alguno.

En relación al sexo la relación entre la edad y el suicidio se mantiene lineal en los varones dentro de las edades extremas en la vejez, mientras que en la mujer el riesgo suicida adquiere el punto más alto en los años cercanos a la menopausia, con un declive posterior.

El acto suicida puede verse como el reflejo de pérdidas físicas, ocupacionales, económicas, sociales y cognitivas que se acumulan en el tiempo más que como el reflejo directo de un sólo factor. Del análisis de estos factores, dos temas deben ser considerados de forma especial para disminuir el riesgo: tratar de forma adecuada la depresión y el alcoholismo ya que el 66% de las personas mayores que se suicidan no reciben ningún tratamiento al respecto.

Los clínicos y los profesionales de la salud y de los servicios sociales deben adquirir las habilidades necesarias para reconocer al paciente con elevado riesgo y para saber qué hacer en estos casos. Existe una serie de características clave que pueden alertar frente a la posibilidad del suicidio en estos pacientes. De todas ellas la más importante es la expresión del deseo de muerte o cualquier acto deliberado de autolesión, aun cuando la aparición de estas claves se dé con menos frecuencia que en la vida adulta. Otros indicadores pueden ser la presencia de sentimientos de desesperanza, infelicidad, culpa y el desarrollo de anhedonia.

Algunas señales indirectas pueden incluir sucesos tales como poner los asuntos financieros en orden, regalar sus bienes o sus animales de compañía, comprarse un arma, almacenar píldoras, ir al médico sin razones aparentes o volver al médico después de una visita reciente. Las características, que a continuación las exponemos, tales como vivir solos, ser hombre, estar soltero, haber sufrido una viudedad reciente y haberse cambiado de casa son factores de riesgo que los profesionales deben conocer.

También debe tenerse en cuenta que algunas personas mayores presentan un patrón de "suicidio silencioso" que se caracteriza por la utilización de métodos no violentos como no tomarse la medicación necesaria o rehusar el tratamiento que se le ofrece. En estos casos es frecuente la presencia de una depresión subyacente y no diagnosticada. Por cierto, que esta depresión no tiene por qué ser particularmente crónica o severa.

Por otro lado, los pacientes que llegan al alcoholismo por primera vez en una edad avanzada y como resultado de una pérdida o del aislamiento social pueden presentar también un elevado riesgo de suicidio. Asimismo, las personas mayores que de forma frecuente solicitan hipnóticos para dormir, indicando con ello la posible presencia de un insomnio crónico, también pueden presentar un cuadro de depresión no diagnosticado.

Una vez que el sujeto de alto riesgo ha sido detectado, se deben establecer unos principios para el tratamiento:

a) Evitar el nihilismo terapéutico, es decir, que el profesional no crea que no se puede realizar ninguna intervención terapéutica o sobre el entorno, presentando alguna de las distorsiones cognitivas ya citadas o alguno de los mitos acerca de la depresión.

b) Llevar a cabo un contrato contra el suicidio por el que el paciente se compromete a llamar al clínico si tiene ideas o planes suicidas.

c) Hospitalizar a los pacientes de mayor riesgo, teniendo en cuenta, por ejemplo, las puntuaciones obtenidas en las pruebas psicológicas como la Escala de Intentos Suicidas de Beck o en la Escala de Desesperanza.

d) Llevar a cabo un tratamiento psicológico antidepresivo, trabajando la desesperanza, la impulsividad, la rigidez cognitiva (dicotomización) y el déficit de habilidades de solución de problemas de forma especial;

e) Implantar un tratamiento de desintoxicación para el alcoholismo.

f) Utilizar fármacos antidepresivos menos tóxicos.


Está claro que la intervención no debe ser sólo clínica. La prevención primaria debe incluir un política sanitaria y social que mejore la calidad de vida de la persona mayor en todas las dimensiones. En definitiva, debido a la gravedad del tema que nos ocupa y teniendo en cuenta además el crecimiento demográfico de esta población, la prevención del suicidio debería ser un tema prioritario para las instituciones públicas de salud mental.


Factores de riesgo e indicadores para el suicidio en la vejez.

Demográficos/generales.

Sexo masculino.
Vivir solo.
No estar casado.
Estar aislado socialmente.
Viudedad reciente.
Cambio de casa reciente.


Individuales/clínicos.

Deseos expresos de hacerse daño.
Anhedonia.
Cogniciones depresivas prominentes (culpa, desesperanza, indefensión).
Poner en orden los asuntos personales.
Quejas persistentes de insomnio.
Síntomas físicos persistentes sin causa orgánica.
Pérdida de peso.
Enfermedad crónica. Enfermedad terminal con dolor no tratable.
Alcoholismo, abuso o mal uso de drogas.
Intentos previos.
Impulsividad.

 

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