LA INHIBICIÓN

Un impulso instintivo es una disposición innata que incita al individuo a conducirse de una determinada manera y hacia un objetivo prefijado. Esta conducta suscita en el sujeto reacciones emocionales según su psicología, y tales reacciones le condicionan, a su vez, para obrar en consecuencia.

Normalmente, los impulsos responden a estímulos que podemos clasificar en dos tipos: gratificantes y nocivos. Es indiscutible que los seres vivos tienden, en líneas generales, a conseguir placer (conducta apetitiva) y evitar dolor (conducta evitativa).

Las teorías conductistas nos dicen que una conducta puede modificarse introduciendo factores condicionantes, como es el caso de otros estímulos. Así, por ejemplo, podemos potenciar una conducta apetitiva mediante un incentivo que la haga parecer más atractiva (técnica de premio), o, por el contrario, frenarla e incluso anularla con un estímulo nocivo (técnica de castigo). Cuando ejercemos esta segunda técnica tiene lugar lo que llamamos inhibición.

Experimentalmente, se han podido inhibir, aplicando este método, instintos tan potentes como el de la alimentación: un experimento de laboratorio, bastante cruel por cierto, consiste en aplicarle a un animal de estudio un pequeño shock eléctrico mientras come; basta repetir las descargas unas pocas veces más para que el animalito inhiba su deseo de comer hasta el punto de morir de hambre. En este caso, un instinto apetitivo, como es el comer ante un estímulo del hambre, se inhibe ante otro, de tipo evitativo, que resulta más potente.

En la conducta humana también tienen lugar estos fenómenos de inhibición, y muchas veces se producen ante procesos tan abstractos como el afecto y las emociones. La racionalización de un acontecimiento, y, sobre todo, la repercusión emocional que tiene el mismo sobre el sujeto, pueden actuar como condicionantes, alterando en un futuro su conducta habitual.

Una gran mayoría de las veces, este condicionamiento tiene lugar en la persona sólo en el nivel del inconsciente, es decir, que el individuo no se da cuenta conscientemente de que se está produciendo. En el campo de las neurosis existen abundantes inhibiciones soterradas, que salen a la luz con bastante claridad a través de los tratamientos psicoanalíticos.

En el marco de la sociedad es muy corriente encontrar impulsos, tan potentes y ancestrales como la agresividad y sexualidad, que están profundamente inhibidos por condiciones culturales o por experiencias previas. Así, por ejemplo, en el terreno de la sexualidad, la frigidez y la impotencia psíquicas se consideran inhibiciones sexuales producidas por algún factor condicionante que inhibe el impulso natural. Este factor, a menudo, puede ser muy bien un hecho traumatizante del pasado y relacionado con el tema. Por ejemplo: sería muy lógico que una mujer que hubiera sufrido una agresión sexual, presentara posteriormente un cuadro de frigidez. El impacto traumático de la agresión condiciona la normalidad de relaciones sexuales ulteriores por inhibición de impulsos. Pero, lamentablemente, en psicología, otras muchas veces, las cosas no están tan claras y hay que rebuscar por un sinfín de recovecos de la mente hasta dar con el origen de una inhibición.

En la relación social, alteraciones tan frecuentes, como los sentimientos de inferioridad, timidez, etc., no son más que inhibiciones del impulso agresivo.

Y no sería necesaria una experiencia previa inhibitoria; a menudo, basta un pensamiento, una duda ante el posible fracaso, para que la conducta se vea frenada o anulada. En este caso, la capacidad de abstracción e imaginación del pensamiento puede tener tanta fuerza como la realidad misma.

No existen pautas fijas de condicionamiento ni inhibiciones concretas para cada impulso. Cada persona tiene las suyas y precisamente esta interacción entre impulsos e inhibiciones es la que modula y configura el carácter y temperamento individual.

 

 

 

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