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EL HOMBRE Y SU IMAGEN.

Un hombre que se amaba a sí mismo sin rival posible -¡su fealdad era tanta!-, en su mente se tenía por el más hermoso del mundo, acusando siempre a los espejos de ser falsos y viviendo muy feliz en su error profundo.

Para curar al hombre, la oficiosa Suerte dondequiera le ponía ante los ojos esos mudos consejeros de nuestras damas: espejos en las casas y en las tiendas, espejos en los bolsillos de los petimetres y en los cinturones de las mujercitas. ¿Y qué imagina nuestro Narciso? Ocúltase en los sitios más escondidos que hallar puede, sin atreverse a afrontar con ningún espejo la aventura.

Pero en lugares tan apartados, alimentado por una fuente pura, discurre un canal donde el hombre se ve, y en el momento se irrita. Piensa que sus ojos contemplan una quimera vana, y evita en cuanto puede ese agua cristalina. ¡Mas es tan bello el canal, que no lo deja sin pena!

Bien se ve a dónde me dirijo: a todos hablo: esa extrema pasión, cada cual la cultiva. Nuestra alma es ese hombre enamorado de sí mismo. Tantos espejos son los defectos ajenos, retratos fieles de los nuestros propios.
 

 

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