| |
Entrevista a Bruno
Cardeñosa, autor de El Código Secreto
-MM: El Código Secreto es tu tercer hijo*; a la tercera va la vencida. Por fin
una editorial de prestigio internacional tiene la oportunidad de hacerse con un
original tuyo. ¿Marca este libro el fin de una época en la vida de Bruno
Cardeñosa, o el inicio de una nueva etapa?
-BC: No, porque seguiré escribiendo libros sobre OVNIs y otros misterios. Pero
claro, Grijalbo y su grupo, Random House, es la segunda editorial del mundo en
habla hispana y El código secreto será, siempre que los lectores quieran, algo
así como un rampa de lanzamiento. Pero lo que más me interesa es hacer buenos
libros y escribirlos bien. Si se venden… ¡cojonudo!
* Antes, Cardeñosa había publicado 50 años de OVNIs (América Ibérica, 1997) y
Los archivos secretos del Ejercito del Aire (Bell Book, 1998).
-Bruno Cardeñosa siempre ha sido conocido, fundamentalmente, como investigador
del fenómeno OVNI. De hecho sus obras anteriores se dedican a ese tipo de
anomalías. ¿Reniegas de tu pasado como ufólogo, o este nuevo libro tiene algo
que ver con los anteriores?
-Tiene que ver en el sentido de que el enigma OVNI es tan sumamente complejo y
amplio, tan poliédrico, que detrás de los No Identificados hondea un enigma si
cabe mayor: el ser humano. Y nosotros somos en sí mismo un misterio. ¿Quiénes
somos? ¿Dónde vamos? ¿Estamos solos? Estas preguntas se las ha formulado
cualquier investigador OVNI. Yo lo hice y busqué la respuesta y en esa búsqueda
me encontré con los enigmas de la evolución humana. Pero no reniego de los
OVNIs. En absoluto. Sigo y seguiré investigando ese enigma hasta que me muera.
-Durante todo el libro reivindica la figura de Charles Darwin, frente a la
comunidad científica conservadora, que se burló y condenó sus teorías
revolucionarias. ¿No será que en el fondo todos los ufólogos (e investigadores
del misterio en general) se creen un poco darwines de una pretendida nueva
revolución científica?
Algo de eso hay. Darwin, que era muy sensato, casi prefirió morirse antes de dar
a conocer sus teorías. Tenía un enorme miedo de las consecuencias que le
traería. No tenía ese ímpetu quijotesco que sí tienen algunos ufólogos, aunque
al final se atrevió a hacerlo. Pero es que la sociedad en la que vivió era más
coercitiva y vengativa. A mí nadie me va a juzgar ni condenar por mi libro,
porque afortunadamente existe la libertad de expresión. Sin embargo, en las
semanas previas a la publicación del libro quienes no creen en la libertad de
pensamiento, y quienes se erigen en nombre de la ciencia en abanderados de una
hipotética verdad, iniciaron una horrorosa campaña en contra de mí. Han querido
censurar y prohibir mi libro.
Me han acusado de creacionista y de antidarwinista, cuando desde el comienzo del
libro señalo lo contrario: El Código Secreto defiende los preceptos de Darwin y
de la evolución. Me limito, y no es poco, a exponer una serie de anotaciones a
pie de página que ponen en duda las verdades establecidas. Pero todo cuanto digo
esta, pura y simplemente, fundamentado. Acertadas o no, la mayor parte de las
afirmaciones que hago están sustentadas por científicos y hallazgos. Aunque al
contradecir lo establecido han sido ignorados y menospreciados. Yo les doy voz.
-Sugiere que todas las razas que actualmente habitan la tierra provienen de una
misma especie de homínidos (pág. 73). ¿Cómo encajarán esta pretensión todas las
corrientes xenófobas y racialistas, que proclaman las diferencias radicales
entre razas, incluso a nivel genético?
Científicamente no existen diferencias entre las razas. Es más: no existen más
razas que la humana. Que uno u otros tengamos un color de piel diferente tiene
una razón de ser, fundamentada sobre todo en cuestiones ambientales y
alimenticias. Desnudos de piel nadie podría distinguir a que raza pertenece una
persona. Todos somos hijos de una misma línea homínida que se inauguró a raíz de
la mutación en un nucleótido que sufrió una mujer africana hace 150.000 años.
Las razas llegaron muchos milenios después. Sólo los mal nacidos pueden
sustentarse en argumentos científicos para apoyar el racismo.
-Existen algunas preguntas elementales que probablemente todos nos hemos hecho
alguna vez, y a las que aludes en El Código Secreto (pág. 85). Si el hombre y el
mono tienen un origen común, ¿porque el primero evolucionó hasta nosotros y el
segundo detuvo su evolución? ¿Existe algún otro factor de influencia en nuestro
desarrollo, que no sea la mera evolución biológica de las especies?
Ojalá supiéramos la respuesta. Los chimpancés y los humanos compartimos del
orden del 98,4 por ciento de nuestros genes. No más de 50 genes. Y sin embargo,
las diferencias saltan a la vista, aunque no en todos los casos… Pero esa es
otra historia. A lo que iba… La evolución no superdota a ninguna especie. Y
nosotros somos la excepción, la única excepción. Es como si hubiera algo más que
nos hace diferentes… Eso es el código secreto, un algo que todavía no hemos
localizado, a nivel genético o a no sé qué nivel, que nos ha convertido en unos
inadaptados de la evolución.
-El libro es muy audaz, pero algunos capítulos lo son especialmente. En el
segundo afronta clásicos de la astroarqueología, como las piedras de Ica, las
figuras de Acámbaro, los cráneos prehistóricos tiroteados, las suelas de zapatos
en fósiles contemporáneos de los saurios... ¿Es posible integrar esos enigmas
parahistóricos en lo que pretende ser una obra de divulgación científica?
Nunca he pretendido hacer una obra de divulgación científica, al menos en el
sentido estricto del término. Al fin y al cabo soy periodista, y lo que he
buscado en El Código Secreto es reunir todas aquellas piezas, la admitidas y las
que no lo son (siempre que las heterodoxas estén fundamentadas), para observar
el problema en su conjunto. Y luego he reflexionado, porque aunque sea
periodista tengo cabeza sobre los hombros. Y lo que he descubierto es que si
determinadas piezas son ignoradas es porque escapan a los preceptos científicos
establecidos. Eso no es razón para condenarlas a la hoguera. Hay que buscar
modelos que integren ambos conjuntos, porque las diferencias las han creados los
hombres; los hechos invitan a pensar que en la historia del ser humano hay
muchas más cosas de las que nos han contado.
-Menciona a algunos científicos como Ernst Haeckel que buscaron en continentes
míticos, como Lemúria, el mítico eslabón perdido (Pág. 125), pero cita sólo de
pasada esas míticas civilizaciones como Mu, Lemuria o La Atántida. ¿Significa
eso que no tienen lugar en tu reconstrucción de la historia de la humanidad?
El problema lo veo así: existen eslabones perdidos, espacios en blanco en
nuestra evolución. Pero determinadas informaciones, hallazgos y descubrimientos
vienen a llenar esos huecos. Al menos algunos. No puedo negar que el primer
bípedo, o el primer homínido del género homo, quizá habitó en una tierra que hoy
ya no existe y por eso sigue sin encontrarse. Pero si esa tierra desapareció y
aún no tenemos más que pistas de ella, ¿cómo vamos a saber cómo eran los hombres
que las habitaban? Me he limitado a lo que conocemos. A partir de ahí se abren
una serie de opciones, pero he tratado de enmarcarlas dentro de lo conocido, lo
que no quiere decir "lo comprendido".
-En varios capítulos del libro, y en sorprendente epílogo que lo concluye como
un teletipo de última hora que ratifica lo adelantado en el manuscrito original-
alabas reiteradamente el clan Leakey. ¿Por qué? ¿Por su valor para renunciar a
la universidad? ¿Por su autosuficiencia? ¿Por su valor para rescribir el pasado?
¿Cree que esas deberían ser las cualidades exigibles a los verdaderos
científicos?
Insisto en que no soy científico. Pero en el libro hay mucha reflexión y
observación atenta. Por ello me atrevo a sopesar algunas hipótesis. Para mí un
científico es aquel que busca, se formula preguntas, que investiga, que no
renuncia a ninguna hipótesis y que siempre está abierto a desmarcarse de las
corrientes oficiales si las sospechas apuntan a ello. Un buen científico debe
ser rebelde y no sumiso. Un científico que afirma "esto es así, porque la
ciencia dice que es así" puede tener mil títulos y estar doctorado en mil
universidades, pero está faltando al primer dogma: todo debe ser investigado y
no existen verdades que no puedan ser revisadas.
-Por cierto, no tienes mucho pudor en atacar una y otra vez el inmovilismo, el
tradicionalismo, la cobardía y la inercia de la que denomina ciencia oficial.
¿Existe otra forma de ciencia?
Sí, por desgracia. Critico el hecho de que alguien que propone una visión
diferente sea menospreciado por ello. Le pasó a Miguel Servet, a Galileo, al
mismo Darwin… Hoy por hoy hay unas verdades institucionalizadas y si alguien osa
en contradecirlas saldrá del circuito de ciencia oficial. Y nadie, ni siquiera
la ciencia puede imponer verdades. ¡Cómo no me voy a rebelar contra eso!
-Una de las muchas revelaciones excitantes de tu revisión histórica es la
relativa a las inconcebibles trepanaciones y operaciones quirúrgicas en el
pasado remoto (pag. 195). ¿Sugiere que la cirugía es una ciencia muy anterior a
Hipócrates?
Lo afirmo. Si se han descubierto huesos con marcas de operaciones quirúrgicas
hace 10.000 años o más no hay otra lectura que suponer que entonces ya se
efectuaban.
-En el capítulo 4 nos presentas a Eva, nuestra madre (mitocondrial) universal,
de origen africano. Sin embargo inviertes muchas páginas en enunciar las
evidencias de otras evas (Lara, Ursula, etc), y fósiles de antropoides,
diferentes a los africanos, en Asia, América, Europa... ¿Significa eso que en
realidad no todas las razas humanas actuales provienen de esa Eva africana?
Con toda seguridad. Aquella mujer, por lo que se sabe, pertenecía a un núcleo
poblacional muy limitado. Y sus descendientes, cargados con su nuevo ADN, para
entendernos, acabaron emigrando. Y gracias a la genética sabemos que no fueron
migraciones gigantescas, sino muy limitadas, y que en quienes las efectuaron se
produjeron nuevas mutaciones cuyo rastro podemos seguir.
-Hasta la página 257 del libro te muestras muy cauto a la hora de relacionar las
anomalías lógicas que plantea en la línea evolutiva del hombre, pero a partir de
ahí, y durante casi el resto del capítulo, planteas que algunas pinturas
rupestres, como Tassili, Kondoa, etc, podrían plasmar la intervención de seres
no terrestres en nuestra evolución. ¿Es correcto? ¿O por el contrario esas
pinturas estarían más relacionadas con viajes al fondo de la mente, que con
viajes espaciales?
Quizá ambas cosas no son tan diferentes. Si existen seres de otros mundos, entre
nosotros y ellos no se interponen millones de años luz, sino sólo nuestra mente.
Para las pinturas rupestres quizá no sólo hay una explicación. Son enciclopedias
de las vivencias y conocimientos de los hombres de entonces. Y, como nuestras
enciclopedias, no marcaban hechos normales sino ideas, eventos y acontecimientos
relevantes para aquellos hombres. Pero es que lo que dicen los libros de texto
es que las pinturas rupestres representaban los animales que iba a cazar al día
siguiente aquellos hombres… ¡Qué va! Muchos de los animales que aparecen en esas
pinturas jamás los vieron sus autores porque no existían en aquellos lugares.
Por tanto, obtenían la información de otra forma.
-Al final, cual es la conclusión al debate: ¿Orce (Pág. 287) o Atapuerca (Pág.
163)?
Ambos. Pero me irrita mucho que los descubrimientos de Orce estén defenestrados
por el mero hecho de que quienes están detrás de estas excavaciones no lo están
en el circuito mediático. En Atapuerca se ha descubierto algo excepcional,
incluso según algunos investigadores más excepcional de lo que los mismos
descubridores dicen, pero quienes llevan esas excavaciones han tenido una visión
comercial y publicitaria de sus hallazgos muy estudiada. Son arqueólogos con una
gran dosis de influjo mediático. Ocurre lo contrario en Orce, pero ¿acaso esa es
razón para decir que lo de Orce no sirve? Son tan científicas unas excavaciones
como otras… Y por las pruebas presentadas por ambos equipos, desde mi punto de
vista, el hombre de Orce es anterior al de Atapuerca.
-Uno de los momentos álgidos de este viaje por la historia de la raza humana, es
el capítulo dedicado al Hombre de Neandertal (Pág. 313), donde dibujas a esos
hombres-bestia como criaturas capaces de componer música, realizar operaciones
de cirugía cardiaca, y hasta poseedores de una elaborada forma de religión. ¿Es
esto posible?
Eso está demostrado. Lo que ocurre es que sorprende, y es contradictorio, el
hecho de que unos hombres que en muchas cosas eran superiores a nosotros, pues
ambas humanidades convivimos, se extinguieran. Aunque este extremo no están tan
claro…
-Rizando el rizo, te atreves a afirmar dedicando muchas páginas a justificarlo-
que seres míticos, como el yeti o el bigfoot, por no hablar de personajes como
el marroquí Azzo (Pág. 335) eran especimenes contemporáneos de hombres de
Neandertal. ¿En que te basas?
En algo fundamental: está demostrado, sino al 100 por 100, casi. A veces
tendemos a infravalorar el valor de determinadas pruebas que los heterodoxos
recogemos. Además, el tema del yeti y otras criaturas similares ha sido tan
profusamente estudiado que no alberga duda: existen sin el menor género de
dudas, y casi todos los científicos que los han estudiado están convencidos de
que son fósiles vivientes, supervivientes de los homínidos que un día fuimos.
-Escribes en la página 385: Según una prospección efectuada por Robert Clarke,
del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia, nuestro aspecto,
en un futuro lejano, será similar al de los alienígenas prototípicos de
Hollywood. ¿Sugieres que la evolución no ha terminado? ¿O acaso que los
extraterrestres son nuestros propios herederos en la evolución?
Son tendencias que ha marcado el ser humano, con su comportamiento, con sus
necesidades y con sus hábitos. Es selección natural y evolución. Por todo ello,
en el futuro tendremos otro aspecto, bien por tendencia evolutiva o bien por
manipulación genética. Y acabaremos pareciéndonos a los humanoides.
-Por fin, en el epílogo, un elocuente golpe de efecto para cerrar la obra
volviendo al principio de la misma, enuncias 17 conclusiones. Tal vez las más
importantes, que adelantas en otros capítulos (Somos el propósito-ignoro si
definitivo o no- de la evolución, y no un accidente... -Pág. 253-.), sean la
intencionalidad de la evolución, y que, en tu opinión existieron varias
evoluciones de las especies paralelas, aunque solo una de ellas era depositaria
del código secreto que dio como resultado nuestra especie. ¿Por qué esa y no
otra? ¿Y quien o qué ideo ese código secreto para la supremacía de una línea
evolutiva?
A menudo los árboles evolutivos que todos hemos visto parten de un tronco y de
éste salen ramas. Todas, menos una, se podaron, y en esa estamos los Homo
sapiens. Pues bien, yo creo que ese árbol, probablemente, debería dibujarse al
revés. El mejor ejemplo lo tenemos en el último episodio de la evolución de los
homínidos, cuando estaban los neandertales junto nosotros… Éramos las dos
últimas ramas de ese árbol. Triunfamos y ellos se extinguieron. Bien es cierto
que creo que algo de los neandertales si heredamos, pero ¿por qué nos impusimos
a ellos? Alguien decía que los Homo sapiens parecían tener una prodigiosa fuerza
de transmisión genética. ¿Nos la dio alguien? ¿O acaso la teníamos y un día se
activó el interruptor que puso en marcha nuestro poderío?
-Para terminar. Entre la conclusión del manuscrito original, compuesto de 9
capítulos, y la redacción del epílogo que concluye el libro, transcurrieron algo
más de dos meses. En ese tiempo nuevas noticias y descubrimientos arqueológicos,
que destaca en sus conclusiones, removieron los pilares de la paleoantropologia.
¿Es capaz de predecir que nuevos descubrimientos llegarán en los próximos meses,
que incluso podrían alterar su propia teoría sobre la evolución de las
especies... humanas...?
No le pongamos fechas… En los próximos años, quizá en una década, se encuentren
homínidos en Europa de más de dos millones de años… Bueno, matizo: ya se han
encontrado y en el libro doy las pruebas. Lo que ocurrirá es que esos restos se
rescatarán de la heterodoxia u otros nuevos vendrán a confirmarlo. Pero si esto
ocurre, la historia escrita quedará coja, porque los primeros homínidos que
salieron de África lo hicieron hace dos millones de años. Algo que quizá también
ocurra, y en un plazo de tiempo menor, es que se descubrirán homínidos más
antiguos de los hasta ahora hallados. El límite está puesto en casi 6 millones
de años. Pronto hablaremos de 7 u 8. Pero ¡ojo! La evolución como teoría no
variará; es válida en su conjunto para casi todas las especies animales, pero en
el caso de los hombres, en algunos aspectos, no encaja.
Entrevista realizada por Mundo Misterioso
|
|