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La posición de testigo

Cuando uno ya ha adquirido un conocimiento suficiente de los mecanismos del ser humano, si quiere dominarlos, ha de empezar por estar atento de sí mismo desde una actitud que se llama: posición de testigo. De un modo u otro, en todas las tradiciones espirituales se recomienda esta práctica desde el principio. Eso requiere que uno sea bastante abierto, que sea sincero consigo mismo, y que tenga la valentía necesaria para reconocer sus propios mecanismos y para ver la verdad. Además, es muy importante que haga la observación con una atención absoluta de todo el campo de la consciencia, en silencio, sin juzgar, con mucho amor. Uno no es atento para evaluarse, no hace sobre sí mismo ningún juicio «moral»; se observa para ver, simplemente, sin motivo alguno. Estamos tan acostumbrados a intentar ser «correctos» (para ser amados) que tenemos mucho miedo a mirarnos de frente.

Algunas enseñanzas han desnaturalizado a veces esta posición de testigo, al decir que hay que ser de determinada manera y que no está bien no ser así. En ese contexto, ¿cómo va uno a atreverse a decirse a sí mismo la verdad?

La posición de testigo supone un gran respeto y mucha compasión por uno mismo y por la verdad de lo que es. Si cuando uno se observa descubre, por ejemplo, que está aprisionado en una estructura de la personalidad maso, es muy importante que no se juzgue; al contrario, debe alegrarse de haber descubierto uno de sus mecanismos, y poner manos a la obra para deshacerse de él.

Ver nuestros mecanismos significa que estamos ya en el camino de la liberación, la mitad del trabajo está ya hecho. Tiene uno que ser atento con amor, con comprensión y con buen humor. Todo lo que hemos visto sobre las estructuras del carácter y lo relativo a la historia de la consciencia de la humanidad puede ayudarnos a tomar esa posición de testigo totalmente exenta de juicio. Nos ayuda a comprender, en efecto, que si no hemos alcanzado todavía la perfección, no es porque seamos malos o estúpidos; es, simplemente, porque estamos en un proceso de evolución normal, en el que todavía queda mucho sufrimiento que sanar.

 

 

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