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Otras nueve dinámicas del ego que mantienen a las personas desgraciadas, impotentes y manipulables

Antes de presentar esas características de forma detallada, señalemos algunos aspectos fundamentales que son comunes a los diversos mecanismos del ego. Son los siguientes:

1) Mantienen al ser humano prisionero del ciclo de insatisfacción.

2) Se haga lo que se haga para alcanzar la felicidad, nunca es bastante.

3) Entrañan comportamientos automáticos, la mayor parte del tiempo inapropiados, producen poca felicidad y causan muchos sufrimientos tanto a la propia persona como a su entorno.

4) Mantienen al ser humano en una dinámica que lo hace fácilmente manipulable.

5) Lo hacen dependiente de las circunstancias y de los demás, y le quitan así su libertad.


1. MIEDO E INSEGURIDAD

El miedo es uno de los principales mecanismos del ego que sin duda todos conocemos. Subyace en muchos aspectos de la personalidad que describiremos en este espacio. Puede impulsarnos a actuar o, por el contrario, paralizar nuestras acciones de manera inapropiada. Siempre presente bajo una forma u otra o en estado latente, envenena nuestra vida, limita nuestra percepción de la realidad, nos separa de los demás y nos empuja a tomar decisiones ineficaces o perjudiciales para nosotros mismos o para los que nos rodean. Las diversas enseñanzas espirituales y morales nos exhortan a transformar el miedo en amor. Ya quisiéramos, pero ¿cómo? Con frecuencia, a pesar de nuestra buena voluntad, el miedo es más fuerte de lo que desearíamos y nos domina; o, peor, no somos conscientes de tener miedo. Condiciona todas nuestras actividades, tanto más cuanto que no sabemos reconocerlo. Es una emoción que forma parte de nuestro condicionamiento colectivo.


El origen del mecanismo

Durante todo el tiempo en que estuvo construyéndose la personalidad, sin contacto directo con el Ser, la mente inferior fue dotada de un mecanismo primario de protección que aseguraba su supervivencia: el miedo forma parte integrante de ese mecanismo. Mientras la consciencia se identifique con el ego, el miedo será inherente al comportamiento humano, porque sólo el contacto con el Ser puede proporcionarle una verdadera seguridad. Entretanto, actuará el viejo mecanismo. Es un automatismo y, como tal, no requiere consciencia.

Es cierto que, durante la etapa de construcción del ego, el miedo servía de protección. Y después de su transformación total, todavía nos quedará algo de miedo, pero el mecanismo actuará entonces de modo apropiado a cada situación, y no se excederá en sus funciones como hace cuando nuestra vida está gobernada por el ego. Si la personalidad está dirigida por el Ser, su inteligencia le proporciona una seguridad perfecta, como veremos más adelante, muy superior a la limitada seguridad que proporciona el mecanismo. Pero mientras el ser humano se identifique con su ego, estará aprisionado necesariamente por el miedo.


La proyección del miedo, fuente de inseguridad

Ese miedo subyacente, que condiciona la vida cotidiana de cada uno de nosotros, debe exteriorizarse de un modo u otro; por eso lo proyectamos sobre cualquier cosa. Algunas personas tienen miedo a perder (las relaciones, los bienes materiales, la posición social, su buena imagen, la aprobación y el amor de los demás, etc.), otras tienen miedo a carecer; algunas temen la soledad; otras, por el contrario, temen estar con gente; miedo a vivir, miedo a morir, a hacer el ridículo; miedo a no ser amado, a no ser reconocido, miedo de sí mismo y de los demás; miedo al fracaso, al éxito; miedo a emocionarse demasiado, o a no sentir nada; miedo a dejarse engañar (el gran miedo del ego que sabotea todo poder de manifestación, de creación y de cooperación), miedo a tener miedo..., toda clase de miedos que nos causan permanentes estados de inseguridad, estrés y desconfianza. Cualquier cosa puede ser utilizada por el ego para justificar su experiencia básica de miedo e inseguridad, que no procede realmente de las circunstancias externas, sino de su propia constitución. Por lo tanto, mientras la consciencia se identifique con él, siempre encontrará razones para tener estrés e inseguridad.


Mientras la consciencia del ser humano
se identifique con el ego, la inseguridad
y el miedo permanentes serán su patrimonio.

 

Tratamos de contrarrestar la ilusa sensación interna de peligro permanente buscando seguridad en el exterior: dinero, posesiones materiales o afectivas, condiciones de trabajo, circunstancias especiales... (puntos 1 y 2 del ciclo de insatisfacción). Es una ilusión persistente, tenaz. Aun siendo conscientes de ella, siempre hay una pequeña parte de nosotros que nos dice: «Sí, pero yo, si tuviera quinientos millones en el banco, me sentiría seguro»; o bien: «Si tuviera el compañero ideal, o tal trabajo, o si se reconociera mi talento, me sentiría bien...». Pero no es cierto, porque, se obtenga lo que se obtenga, el ego volverá de inmediato a la carga y encontrará nuevas y buenas razones para aportar su lote de angustia. No nos damos cuenta de que el ego proyecta sobre las circunstancias de nuestra vida, cualesquiera que sean, su propia realidad: el miedo. El sentimiento de miedo inherente al ego nos mantiene en la ilusión de que las circunstancias externas podrían aportarnos seguridad.

No obstante, esa ilusión no impide que suframos, ni significa que nuestro sufrimiento sea ilusorio. La angustia y el estrés subsiguientes, conscientes o latentes, son reales. Sólo hay una forma de salir de esa dinámica, y es liberándose de la influencia del ego; cambiando las circunstancias externas no, desde luego. En nuestro mundo occidental, relativamente privilegiado, muchas personas no son conscientes de sus miedos; pero hay en ellos un estrés subyacente que está presto a emerger a la menor ocasión. Por ejemplo, si la radio anunciara que dentro de un par de días todas las tiendas de alimentación iban a quedarse sin provisiones, muchísimas personas amables, tranquilas y respetables se conducirían de pronto como animales rabiosos...


El miedo arruina las relaciones

El miedo destruye toda posibilidad de relación rica y abierta con el otro, e impide el apoyo e intercambio verdaderos. Porque, o bien la situación anímica es de desconfianza, de defensa y de protección (los demás son un peligro), o bien es de dependencia afectiva (perder al otro hace sufrir). Por una razón u otra, las relaciones son una fuente constante de estrés y de inseguridad.


El miedo y la inseguridad hacen a los seres humanos manipulantes:

En nuestra sociedad resulta fácil utilizar el miedo para manipular a la gente. Los medios de comunicación y los poderes públicos no se privan de hacerlo: hacen creer a los individuos que son impotentes, que deben desconfiar y que, por lo tanto, tienen que depositar su poder en manos de autoridades externas. El miedo es un excelente medio de manipulación que utiliza todo el que quiere adquirir poder sobre los demás, y lo consigue con facilidad si estos últimos están atrapados en sus mecanismos inconscientes. Nuestra sociedad de consumo también manipula vendiendo todo tipo de seguridades.

Puede resultar interesante que le hagamos a nuestro ego la siguiente pregunta, con toda honradez: «¿Qué es lo que haría que me sintiera en la vida realmente seguro?». La respuesta puede mostrarnos hasta dónde estamos atrapados por la ilusión...


2. SEPARATIVIDAD

Otra característica del funcionamiento del ego no transformado es la experiencia de separatividad. Nos sentimos aparte, separados, ajenos, superiores o inferiores; en una palabra, distintos de los demás. No sentimos ningún vínculo ni afinidad con las personas que «no conocemos», es decir, que no forman parte de nuestro pasado. Mantenemos las distancias y, sobre todo, no queremos aproximarnos. Si hay que hacerlo, es con mucha desconfianza y miedo, consciente o inconsciente. Esa actitud genera una gran soledad interior y, en consecuencia, mucho sufrimiento, pues el ser humano está hecho para entrar en relación.

La sensación de separatividad es, por una parte, consecuencia del mecanismo del miedo (cualquier persona es considerada, en principio, como un enemigo potencial) y, por otra parte, un residuo de la propia dinámica del proceso de involución –más adelante volveremos a hablar sobre este proceso. Para definirse, el ego debía sentirse diferente y construir así una ilusión de separación. En función de ese mecanismo, sólo se siente a gusto con los demás si éstos son exactamente como él: si piensan, sienten, viven, etc., como él. Todo lo demás es «extraño» y, por consiguiente, debe evitarse, al menos en principio. Hay que dominarlo, o incluso destruirlo. Es el mecanismo que se encuentra en el origen de todo fanatismo: una falsa unidad basada en la separación. Fue un mecanismo necesario durante el proceso de involución. Pero ahora estamos empezando a invertir el proceso; aunque, mientras no nos liberemos del mecanismo en el que nos tiene aprisionados el ego, seguiremos sufriendo sus secuelas.


La ilusión de la separación hace a los seres humanos manipulables:

Impidiendo al ser humano entrar en relación con los demás, cooperando abierta y sanamente, dando y recibiendo apoyo, ese mecanismo deja al individuo muy solo, entregado a sus propias fuerzas y, por lo tanto, muy vulnerable. Los poderes públicos son también muy hábiles a la hora de utilizar esa dinámica, haciendo que la gente desconfíe, que desconfíen unos de otros; así la masa se debilita, y los que tienen capacidad de decisión recuperan todo el poder. Otro medio utilizado es el de crear ideales fanáticos que separen a unos grupos de otros, lo que permite manipular a los seres humanos a partir de la separatividad. Recordemos la célebre cita de Maquiavelo: «Divide y vencerás»...

 

 

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