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La experiencia del Ser es inefable

Tendremos que tomar algunas precauciones cuando describamos la manifestación del Ser por medio de palabras, pues las palabras proceden de la mente y están cargadas de un significado definido durante siglos por la consciencia inferior. La realidad del Ser está por encima de la mente ordinaria, y hay que estar alerta para que el ego no utilice la información que se va a dar elaborando con ella otro sistema de creencias, u otra filosofía vacía. Al intentar expresar en palabras la experiencia del Ser, nos encontramos a menudo ante un estado de cosas que parece paradójico. Pero, intuitivamente, lo comprendemos muy bien. Sólo hay paradoja porque la consciencia racional ordinaria, con sus mecanismos habituales, no es capaz de comprender una realidad superior.

Cuando la paradoja ha sido asimilada, permite pasar de la mente inferior a la mente superior porque la pone en un estado de “perplejidad inesperada” que abre un boquete hacia una percepción más amplia de la realidad. Los maestros zen utilizan esa dinámica de la paradoja (a través de los Koan, enigmas aparentemente paradójicos) para que sus discípulos “salgan de su cabeza” y pasen a la mente superior. Un ejemplo clásico es éste: «¿Qué ruido hace una mano que aplaude?». Al racional lo pilla desprevenido, se pone tenso, y el Ser se ríe porque conoce la respuesta...

La experiencia interior del Ser no se puede describir, se percibe directa e intuitivamente; siendo nueva en cada instante, se vive en un estado de consciencia despierta, de inteligencia superior —para expresar directamente la realidad del Ser, sin necesidad de nombrarlo, los seres humanos utilizan el arte, entre otras cosas, en su expresión más pura. La comprensión de los mecanismos del alma no es la experiencia del contacto con el alma, pero abre las puertas a esa experiencia que está por encima de toda descripción, y puede impulsar a buscarla.

Para comprender el espíritu debemos observar cómo funciona globalmente nuestro propio espíritu. Cuando uno conoce todos su mecanismos —su modo de razonar, sus deseos, sus motivaciones, sus ambiciones, sus centros de interés, su envidia, su avidez, su miedo— entonces el espíritu puede ir más allá de sí mismo; y cuando se trasciende a sí mismo es cuando descubre algo nuevo. La calidad de esa novedad suscita en el ser una formidable pasión, un extraordinario entusiasmo que provoca una profunda revolución interior. Y sólo esa revolución interior puede transformar el mundo, lo que ningún sistema político, económico o revolución exterior pueden hacer.

Un contacto con el alma bien establecido entraña de modo natural nuevas actitudes y comportamientos en la vida cotidiana. Eso sí puede describirse, y nos hace confiar con inteligente certeza en las posibilidades de felicidad y de libertad que existen en el interior del ser humano.

 

 

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