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Experiencias de la vida presente que favorecen la re-creación de la estructura rígida

El bebé es muy sensible emocionalmente. Acaba de llegar de los mundos superiores donde ha estado en contacto con la sensibilidad de su alma. Está abierto, y su sistema emocional es muy receptivo. Todavía no ha tenido tiempo de construir, o de reconstruir, un sistema de defensa concreto hasta el día en que una circunstancia reactive sus memorias. Como ocurre en las demás estructuras, no es preciso la vivencia sea un hecho dramático.

En el caso de Jean, del que hemos hablado en el espacio anterior, la estructura rígida se había actualizado por diversas circunstancias de la infancia. Una, en particular, aclara su reacción ante la presencia del gatito en casa.

Durante los primeros años de su vida, Jean vivía con sus padres en una casa situada fuera de la ciudad. Había crecido en compañía de un gran perro, Amadeus, que sus padres habían acogido a la muerte de su abuela. No era un perro joven, pero se había hecho muy amigo de Jean. Disfrutaba mucho jugando con él, y le encantaba dormirse rodeando con sus bracitos el suave cuello de Amadeus.

Cuando Jean tenía apenas siete años, sus padres se trasladaron a vivir a la ciudad. Encontraron un apartamento muy bonito en un edificio nuevo, justo lo que estaban buscando. Sólo había un problema, y era que en aquel edificio estaba prohibido tener animales domésticos. No importaba, el perro era ya viejo, y empezaba a estar enfermo; se desharían de él. No le dirían nada a Jean, para que no hiciera de ello un drama. Unos días antes de la mudanza, mientras estaba en el colegio, sus padres llevaron el perro a la sociedad protectora de animales. Y al llegar a casa, cuando Jean lo buscó, le explicaron la situación. Cuando comprendió que no volvería a ver a su gran amigo nunca más, fue como si le hundieran una piedra en el pecho. Era tan grande su pena que se le heló el corazón para no sufrir...

He aquí otro ejemplo de las condiciones que facilitan la recreación de la estructura rígida:

Ted y Josette conviven desde hace cinco años. Tienen dos niños pequeños, Sylvain, de tres años, y Víctor, de dieciocho meses. Su relación es cada vez más difícil y, por fin, Josette decide abandonar el domicilio familiar para irse a vivir con otro amigo. Se lleva al pequeño Víctor. Ted cuidará de Sylvain.

Una semana después de la separación, Ted va a llevarle a Josette algunos efectos personales. Cuando llega a la casa, le pregunta a Sylvain si quiere entrar. Dice que sí. Josette está muy tensa, pues su nueva relación empieza ya a ser muy difícil. Mientras Ted y Josette intentan ponerse de acuerdo respecto a ciertas cuestiones materiales, Sylvain juega con su hermanito. Cuando llega el momento de marcharse, Ted llama a su hijo: «Vamos, Sylvain, vamonos a casa». Sylvain dice: «Me gustaría quedarme aquí esta noche». Sylvain mira a su madre para saber si está de acuerdo. La respuesta llega de inmediato con mucha sequedad: «¡Ni hablar!» (se sobrentiende: «¡No me faltaba más que eso!»). Sylvain no dice nada. Recibe el rechazo como un latigazo en el rostro, cargado con toda la energía de impaciencia de su madre que, en realidad, no va contra él. Pero eso él no lo puede saber. Le hace mucho daño. Su padre lo coge de la mano, y se van.

Unos meses más tarde, hablando en el coche, Ted le pregunta a Sylvain: «¿Tienes alguna amiguita?». «Tengo tres.» «¿Tres?»

Y Sylvain responde: «Sí, porque así, si una se va, todavía me quedarán dos».

Sylvain podría haber reaccionado de un modo más emocional, reactivando más bien el abandono. Pero reaccionó bloqueando el sufrimiento, seguramente porque el rechazo de su madre lo hizo entrar en resonancia con una experiencia dolorosa procedente de un pasado lejano. Se activó el sistema de defensa basado en el control y en el cálculo, para «protegerlo» de sufrimientos posteriores de ese mismo tipo.

Con el tiempo, Sylvain se hizo abogado. En la actualidad es un hombre guapo, intelectualmente brillante, con mucho éxito en su profesión. Sigue soltero, porque considera que las relaciones afectivas son un estorbo. Tiene varias amantes, con las que tiene relaciones físicas de vez en cuando. Hasta el día en que la fuerza de su alma lo empuje a abrir un poco su corazón y se atreva a enfrentarse al sufrimiento no asimilado que data de su infancia (y probablemente de más lejos...).

Es fácil imaginar la multitud de escenarios que pueden reactivar ese tipo de memorias y reconstruir un bloqueo emocional análogo al que uno ya llevaba primero. Pueden ser situaciones violentas que la persona ha vivido en su vida presente, que las ha sufrido ella misma o de las que ha sido testigo (los acontecimientos violentos que suceden todos los días en tantas partes de esta bella Tierra bloquean el corazón de muchos niños, y de muchos padres...), o situaciones dolorosas en el seno de la familia: el padre que pega a la madre o a los hijos, abusos sexuales, etc. Pero a veces bastan situaciones menos espectaculares, como la muerte de una abuela a la que se quería mucho, la separación del padre o de la madre debida a un largo viaje, un divorcio (como en la historia de Sylvain), la muerte de un hermano o de una hermana al que se estaba muy unido, o una situación en apariencia tan intrascendente como la historia del perro de Jean. Como hemos visto antes, si la memoria emocional está muy cargada, cualquier circunstancia en apariencia banal puede reactivarla con facilidad.

 

 

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