La Página de la Vida / www.proyectopv.org Página Principal

   Recibe tu Boletín            Vídeos             Libros, presentaciones, posts...

 
   
 
 
 
 
Búsqueda personalizada
 
 

 

 

 

Experiencias de la vida presente que favorecen la re-creación de la estructura psicópata

Cuando el Ser decide trabajar la personalidad en función de este tipo de memorias, normalmente elige una dinámica familiar en la que se den unas condiciones de infancia que las reactiven. A menudo el niño es el preferido de uno de sus padres, o de los dos. Es el ojito derecho de su papá, o de su mamá; suele funcionar mejor si es el del sexo opuesto, aunque no es indispensable.

Será hijo único, o el mayor, o el pequeño, o el más inteligente. Lo que significa que, desde el principio, ocupa ya un lugar importante, con lo que el orgullo empieza a arraigar en él desde el primer momento de su nueva vida.

¿Qué ocurre entonces? El niño es amado de forma excesiva por el padre o la madre que, en general, proyecta sobre él o ella una imagen ideal como compensación a sus propias insatisfacciones emocionales inconscientes. Es el niño adulado, contemplado, mimado, protegido en exceso. Se le da lo mejor de lo mejor, incluso en detrimento del propio padre o madre. Se convierte en el centro de interés de la familia. Es importante (y él lo percibe). De hecho, el padre o la madre, a menudo con las mejores intenciones, al mismo tiempo que ama al niño lo asfixia con sus propios mecanismos inconscientes. Pero el niño percibe de forma instintiva las expectativas inconscientes que se ponen en él, y reaccionará en consecuencia.

Y así, desde muy pequeño, el niño tiene una falsa experiencia del amor. Una distorsión que sentará la base de todo un conjunto de comportamientos específicos. Una de las características fundamentales de la estructura es utilizar la energía del amor con fines puramente egoístas.

El niño se da cuenta instintivamente de que, para conservar el lugar privilegiado de preferido del padre o de la madre, es decir, un lugar de poder, tiene que complacerle y satisfacer sus expectativas. Aprende así, muy pronto, la dinámica de la seducción. Si se conforma a lo que su papá, su mamá, o los adultos en general (son ellos los que tienen el poder de momento y el inconsciente generaliza siempre) esperan de él, si los complace, sabe que, en compensación, consolidará su lugar de favorito y, por lo tanto, de poder. Para obtener aprobación y amor, hace cosas extraordinarias: aprende a seducir, a manipular y a dar una imagen de sí mismo que no es la real. Ser él mismo no es suficiente. Es incluso peligroso, porque podría ser imperfecto, y, por lo tanto, decepcionar y perder el amor y el afecto que le prodigan. Y entonces perdería la influencia que tiene sobre los demás. De modo que aprende a comportarse en función de los demás para tener la seguridad de ser amado, de que es «perfecto» y, si es posible, el más guapo y el mejor.

Así es como, muy pronto, el niño pierde el contacto consigo mismo. Ya no sabe exactamente quién es él, y pierde confianza en sí mismo. Al principio sabe que está representando determinados papeles; pero, con los años, se va identificando cada vez más con los papeles que representa para seducir y manipular. Está atrapado en el mecanismo.

Otra dinámica que tiende a generar el mismo tipo de comportamiento es aquella en la que el niño no ocupa un lugar especial en la familia pero ha de competir, por una razón u otra, con alguno de sus hermanos; puede que éste ocupe un lugar que el niño envidia. Por ejemplo, si el mayor es el preferido y el más brillante, el otro observará la dinámica y envidiará su posición, sobre todo si arrastra memorias kármicas de poder. Tiene siempre ante sí la prueba de que, para ser amado, hay que ser especial. Y, según unos principios bien conocidos en psicología, intentará imitar el comportamiento del hermano o hermana que quisiera ser, y pasará su vida demostrando que también él es el mejor.

Hemos observado que también se construyen estructuras psicópatas en entornos familiares opuestos al que acabamos de describir; por ejemplo, cuando no se ama a la persona y se la denigra y humilla (de forma directa o indirecta, mediante violencia física o verbal). El niño siente entonces profundamente herida su identidad. Si lleva consigo memorias de poder, a la estructura maso, que se construye por el aplastamiento, se añade un aspecto psicópata que exige ser reconocido y apreciado. Hará cualquier cosa para obtener un poco de aprobación. En ese caso, se une la arrogancia del psicópata a la agresividad y la cólera del maso, y tendremos una estructura muy fuerte, brillante, atractiva y, al mismo tiempo, muy destructiva, dispuesta a atacar en cuanto sean reactivadas las estructuras.

 

La traición

La traición completa la reactivación de las memorias profundas; no es imprescindible, pero las refuerza. Las condiciones reales o aparentes en las que el niño se siente traicionado son muy diversas; pero, según lo que hemos observado, generalmente tienen lugar a medida que el niño va creciendo. Al ir adquiriendo autonomía, el papá o la mamá empiezan a desinteresarse un poco de su chiquitín, que está muy cambiado, en particular cuando llega a la adolescencia. El adolescente parece casi un adulto y el padre o la madre sienten cierta desazón en su presencia. Otra condición clásica es cuando llega un nuevo hijo a la familia y el precedente pierde su posición privilegiada. El padre y/o la madre empiezan a interesarse por otro. El divorcio de los padres también aumenta la sensación de traición que tiene el niño, pues la separación suele llevar consigo nuevas relaciones que sin duda reducen el interés especial que el niño recibía antes. La desaparición física del padre o de la madre puede conducir también al mismo resultado. Cualesquiera que sean las circunstancias externas, el niño las interpretará como una traición, y reforzará su sistema de defensa.

Incluso si las condiciones de la infancia no son tan especiales como las que acabamos de describir, es fácil dejarse atrapar en la dinámica de búsqueda de amor y de aprobación y recrear la estructura, al menos en sus aspectos menos profundos. En efecto, lo mismo que ocurre en el aspecto maso, la dinámica padre-hijo recuerda la del dominante-dominado. Son muy raros los padres que saben escuchar de verdad al niño y atenderlo en todas sus necesidades sin crearles ninguna alienación afectiva. El niño necesita el amor, la aprobación y el apoyo de sus padres para construirse interiormente. Necesita ser reconocido por lo que es, tal como es. Pero si el amor y el reconocimiento no se dan de forma libre y generosa, o si se dan con expectativas o ataduras inconscientes, entonces el niño ha de ganárselos complaciendo, representando un papel, sometiéndose o rebelándose; en definitiva, siendo distinto de como es, con lo que se dan las condiciones requeridas para que se constituya esta estructura. Por eso se encuentran rasgos de caracteres psicópatas, en particular el egoísmo, la necesidad de ser amado y la sensibilidad a la opinión de los demás, en casi todo el mundo.

Cuando el individuo abandone la familia, intensificará la dinámica aprendida en la infancia. En las relaciones cotidianas (pareja, hijos, trabajo, amigos) tendrá otro tipo de actuaciones extraordinarias, otros modos de seducción, otras máscaras que refuercen su imagen (la que quiere mostrar). Es una carrera, sin fin y sin esperanza, en persecución de la propia identidad.

Como para las otras estructuras, lo que determinará en definitiva las reacciones del individuo a las condiciones de la vida presente será su grado de evolución; de modo que, o bien le servirán para reforzar sus mecanismos, o bien, por el contrario, para manifestar las cualidades de su alma.

Todos tenemos algunos aspectos de la estructura psicópata, sin manifestar necesariamente sus excesos. La estructura está entonces menos cargada y se ha construido porque hemos aprendido que, para ser amados, hemos de comportarnos en función de lo que desean los demás.

 

 

Menú de este tema

Home