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Experiencias de vidas pasadas que están en el origen de la estructura psicópata

Este tipo de estructura se construye a partir de vidas en las que la persona ha tenido mucho poder e influencia, o bien ha ocupado una posición socialmente relevante; es decir, que ha sido rey o reina, príncipe o princesa, o un alto cargo político, o un déspota, o jefe de un ejército, o prostituta de altos vuelos, o dirigía una gran red de comercio o de prostitución, o era una persona muy rica, o un jefe religioso, o un gran sanador; en una palabra, ha sido una personalidad célebre por una u otra razón, o ha ocupado una posición de influencia acompañada de dominación y explotación. La persona ha sido adulada y servida, casi siempre mediante la manipulación, la seducción o el temor, casi nunca por auténtico reconocimiento. Y ha hecho un gran abuso de poder. El ego, que aún no estaba muy evolucionado, utilizó esas situaciones para hacerse fuerte, para alimentarse a sí mismo, hinchándose de arrogancia y de orgullo, y acabando por creer que era verdaderamente especial, invulnerable, que estaba por encima de los demás, que merecía una admiración y un amor ilimitados. Es el tipo de situación ideal para que el ego construya una falsa identidad basada en la influencia y en el poder que ejerce momentáneamente sobre los demás.

En general, se presenta otro factor que sobrecarga fuertemente esta estructura: la traición. En efecto, las personas despreciadas, seducidas y utilizadas acaban por rebelarse y traicionar al personaje a quien aparentemente han adorado y servido, o ante el que simplemente se han anonadado en el pasado. La situación que genera la estructura psicópata es, pues, la de una posición de gran poder e influencia sobre la gente, seguida de la pérdida de ese poder por la traición. Para el ego, eso es un choque violento. Se creía todopoderoso, invulnerable y «reconocido» para siempre; pero la traición hace que su falsa identidad se derrumbe como un castillo de naipes.

 

Madeleine es hija de un pobre artesano que vive en París en tiempos del reinado de Luis XV. Pasa su infancia en la calle, pero empieza pronto a trabajar en la tienda de su padre para ayudara subvenir a las necesidades de la familia. A veces ve pasar bonitas carrozas con personas ricamente ataviadas. Le gustaría ir en alguna de ellas, e ir así de bien vestida, y le disgusta mucho que nada de eso esté a su alcance. Al llegar a la adolescencia, su padre cae enfermo y ha de cerrar la tienda, de modo que la envía a trabajar como doncella a casa de un noble que vive en una suntuosa mansión. Una anciana sirvienta le explica en qué consiste su nuevo trabajo. Escucha distraída, pues está absorta contemplando maravillada el lujo que la rodea. Pronto se familiariza con su trabajo, que es más bien ingrato, pero al menos le da la posibilidad de estar cerca de personajes importantes. Madeleine sueña con estar un día sentada a su mesa. Va creciendo y cada día está más guapa. Un día, uno de los visitantes se fija en ella y la invita a su casa. Solicita sus favores y le promete, a cambio, proporcionarle una vida mucho más agradable que la de sirvienta. Madeleine no duda ni un momento. Es su gran oportunidad. Una vez introducida en el círculo de la gente noble, un día se fija en ella un personaje próximo al Rey. Y llega a la Corte. Su arte de seducción y su belleza le permiten obtener casi todo lo que quiere. Vive días de gloria, haciéndose cada vez más arrogante, segura de su poder, y granjeándose el odio de todas las mujeres que la rodean. Cuando ya han pasado algunos años y su poder de seducción va disminuyendo, al sentir que empieza a cambiar la dirección del viento, toma parte en un complot para hacer caer en infortunio a una joven que le quita protagonismo. Por desgracia, una de sus mejores amigas la traiciona; descubierto el complot, fracasa. A Madeleine la envían primero a prisión y después a un convento, donde ha de trabajar como sirvienta. Termina allí su vida, corroída por el rencor y la cólera que han generado su orgullo pisoteado. Ella crea un sistema de defensa que puede esquematizarse así: «Si quiero conservar el poder y todas sus ventajas, tengo que seducir y manipular todavía más, y tengo que desconfiar de todo el mundo».


Estamos en Oriente Medio, alrededor del siglo X. Omir, segundo hijo del sultán de un pequeño país, venerado y atendido siempre por sirvientes, llega a la edad adulta y se convierte en el jefe espiritual del sultanato. Su hermano mayor secunda a su padre en los asuntos políticos, porque es su sucesor. Omir, por su parte, reina ya como dueño y señor en todas las cuestiones religiosas. Imbuido de su importancia y de su «contacto con Dios», abusa de su poder, en especial frente a las mujeres, a quienes les impone unas leyes religiosas que son un ultraje a su libertad. El padre, profundamente religioso y viendo en su hijo a un nuevo mesías, se doblega a todas sus exigencias. Ese despotismo dura varios años, hasta el día en que muere el sultán. Le sucede su hijo mayor, que hasta entonces no había dicho ni palabra, pero que envidiaba muchísimo a su hermano por haber tenido el apoyo incondicional de su padre. Su envidia y su rencor eran compartidos por otras muchas personas que habían padecido la intransigencia del jefe religioso. Así que, poco después de subir al trono, el nuevo sultán retira a su hermano todos sus poderes. Acusado de haber deformado las enseñanzas religiosas, Omir es encarcelado y juzgado por un tribunal. Y condenado a muerte. Durante algún tiempo lo exponen, encadenado, a las puertas de palacio para que la gente lo insulte y vea que ha sido destituido. Y, finalmente, es ejecutado.

 

El orgullo herido del ego, la cólera, el miedo y todas las reacciones emocionales que acompañan a esa situación crean, en ese momento, un conjunto de memorias activas autónomas que constituyen el sistema de defensa del psicópata: «Si quiero sentirme seguro, tengo que aferrarme mucho más al poder a fin de no ser nunca traicionado. Tengo que conseguir que todo el mundo esté siempre a mi lado».

Ocurre con frecuencia que, a la traición, le sigue una muerte indigna, un encarcelamiento o una vida miserable, que causa un gran impacto en el ego, imbuido de orgullo. De rey se pasa a ser esclavo, por ejemplo. Y la persona acaba abandonando este mundo con una intensa carga emocional impresa en sus memorias: «Si quiero conservar el poder y la influencia que tenía sobre los demás, habré de tener más cuidado, y tendré que estar en guardia para que nunca me traicione nadie. Lo peor que me puede ocurrir es que no me aprecien los demás. Tendré que evitarlo a cualquier precio, me hace demasiado daño». La persona parte de este mundo con ese sistema de defensa que le hará evitar en el futuro cualquier sufrimiento análogo al que no ha sido integrado. Lo lleva consigo, presto a ser reactivado desde el comienzo de la vida siguiente.

 

 

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