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Experiencias de la vida presente que favorecen la re-creación de la estructura maso II

Paul llegó al mundo un poco por casualidad. Su nacimiento fue muy difícil, y sufrieron mucho tanto él (un parto muy largo, fórceps, etc.) como su madre. Era el primer hijo, y fue el único. Sus padres no tenían una relación muy armoniosa. Como compensación afectiva, su madre concentró en él todo su afecto, ocupándose demasiado del niño y descuidando cada vez más a su marido. Naturalmente, esto no era de su agrado. Era una situación que se vivía sin palabras, y que entrañaba una actitud dominadora por parte de la madre y un resentimiento inconsciente por parte del padre hacia un hijo que, en definitiva, le había quitado a su mujer. Así que el padre se iba haciendo cada vez más frío y autoritario. La familia vivía en una casa pequeña en la que sólo había un dormitorio, de modo que Paul dormía en el sofá del salón. Su madre era una maniática de la limpieza, siempre quería tenerlo todo impecable, perfectamente limpio y ordenado. En cuanto Paul abría los ojos, tenía que saltar de la cama y arreglar el sofá, de modo que no se notara en absoluto que había dormido allí. No podía tener juguetes, porque no había sitio para guardarlos. Tampoco podía invitar a casa a sus amigos, porque molestaban y lo ensuciaban todo. Además, su padre exigía que no hiciera ruido. En realidad, lo que se le pedía era que fuera invisible. Si hacía notar lo más mínimo su presencia, su padre se enfadaba.

Buscando con desesperación un rincón para sí, Paul había encontrado una alacena bastante grande en la cocina. Dentro, a media altura y arriba, había algunas baldas en las que su madre ponía diversos alimentos: cereales, frutos secos, etc. La parte de abajo estaba cerrada por una cortina, y detrás había un gran saco de patatas y el aspirador, metido en su caja correspondiente. Aquél fue el domicilio elegido por Paul.  Sentado en la caja del aspirador, detrás de la cortina, jugaba con sus pequeños objetos. Le gustaba hacer pruebas con lámparas de aceite e intentaba montar motorcitos eléctricos. El espacio era muy reducido, por supuesto, apenas se podía mover, pero al menos aquel sitio era todo para él, era su universo. Sabía que a su padre aquello no le gustaba, por eso sólo iba allí cuando estaba solo en casa. Pero un día su padre lo sorprendió. Al verlo allí, montó en cólera, lo sacó brutalmente de su escondite, y le prohibió que volviera a meterse en aquel sitio. A su madre también le pareció mal, porque estropeaba la caja del aspirador y arrugaba las cortinas. No se podía tolerar... Paul se hizo más prudente, pero seguía volviendo a su alacena, siempre con el miedo a ser descubierto. Lo que ocurrió más de una vez, por supuesto, y la ira del padre era cada vez mayor. Paul tuvo que sufrir golpes y castigos.

Durante todo el tiempo en que debía desaparecer del salón, desde que se despertaba por la mañana; durante todo el tiempo en que no tenía que existir para no molestar, en el que tenía prohibido incluso el acceso al pequeño universo que se había construido en condiciones tan difíciles, durante todo ese tiempo, Paul, aplastado por la autoridad paterna, sufría; su pequeño corazón sufría. Un sufrimiento que, como suele ocurrir, acabó por engendrar en él una violenta cólera contra la autoridad paterna y contra la asfixia materna que le quitaba el derecho a tener su propio espado, que le reñía cada día, y le impedía jugar, crear, expresarse, le impedía vivir.

Los años pasaron, y Paul abandonó la alacena. Tomó la costumbre de vivir cada vez más fuera de la casa familiar, pues ¿qué podía encontrar en ella? Se independizó muy pronto, y todo el sufrimiento y la cólera de la infancia fueron relegados al inconsciente, pero no por eso dejaron de condicionar sus decisiones y reacciones ante el mundo que lo rodeaba.

 

Al llegar a la edad adulta, Paul es muy sensible a cualquier forma de autoridad. Proyecta su cólera sobre todo lo que pueda representarla, según el mecanismo visto anteriormente. Es incapaz de trabajar a las órdenes de quien sea, por lo que ha decidido montar su propia empresa. Pero, como patrono, es execrable. Siempre está insatisfecho, dispuesto a enfadarse por cualquier insignificancia, siempre quiere tener razón, juzga y condena a sus empleados, les exige siempre más, y, en definitiva, se conduce de la misma forma autoritaria que su padre. Sus relaciones personales tampoco van mucho mejor. Es muy exigente y agresivo, a veces estúpido, incluso malo. Después, él mismo se pregunta por qué ha reaccionado de la forma que lo ha hecho. Pero no lo sabe, dice que es «más fuerte que él», y sigue atrapado en ese mecanismo que arruina sus relaciones personales y profesionales. Como exutorio a su cólera reprimida ha desarrollado un humor burlón, gracioso a veces, pero frecuentemente hiriente y mordaz. Paul no desea herir de manera consciente, es un hombre bueno; pero su conducta es automática. La rabia y la agresividad no expresadas en la infancia están siempre dispuestas a salir a la superficie. Pero expresar la rabia y la cólera no soluciona nada, al contrario. Por una parte, arruina sus relaciones, y entonces Paul se siente rechazado como en su infancia (lo que afianza la programación de su sistema de creencias maso: «La gente es estúpida y mala, nadie es capaz de comprender mi gran corazón») y, por otra, cuanto más expresa su cólera, más la alimenta, porque lo que hace es poner en marcha el mecanismo una y otra vez, con lo que lo mantiene.

Paul está atrapado en la estructura maso-activa. Sólo una toma de consciencia del mecanismo y un trabajo de liberación de las memorias activas le permitirán encontrarse a sí mismo y le darán una percepción más exacta de la realidad del momento; y sólo entonces podrá generar a su alrededor amor y apoyo en lugar de animadversión. Porque, cuando nos comportamos (consciente o inconscientemente) de forma agresiva con las personas que nos rodean, nuestra agresividad reactiva la suya (a menos que sean seres evolucionados, dueños de sus emociones). Y empieza una escalada de violencia, directa o indirecta.

Las condiciones familiares de Paul favorecieron la constitución de la estructura maso, además de la cuarta estructura, la psicópata, que se describirá más adelante.

Los niños reaccionan muy pronto ante las situaciones de aplastamiento, que no siempre son tan evidentes como en el caso de Paul, pero no por ello menos perjudiciales. Se rebelan contra las limitaciones que se les imponen, y lo hacen con los medios de que disponen: caprichos, rabietas, resistencia, fase del «no», etc. Consideramos eso normal porque es corriente. Pero es corriente porque los seres humanos estamos programados de forma más o menos análoga y a todos se nos ha hecho sufrir la misma suerte. Pero no es normal. En general, en vez de estar atentos a su resistencia y buscar medios originales y afectuosos para hacerle frente, los padres presentan resistencia a su vez, y reaccionan aplastando al niño más aún, prohibiéndole conducirse así, culpabilizándolo y exigiéndole que reprima sus rabietas, lo que el niño normalmente acaba por hacer. Se anonada, se humilla, se rebaja. Eso dará estructuras maso muy ancladas en el inconsciente, que determinarán conductas inadecuadas cuando el niño se convierta en adulto. Una vez más, no estoy culpabilizando a los padres, sino describiendo una interacción de mecanismos, el de los padres, que fueron niños en su día, y el de los niños que serán padres en el futuro. Los mecanismos son los mecanismos, no son las personas.

 

Nota para los padres

Nos parece estar oyendo la protesta de los padres: «¡Pero, bueno, no podemos dejar que el niño haga todo lo que quiera, como quiera, cuando quiera! ¡Tenemos que enseñarle cómo debe comportarse, es nuestro papel de padres!». Cierto, absolutamente cierto. Pero es muy importante reflexionar sobre cuál es exactamente el papel de los padres, a fin de no repetir de forma inconsciente lo que nuestros padres han hecho con nosotros.
Para clarificar nuestra conducta hacia nuestros hijos podemos, por ejemplo, plantearnos las siguientes preguntas: Lo que intento enseñar a mis hijos, ¿es realmente necesario para el pleno desarrollo de su creatividad, de las cualidades de su alma y de su libertad? ¿Es necesario para el respeto al entorno natural y a los demás, para su aprendizaje del dominio del mundo? ¿O son más bien mis propias ideas preestablecidas sobre la «buena» manera de conducirse en la vida, que es posible que provengan de mis programaciones pasadas y de mis propias experiencias de infancia, seguramente no asimiladas?

Plantearse todo esto no es nada fácil. Cuando algunos padres nos preguntan qué pueden hacer por sus hijos, les sugerimos encarecidamente que hagan un trabajo sobre sí mismos, un trabajo para disolver sus propias memorias. Porque los niños aprenden «modelándose» sobre sus padres, fundamentalmente. Y no se modelan sólo en la parte consciente, ni mucho menos. En realidad, lo que más eco encuentra en ellos es la parte inconsciente de los padres. Nuestros hijos tienen su propio pasado y su propio grado de evolución personal. Pero también son un espejo de lo que transporta nuestro inconsciente, al menos en parte. Mirar las cosas desde ese punto de vista nos permite conocernos mejor... Hacer un trabajo de liberación del mecanismo del inconsciente es el mayor servicio que podemos prestarles a nuestros hijos, porque se benefician de ello directamente. Hemos tenido numerosos testimonios de niños cuya conducta ha cambiado de forma radical cuando los padres, la madre en particular, han hecho un trabajo de liberación interior.

Tomemos como ejemplo a una niña de cuatro años, Ariane. Todas las mañanas, a la hora de vestirse, Ariane tenia una rabieta. Era tremendo. Su madre participó en uno de nuestros talleres y olvidó por completo el comportamiento de su bija. Quedó muy satisfecha del trabajo que hizo sobre sí misma, en particular respecto a la relación con su madre. En ningún momento había salido a relucir su hija, ni se trató de nada relacionado con la educación de los hijos. A la mañana siguiente de su regreso, se esperaba la rabieta habitual. ¡Cuál no fue su sorpresa al ver que su hija aceptaba que la vistiera sin rechistar! Pensó que había sido una casualidad. Pero al día siguiente tampoco hubo rabieta, ni tampoco en días sucesivos. Ariane no volvió a poner nunca dificultades a la hora de vestirse...

Podríamos hablar de casualidad si se tratara de un caso aislado. Pero son tantísimas las «casualidades» de ese tipo que no queda más remedio que admitir que el trabajo interior de los padres encuentra un profundo eco en los niños (lo que confirma, por otra parte, el vínculo etérico existente entre la madre y el hijo).

La actitud general más eficaz es tratar al niño con mucho respeto y amor, escucharlo, comprenderlo, sentir con él, estar a su lado, y esto desde su nacimiento (incluso antes). El niño es consciente, y muy sensible; viene al mundo cargado con todas sus experiencias pasadas, y tendrá que encontrar el camino de su alma a través de las vicisitudes de la vida. Cuando diga lo que realmente necesita, si sabemos estar a la escucha, sabremos responderle. Sintiéndose respetado, no le costará tanto aceptar las molestas obligaciones de la vida física que le vayamos sugiriendo, porque comprenderá de manera intuitiva que no se trata de abuso de poder, sino de apoyo. Esa actitud de los padres crea un ambiente flexible y grato, en cuyo seno el niño puede desarrollarse tal como es, con toda su originalidad. Actitud que no hará desaparecer las memorias personales que el niño haya decidido trabajar, ni le impedirá reactivarlas y hacer sus propias experiencias, pero en su camino tendrá el apoyo de sus padres, que es a lo que éstos pueden aspirar.

También hay que recordar que, según el modelo del ser humano en el que nos estamos apoyando a lo largo de de este espacio Web que es La Página de La Vida, si es cierto que el niño elige a sus padres, no lo es menos que los padres eligen al niño. Es una elección realizada a través del alma, por atracción energética, en función de los vínculos kármicos y del trabajo que tengan que realizar para avanzar en el camino de la evolución. Evidentemente, no es la personalidad la que hace esa elección. Nuestro Ser nos envía a nuestros hijos para hacernos crecer, para educarnos...

Aparte de la influencia de los padres, a medida que el niño crece, tiene cada vez más ocasiones de entrar en contacto con personas que tienen más poder que él, en particular los profesores y los compañeros de colegio de más edad o más fuertes físicamente. En el colegio se dan múltiples circunstancias que favorecen el abuso de poder, explícito o encubierto. Y, fuera del colegio, en la sociedad en general, en la que todavía reina una gran inconsciencia, habrá multitud de ocasiones que reactivarán en el niño ese tipo de memorias, reconstruyendo una estructura de víctima pasiva o agresiva para el resto de su vida.

 

La adolescencia

En la adolescencia tiene lugar un proceso natural de protesta contra toda esa dinámica. El individuo empieza a sentirse mucho menos dependiente de sus padres o de otras personas, y hace estallar su cólera contra la asfixia en la que ha vivido. Es un proceso muy sano, que debería ser conducido en lugar de aplastado por una sociedad que tolera difícilmente la individualidad y la libertad personal. Aunque los padres hayan sido perfectos, la adolescencia es un período de rebelión que debe vivirse en plenitud. Es, en efecto, la época en la que, de un modo natural, el niño sale del círculo familiar y de su influencia para intentar definir su propia individualidad, su originalidad, para definirse a sí mismo como ser libre y autónomo. Ha de pasar por un período de rechazo de todo lo que lo rodea para poder volver después al mismo lugar de forma libre y creadora. Es un fenómeno pendular que lleva a excesos en un sentido, a excesos en otro, hasta encontrar el punto medio, el equilibrio. Una rebeldía sana durante la adolescencia es deseable. Y nada más inquietante que un adolescente demasiado dócil. Su docilidad puede significar que tiene miedo a vivir su rebeldía, y que reprime una rabia y una culpabilidad que, por desgracia, condicionarán muchísimo su comportamiento de adulto.

Todas esas condiciones, de vidas pasadas, de nacimiento y de infancia, están en general en el origen de la constitución del sistema de defensa maso que vamos a describir ahora con más precisión.

 

 

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