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Experiencias de vidas pasadas que están en el origen de la estructura maso

Hemos observado que en el origen de este mecanismo se encuentran dos tipos de experiencias: la de la víctima y la del verdugo.

 

Primer tipo de experiencias: la VÍCTIMA

Son aquellas en las que la persona se ha sentido pisoteada por algún tipo de poder, o ha tenido que someterse a su pesar, o ha sido maltratada o explotada sin haber podido protegerse o defenderse. Es decir, que el origen traumático de esta estructura se encuentra en las situaciones en las que la persona ha sufrido abusos de poder, o cuando no se ha respetado su dignidad, o se le ha quitado la libertad, o ha sido humillada y se ha sentido impotente para evitarlo, física o psicológicamente.

Marthe es una niña sumisa y tímida. En su primera infancia, tuvo muchas dificultades para aprender a hablar. Sus padres no comprendían ese «retraso». De hecho, hasta la edad de cinco años no empezó a hablar más o menos correctamente. Era discreta; la gente le daba miedo; nunca se atrevía a imponer a nadie su voluntad, ni mucho menos en presencia de su padre, que era muy autoritario. Los niños no podían hablar en la mesa, y tenían que someterse a la disciplina paterna sin rechistar. Nunca se atrevió a pedir nada. Pero una vez, cuando tenía catorce años, se arriesgó a pedir permiso para ir al cumpleaños de una amiga. La negativa tajante de su padre le dio tanto miedo que esperó hasta los veinticuatro para atreverse otra vez a pedir permiso para salir. A lo largo de su vida adulta, se encontró siempre muy limitada en su expresión verbal, como si algo impidiera que le salieran las palabras de la boca... Le hubiera gustado aprender idiomas, pero acabó por renunciar, en vista de su gran dificultad. No comprendía por qué la vida era tan dura con ella, y esa situación hacia que se sintiera muy frustrada. Marthe estaba atrapada en una estructura maso, con todas las pautas de conducta que eso implica. No se atrevía a imponerse ante nadie, pero siempre juzgaba a los demás. Empezaba a sentir una gran cólera contra todo el mundo, pero la reprimía, por supuesto; tenía demasiado miedo a expresarse, y nada traslucía al exterior. Pero estaba cada vez más desmejorada. Decidió entonces hacer un trabajo interior para dejar de tener miedo, para tener confianza en sí misma y encontrar un poco de alegría de vivir. Entró espontáneamente en contacto con las memorias siguientes:

 

Estaba en Francia, hacia el siglo XV. Era sirvienta en un convento. Sabía que su madre la había abandonado y la habían recogido las Hermanas. Como «hija del pecado», durante su infancia había sido víctima de todas las humillaciones posibles; a partir de los cinco años tuvo que trabajar en la limpieza y en la cocina. Todo el mundo la trataba con un profundo desprecio. Tenía prohibido hablar a sus superiores y mirarlos a los ojos. Cuando pasaba ante ellos, lo que debía evitar en lo posible, tenía que inclinar la cabeza. Un día se atrevió a decirle a un alto miembro del clero que estaba de visita que una de sus compañeras estaba enferma y necesitaba que la cuidaran. Del alto prelado sólo recibió una mirada fulminante de desprecio. La superiora la convocó acto seguido y le riñó muchísimo, por haberse atrevido a hacer aquello, y le dijo que, si se repetía, la echarían del convento; en esa ocasión, sólo la castigarían. Le dieron unos cuantos bastonazos y la encerraron durante un mes en una celda fría y húmeda, dándole apenas de comer. Se hundió de tal forma que a partir de entonces no dijo jamás una palabra. Vivió así, temerosa de la autoridad, humillada en su dignidad, y acabó muriendo a los veinte años por falta de cuidados.

 

Sophie está igualmente aprisionada en la estructura maso. Se ha casado con un hombre rígido y frío. Durante muchos años intentó tener hijos; tuvo cuatro abortos consecutivos antes de traer al mundo una niña. A lo largo de todo el embarazo, Sophie tuvo que estar acostada, porque no tenía fuerzas para mantenerse en pie. El nacimiento de la niña no mejoró las cosas; siempre está agotada. Tiene cólicos hepáticos con frecuencia, y su salud es muy frágil. La menor contrariedad la echa, por los suelos, el menor esfuerzo la agota. Intenta cuidarse de mil modos, pero nada le hace efecto. Da la impresión de que se va a desmayar en cualquier momento. Sus pautas generales de comportamiento son las de la víctima pasiva: "Pobre de mí. ¿Por qué yo? La vida es dura e injusta. Hago todo lo que puedo, pero soy víctima de un destino cruel". Al emprender un trabajo de transformación entra en contacto con la memoria siguiente:

Es joven, vive en un pequeño pueblo de la Edad Media. Se queda encinta sin haberse casado. Cuando la gente del pueblo se da cuenta, la llena de injurias y de desprecio. Un día, tres hombres llegan a su casa y la obligan a seguirlos basta el bosque, donde hay una pequeña cabaña. Allí, la insultan, le pegan y la violan para castigarla por su pecado. Después la dejan allí encerrada, y vuelven varias veces a hacer lo mismo basta que, temiendo que alguien la encuentre, la matan y hacen desaparecer su cadáver.

Sophie volvió a este mundo trayendo consigo no sólo un terrible miedo inconsciente a quedar encinta, sino también auténtico pánico de cualquiera que tuviera un poder superior al suyo, un profundo sentimiento de impotencia y una violenta cólera reprimida. A partir del momento en que hubo nacido su hija, Sophie temía siempre inconscientemente las mismas represalias horribles que había sufrido en el pasado. La simple presencia de la niña reactivaba su pánico, a lo que se añadía un sentimiento de indignidad, de impotencia y de cólera que le quitaba toda la energía y la hacía ponerse enferma (los cólicos hepáticos). No había nada en su vida presente que justificara sus problemas físicos. Pero, como ya hemos visto, la mente inferior, sede de las memorias inconscientes, no es racional. Tiene su propia lógica... Si consideramos la historia de la humanidad desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, no es difícil encontrar abusos de poder. Es más, se diría que la historia se ha construido basándose en abusos:

— colectivos: invasiones salvajes, pillajes y carnicerías, gobiernos tiránicos, esclavitud, prostitución, abusos de ricos sobre pobres; en una palabra, explotación de los más débiles por los más fuertes de todas las formas posibles;

— individuales: abuso de poder acompañado de violencia física, por ejemplo, el que han sufrido los esclavos, apaleados, explotados, obligados a trabajar hasta el límite de sus fuerzas y aún más allá, sexualmente atropellados, a diario rebajados en su dignidad de seres humanos durante años; o el que vive una mujer siempre pisoteada por un marido violento, atropellada, escarnecida, amordazada, aprisionada psicológicamente; o el que sufre una familia cuando un enemigo obliga a uno de sus miembros a traicionar a los demás bajo amenazas de tortura, o cuando los vencedores tratan a los vencidos de manera indigna, etc. Los abusos sexuales, en particular, son muy crueles, pues se viven como un atentado a la libertad y a la dignidad de la persona, los aspectos más vulnerables del ser física y psicológicamente. Ese tipo de vivencias va siempre acompañado de un doloroso sentimiento de impotencia. Hay otros abusos de poder menos evidentes, más «a corto plazo», pero no por ello menos destructores: de los padres sobre los hijos, de los patronos sobre sus empleados, de los amos sobre sus criados, de los fuertes sobre los débiles, de los poderes públicos sobre el hombre de la calle, de los que tienen algún poder del tipo que sea sobre los que no lo tienen... No hay más que leer unas cuantas novelas para encontrar toda la dinámica de sufrimiento y de injusticia que generan los abusos de poder. El malo siempre es alguien que tiene poder y abusa de él. Por cierto, si las novelas nos cautivan de tal modo es porque relatan nuestra propia historia...

 

Consecuencias de este tipo de experiencias:

El sufrimiento que ha vivido una persona cada vez que ha visto pisoteada su dignidad y ahogada su libertad ha levantado una barrera emocional en el inconsciente construida con una mezcla de desesperación frente a la propia impotencia y de rebelión contra el abuso de poder. La mente inferior se carga así de un doble mecanismo, que constituirá el sistema de defensa:

1. sumisión, miedo, sentimiento de impotencia, desesperación, tristeza, pérdida de confianza en el propio poder, cólera reprimida;

2. rebelión, ira, rabia, agresividad.

 

Segundo tipo de experiencias: el VERDUGO

Ese tipo de experiencias parece opuesto a la estructura de víctima. Sin embargo, con frecuencia tiene el mismo origen debido a un mecanismo de la consciencia que hace oscilar al individuo entre los dos polos dominante-dominado. Experimentar una o varias vidas de verdugo puede llevar a elegir una vida de víctima impotente, pisoteada y desgraciada. En efecto, si uno abusa impunemente de su poder, en un momento u otro siente cierta culpabilidad; además, entrará en acción la ley de aprendizaje (no de castigo) del karma, porque se han transgredido las leyes del respeto y del amor. Hay una lección que aprender. Por eso, tras varias vidas de verdugo, el alma generará situaciones que permitan rectificar esa tendencia, y hará que la personalidad viva la experiencia de estar sometido a un poder abusivo.

Las leyes del «karma» son complejas, y no queremos caer en la trampa de una simplificación excesiva. Pero resulta útil observar determinadas tendencias generales. Además, al decir que el alma «elige» o «genera», estamos expresando de un modo muy simple un fenómeno energético muy complejo. No por ello es menos cierto que ese fenómeno está originado por el propio plan de evolución, al que el alma contribuye y con el que está en perfecto acuerdo.

Si el ego está bastante evolucionado, en el curso de esa vida de aniquilamiento comprenderá la importancia del respeto; y la lección aprendida, al proceder de la experiencia, quedará fuertemente grabada en su inconsciente. Sin duda será sometido de nuevo a la prueba del poder en una vida posterior, pero entonces estará en condiciones de utilizarlo con sabiduría y amor. Así es como se construyen la fuerza y la verdad internas a todos los niveles.

Si el ego aún no está bastante evolucionado, en la nueva vida de víctima se engendra un odio violento contra el poder, y, al mismo tiempo, un deseo vehemente de tenerlo para vengarse y no verse sometido nunca más a humillación alguna. El alma permite entonces al ego crearse una vida de verdugo. Y así, durante siglos, se va recorriendo el ciclo víctima-verdugo-víctima; en cada vida se tiene la posibilidad de vivir nuevas experiencias y de desarrollar la consciencia hasta salir de él.

Las vidas de ese ciclo no son necesariamente sucesivas. Además, puede haber otras intercaladas en las que el alma propone a su instrumento otro tipo de experiencias. En un determinado momento, ese aspecto se trabaja de nuevo en otra vida, lo que permite a la personalidad llegar mejor preparada para asimilar la prueba. El aprendizaje humano se hace así, por aproximaciones sucesivas.

El siguiente relato es un ejemplo de ese ciclo víctima-verdugo-víctima:

Tom está atrapado en una estructura maso-activa. Sin buscarlo adrede, entró espontáneamente en contacto con una cadena de vidas pasadas que ilustra muy bien ese ciclo: Era príncipe de un antiguo reino basta que un ejército invasor destronó a su padre. Como era alto y fuerte, lo enviaron a galeras, donde acabó sus días. La rabia y el odio que se grabaron en su inconsciente en aquella vida lo llevaron a crearse otra como pirata que, al frente de una tripulación violenta y sanguinaria, surcaba los mares robando y matando sin cesar. Para compensar esa violencia, se encontró, algunas vidas más tarde, como un humilde pescador de Bretaña, pobre y enclenque, que tenía que trabajar para un propietario de barcos autoritario e ingrato, y rumiaba una vez más su cólera contra el poder.

En su vida presente, Tom trabaja como representante de una compañía de distribución de mariscos congelados. No le gusta demasiado lo que hace, pero de alguna manera ha de ganarse la vida... Ha intentado varias veces cambiar de empleo, pero nunca lo ha conseguido. Es como si algo lo obligase a quedarse ahí. De modo que siempre está renegando: contra los proveedores, que le envían la mercancía con retraso; contra su jefe, que es injusto, y contra la vida, que es muy difícil. Es desagradable con todo el mundo excepto con la autoridad, ante la que se anonada, aunque de mala gana. Con su mujer y sus hijos es verdaderamente execrable, siempre descontento y frustrado. La menor insignificancia puede desencadenar su cólera. Su trabajo lo lleva a estar en contacto con mucha gente, y a menudo se encuentra en restaurantes junto a varias personas. En cuanto bebe un poco de alcohol, empieza a despotricar contra el podrido mundo en el que vivimos, diciendo que habría que hacer una revolución. Considera que la vida es dura; los clientes, demasiado exigentes; sus compañeros de trabajo, incompetentes y egoístas; y empieza a estar harto de hablar todo el día de langostas y de gambas...

Cuando decidió trabajar sobre la insatisfacción tan profunda que sentía en su vida, se dio cuenta de que las langostas, las gambas y los clientes no tenían nada que ver. Al curar su pasado, pudo cambiar fácilmente de trabajo. En efecto, en cuanto consiguió desalojar de su inconsciente la memoria activa, una feliz «casualidad» le hizo encontrar a un amigo que le ofreció un puesto en su compañía, precisamente en el extranjero, que era lo que Tom siempre había soñado. Y, sobre todo, encontró de nuevo la alegría interior y una sensación de libertad que hasta entonces no había conocido.

Así que, si entramos en contacto con unas memorias de «pobres víctimas», podemos estar seguros de que hay otras memorias de «pérfidos verdugos» escondidas en nuestro inconsciente y más difíciles de reconocer, porque nuestra cultura acepta fácilmente a las víctimas, incluso las compadece, pero juzga con dureza a los verdugos. Desde la perspectiva de la evolución, que tiene lugar a lo largo de sucesivas encarnaciones, las dos situaciones no son más que dos caras de la misma moneda. Así es cómo se va haciendo el aprendizaje. Esto nos enseña a no identificarnos con nuestras vidas pasadas. Nosotros no somos nuestras personalidades, aunque tenemos la responsabilidad de su evolución, eso sí, porque son los instrumentos a través de los cuales experimenta el alma. Si los frenos de nuestro coche no funcionan, es responsabilidad nuestra hacerlos reparar para no convertirnos en un peligro público.

Las pautas de comportamiento inducidas por la estructura maso son las mismas tanto si se han construido mediante experiencias de víctima como si lo han sido a través de experiencias de verdugo, pues se apoyan en la misma actitud de víctima impotente, sumisa o rebelde, llena de rabia reprimida o de cólera expresada.

Como muestra la historia de Marthe, y lo mismo que ocurre en las otras estructuras, el alma creará unas condiciones de infancia tales que la mente inferior entre en resonancia con las memorias activas que están alojadas en el inconsciente personal o colectivo(1). O bien creará unas condiciones que podríamos llamar normales, pero que serán interpretadas como abusos de poder si el inconsciente está especialmente cargado con ese tipo de memorias.

(1) Pues no olvidemos que esas experiencias pueden ser las nuestras, vividas personalmente o contenidas en el inconsciente colectivo y que hemos elegido trabajar por resonancia. Pero, en ambos casos, tenemos de ello la entera responsabilidad.

 

 

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