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Experiencias de vidas pasadas que están en el origen de la estructura esquizo

En general esta estructura no procede de las condiciones de la infancia. Ya hemos visto en espacios anteriores que, si está ahí ese tipo de comportamiento, es porque hay determinadas experiencias que han entrado en resonancia con otras, mucho más fuertes, de vidas pasadas. Hay muchas personas que, a pesar de haber tenido una infancia relativamente normal, sin traumas físicos ni psicológicos importantes, están atrapadas de forma evidente en esta estructura.


El trauma originario procedente de vidas pasadas

La experiencia traumática, es decir, no integrada, que está en el origen de la estructura esquizo se constituyó en situaciones terribles y muy dolorosas, vividas con muchísimo sufrimiento en el cuerpo físico, experiencias que la personalidad del momento no fue capaz de integrar. En general fueron torturas físicas, malos tratos u otro tipo de abusos que entrañaron grandes sufrimientos en el cuerpo. La persona no trae ese tipo de recuerdos conscientemente, por supuesto, sería una carga demasiado pesada. Pero el inconsciente lo recuerda con claridad y, a partir de aquellas experiencias, ha construido sus sistemas de defensa según los principios expuestos con anterioridad (formación de memorias activas).

A causa de las agresiones físicas, la mente inferior, sobrecargada por el cuerpo emocional, ha grabado en el inconsciente que vivir en un cuerpo físico es arriesgarse a soportar sufrimientos terribles, tan terribles que pueden llevar incluso a perder la razón. Puede haberse experimentado, por ejemplo, una impotencia total frente a un dolor físico muy intenso, con la sensación de una aniquilación inminente y definitiva; el pavor que ha generado tal situación puede haber llevado incluso a desear la muerte para dejar de sufrir.

Ese tipo de experiencias traumáticas, no integradas, han llevado a la persona a odiar el mundo físico, a desear profundamente no tener que volver porque eso hace demasiado daño. Cuando se prepara la encarnación, la mente lleva consigo esas memorias, que trasladan la información de que el mundo físico no es en absoluto acogedor, que es fuente de grandes sufrimientos y de situaciones horribles, y que hay que evitar participar en él a toda costa. Según esas memorias, encarnarse es lo peor que le puede ocurrir a un ser.

El rechazo a encarnarse va acompañado de un miedo profundo, un miedo casi cósmico que se ha grabado en lo más recóndito de las células. Porque los sufrimientos físicos y las torturas han alertado a todo el cuerpo gracias al instinto de supervivencia. El dolor intenso ha podido durar horas, semanas, meses, incluso años, y ha terminado, en general, con una muerte violenta. El ego ha tenido tiempo de construir memorias celulares muy intensas relativas al horror de estar en un cuerpo físico dispuestas a ser llevadas a las encarnaciones siguientes, según la dinámica descrita también anteriormente.

El sistema de defensa esquizo está, en parte, en el origen del primer comportamiento de la personalidad del que hemos estado hablando en espacios anteriores: el miedo.

Esas condiciones no afectan al Ser, que decide cuál es el momento de «descender» otra vez y crea una nueva encarnación para su instrumento. Pero, según la dinámica descrita con anterioridad, cuando la personalidad en formación recoge los materiales de los tres mundos para preparar una nueva vida, trae consigo los bloqueos que existen en los niveles mental y emocional a fin de trabajarlos de nuevo. Y trae a la personalidad el rechazo a vivir en el mundo físico. La energía del Ser se impone a ese rechazo, y se encarna a pesar de todo. Pero encontrará una gran resistencia en el nuevo ego para participar en este mundo, una resistencia sustentada por una angustia existencial profunda casi permanente, cuya razón nadie podrá explicar. En realidad, la propia persona no es consciente casi nunca de su angustia, porque el rechazo hacia el mundo físico incluye un rechazo a sentir. Pero el inconsciente sí que la tiene presente: origina un gran estrés y es la fuente de los muchos problemas físicos y psicológicos que se derivan de un profundo miedo a vivir.

 

Anne ha decidido ir esta tarde al cine con una amiga a ver la última versión de Robín de los Bosques. Está de buen humor, y todo va bien. Al cabo de un rato, sin razón aparente, empieza a sentirse muy mal. Tiene dificultad para respirar y, aunque la película es muy interesante, está deseando que acabe. Ha de cerrar los ojos con bastante frecuencia para no ver algunas escenas que, objetivamente hablando, no son nada terribles. Al salir se encuentra rara, como si flotara a un metro del suelo. Cuando llegan al coche, le pide a su amiga que conduzca porque ella no se encuentra nada bien. Cierra los ojos y comienza a respirar muy agitada. Le asalta el pánico y, de pronto, ve desfilar ante sus ojos cerrados la siguiente historia, que me relató con posterioridad:

«Me veo como una mujer de unos cuarenta años. Vivo en una casa que está en un bosque. Recojo plantas medicinales, soy sanadora. La gente de los pueblos próximos viene a consultarme regularmente, y yo les doy a todos remedios para sus males. Tengo grandes conocimientos en la materia y una gran intuición. Mis cuidados aportan un alivio real a las personas que vienen a consultarme.

Llevo una vida muy activa, pero al mismo tiempo muy apacible y tranquila. Un día llegan a mi casa dos hombres armados. Entran sin llamar y me obligan a seguirlos en el acto. Pido explicaciones, pero se enfadan y me hacen entrar por la fuerza en una carreta. Intento saber qué es lo que pasa, pero nadie me dice nada. Después de un largo trayecto, llegamos a una residencia imponente, que creo comprender es la del arzobispo de la región. Me encierran en una pequeña habitación muy fría, y me dejan allí durante todo el día, dándome una cena frugal. Empiezo a inquietarme. ¿Qué querrán de mí? Más tarde vienen a buscarme, y después de atravesar varias salas, me hacen bajar por una escalera fría y húmeda. Llego a una sala abovedada en la que me esperan tres hombres que están sentados detrás de una mesa. Sin ningún preámbulo, uno de ellos me dice que estoy acusada de brujería, que lanzo hechizos a las buenas gentes y que estoy poseída por el diablo. Intento explicar en qué consiste mi trabajo, pero no me dejan hablar. Dicen que van a hacer lo que hay que hacer para sacar el demonio de mi cuerpo. Me llevan a una habitación que hay al lado, mucho más pequeña, llena de instrumentos de tortura. El horror me hiela la sangre. A pesar de mis negativas y de mis súplicas, me desnudan y me atan, y empiezan a pasar por encima de mi cuerpo una antorcha encendida. El sufrimiento es intolerable. No comprendo nada, tengo la sensación de que estoy enloqueciendo. Los tres hombres me hablan, pero no puedo entender lo que dicen. No sé cuánto tiempo dura eso, pero a mi me parece una eternidad. Al fin, me desvanezco, y acabo por morir de sufrimiento. Cuando abandono mi cuerpo, lo veo terriblemente quemado, sobre todo en el pecho, pero ya no siento nada. Ya no estoy en ese cuerpo, tanto mejor para mí. Veo también la crueldad de esos hombres. Estoy horrorizada. Quiero marcharme de este mundo y no volver nunca más. Entonces asciendo, atraída por energías elevadas...»

 

En la vida presente, Anne sabía vagamente que tenía una estructura esquizo. Desconocía su origen, pero esa «historia», que revivió de modo espontáneo, le permitió comprender muchas de sus pautas de conducta, de sus decisiones y de sus limitaciones en la vida presente. Entrar en contacto con la memoria, que se grabó en su inconsciente en aquel terrible momento, la motivó para acelerar su trabajo de sanación.

Recordemos que no es la historia en sí misma la que condiciona la fuerza activa de la memoria, sino más bien la carga emocional (en este caso, el miedo, por no decir el terror) la que la fija en la memoria del "ordenador". Así que depende de cada persona; la misma historia puede tener resonancias muy distintas en dos personas que se encuentren en niveles de evolución diferentes.

Teniendo en cuenta la cantidad de guerras, injusticias, torturas y crueldades que ha habido a lo largo de la historia de la humanidad, no es sorprendente que todos llevemos, en mayor o menor medida, memorias de situaciones pasadas que pueden generar ese tipo de estructura. En mi trabajo he visto aparecer, y he ayudado a desactivar, memorias relativas a torturas y malos tratos físicos de todo tipo, recientes o lejanos —esclavitud, guerras, invasiones por enemigos que abusan del pueblo, torturas (Inquisición, regímenes políticos tiránicos, horrores de campos de concentración nazis), etc. Como hemos dicho antes, las memorias sólo están activas si la persona no fue capaz de integrar el sufrimiento. Pero hay que reconocer que hace falta un grado de evolución muy elevado ¡para mantener la tranquilidad y la paz interior bajo un intenso sufrimiento físico!... Como la mayoría de los seres humanos no estamos a ese nivel, las memorias activas de ese tipo son numerosísimas, y, aunque no se tenga una estructura esquizo pronunciada, en el interior de cada uno de nosotros hay siempre una parte bajo tensión. Esa parte, que tiene miedo de este mundo y de la gente que vive en él, se defiende y se protege como puede. En general, está anclada muy en el fondo del inconsciente, aunque no por eso limita menos las acciones cotidianas y la energía que permitiría vivir plenamente.

 

 

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