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La construcción del instrumento de manifestación del Ser desde el momento de la individualización hasta la actualidad  III
 

5. No somos el resultado de nuestro pasado

 

Pretender que somos el resultado
de nuestro pasado es confundir el instrumento
con el propietario del instrumento.

En contra de lo que pretenden algunas teorías psicológicas que quieren explicarlo todo en términos de causas y efectos lineales, y, aunque hablemos aquí de evolución, no somos el resultado de nuestro pasado. El comportamiento de algunos individuos podría inducir a pensar así, pero eso es sólo una visión superficial de las cosas que no da al ser humano la posibilidad de liberarse realmente. Como veremos más adelante, el pasado condiciona las estructuras del ego, y, por lo tanto, el comportamiento de la mayor parte de las personas aprisionadas en esas estructuras. Pero el ego no es la esencia del ser humano. Esta distinción tiene muchísima importancia, puesto que determina el enfoque del trabajo interior y su eficacia. El pasado condiciona nuestro instrumento de expresión, pero no la esencia de nuestro ser.

Aquí partimos de la premisa de que la esencia del ser humano es el alma, eso es lo que él es verdaderamente: una consciencia superior, divina y perfecta. Somos en esencia seres libres y divinos, lo hemos sido siempre, desde la noche de los tiempos, y lo seremos por toda la eternidad. No somos el resultado de nuestro pasado. Lo que, en cambio, sí es el resultado de nuestro pasado, en cierta forma, es decir, el resultado de nuestro aprendizaje, es, en cada encarnación, nuestro instrumento de manifestación. Identificar al ser humano con su ego es olvidar que es, esencialmente, un alma. Si con frecuencia el ser humano se comporta de forma poco inteligente, discordante y destructiva, si parece incapaz de vivir en paz consigo mismo y con los demás, no es porque sea imperfecto o incompleto; es, simplemente, porque la expresión de su divinidad en el mundo físico está limitada por su instrumento (con el que se identifica casi siempre) que, él sí, es imperfecto e incompleto por ahora.

Nuestro pasado nos ha dado la posibilidad de construir nuestro instrumento; pero, al mismo tiempo, como la construcción está sin terminar, es como si lleváramos sujeta al cuello una argolla, símbolo de esclavitud, que nos impide de momento manifestarnos libremente en los tres mundos. Sólo somos limitados porque estamos realizando el aprendizaje de la construcción del instrumento de manifestación del Ser, es decir, que nos hemos perdido provisionalmente por habernos identificado con el ego. Pero eso estaba previsto en el plan. De lo que se trata ahora es de pasar a la etapa siguiente, sencillamente; o sea, dejar de identificarnos con el ego, colocándolo en el lugar que le corresponde, y reconocer nuestra esencia, que es independiente del tiempo.

Ahora son ya muchos los seres humanos cuya consciencia está empezando a dejar de identificarse con el ego debido a que la construcción de su personalidad está ya muy avanzada. Pero, lo mismo que ocurre cuando se ha construido una casa, que para poder disfrutarla hay que hacer limpieza, retirar los materiales sobrantes y quitar de en medio toda la basura, también nosotros tendremos que eliminar los restos psíquicos, los bloqueos y los sistemas de defensa que hemos ido acumulando en el curso de nuestro aprendizaje, y que ahora nos limitan. De lo contrario, nuestra hermosa mansión, bien construida pero llena de restos de materiales inútiles, de andamios que bloquean la entrada, de herramientas de trabajo, de polvo, de desperdicios que molestan en todas las habitaciones... sigue estando inhabitable; no podemos disfrutar plenamente de nuestra adquisición. Además, todos esos restos nos impiden seguir avanzando, porque, con tantas cosas por en medio, no se puede trabajar. La cantidad de desperdicios puede ser tal que algunos piensen que no hay casa, que sólo hay un montón de basura. (Algunas terapias no tratan más que de las dificultades, olvidando la potencia y la belleza del alma que hay detrás.)

Sí nos tomamos la molestia de quitarlos, conscientes de que algo muy hermoso se esconde debajo, trabajamos sobre seguro, y no tardaremos en descubrir y liberar las riquezas que habíamos construido.

Sin embargo, esa manera de ver las cosas no debe llevarnos a rechazar nuestro pasado y, con él, nuestra sombra, como hacen algunos enfoques espirituales «luminosos» y un poco simplistas de la nueva era. Porque, en efecto, corremos el riesgo de confundirlo todo afirmando que somos perfectos y divinos, y que, por lo tanto, todo va bien, negando el hecho de que falta todavía mucha limpieza por hacer. Es el medio que tiene el ego de recuperar su poder; una actitud que conduce a eludir el verdadero trabajo de liberación interior, alimentando la ilusión de que se está en el camino espiritual. Pero la experiencia de la vida cotidiana no confirma en modo alguno que seamos perfectos; nuestros comportamientos, por el contrario, están muy lejos de ser «divinos». Somos perfectos en esencia, sí, pero tenemos un instrumento de manifestación que está sin terminar de construir. Si queremos realmente manifestar nuestra «divinidad» de un modo concreto, hemos de desprendernos de las limitaciones procedentes del pasado...
 

 

No se convierte uno en iluminado imaginando seres de luz,
sino siendo consciente de las tinieblas.
Carl G. Jung.

Siguiendo la analogía que acabamos de utilizar, el objetivo de este espacio es contribuir a un mayor conocimiento de la estructura y del estado actual de nuestro instrumento (la casa) y facilitarle la llegada al verdadero propietario. Observaremos en especial los desperdicios procedentes del pasado, el lugar que ocupan en nuestra psique y su funcionamiento, para tratar de desembarazarnos de ellos con mayor rapidez, o, mejor aún, para reciclarlos. Entonces estaremos en condiciones de ofrecerle una hermosa casa a nuestra alma, a fin de que pueda morar en el mundo físico y le traiga toda su alegría, su amor y su belleza.

 

6. Aspecto colectivo de la evolución

Con el fin de que los espacios siguientes se comprendan con la mayor claridad posible, deseamos precisar ahora otra cuestión. Por lo que se ha visto hasta ahora, parece como si la evolución de cada individuo fuera independiente de la de los demás. No es así. Seguiremos contemplando el proceso bajo ese ángulo, desde luego, porque permite que cada uno de nosotros asuma la responsabilidad de realizar un trabajo concreto, de franquear ciertas etapas. Pero no debe olvidarse que estamos todos íntimamente vinculados en esencia y que nuestra historia individual se diluirá, en un determinado momento, en la evolución de una consciencia mucho más amplia. En realidad, la humanidad avanza colectivamente y cada uno de nosotros lleva en sí las experiencias de los demás seres humanos. Cuando lleguemos a un mayor nivel de transformación, tendremos que tener en cuenta esta consideración.

Pero ése es un aspecto que emerge de forma natural en el momento adecuado; de nada sirve atropellar los acontecimientos y mezclarlo todo. Para que el proceso de transformación pueda llevarse a cabo realmente (y que no quede en un simple razonamiento intelectual o en una vana esperanza), para que se viva en profundidad y se manifieste en actos concretos en el mundo, lo más práctico es comenzar por lo que se percibe individualmente (que no implica separación, ni mucho menos, como el ego tiende a interpretar). Es un primer paso indispensable que, con frecuencia, ha sido descuidado en buen número de prácticas espirituales.

Según nuestras observaciones, que provienen tanto de la experiencia personal como de la de numerosas personas que han realizado ya un profundo trabajo sobre sí mismas, cuando un individuo ha asumido plenamente la responsabilidad de su destino, cuando conoce en su totalidad sus propias estructuras y las domina lo suficiente, se abre ante él de un modo natural y espontáneo la consciencia colectiva. Comienza a salir de los límites de su consciencia personal y vive la experiencia de una consciencia más amplia; eso no lo conduce a hinchar el ego ni a desconectarse de la realidad, sino que lo induce a aportar al mundo una contribución mayor. No se trata de una teoría ni de una experiencia de trascendencia desconectada de la realidad. Es una experiencia concreta de expansión de la consciencia individual hacia una consciencia colectiva. Pero no se puede vivir esa expansión si antes no se ha definido, construido y liberado el aspecto individual, lo que, paradójicamente, entraña el distanciamiento de la individualidad. Parece contradictorio, pero no lo es; es lo esencial del trabajo. Si el ser humano no realiza esa etapa de forma adecuada, corre el riesgo de extraviarse en fantasías y filosofías gratuitas que lo lleven a desconectarse de la realidad, haciéndole perder su poder de transformación personal y colectiva.

Una vez se ha desarrollado la individualidad, cada ser humano avanza en el camino de la evolución a su propio ritmo. Por eso, en ese estadio, podemos hablar de «grado de evolución». Porque, si bien en cuanto al Ser todos los seres humanos son iguales, igualmente divinos, no ocurre lo mismo con la personalidad. Algunos seres avanzados en el camino de la evolución han adquirido una inteligencia, un conocimiento, una intuición, una sabiduría, un control emocional, mental, incluso físico, que otros están todavía muy lejos de poseer. Digamos que algunos ya se ha licenciado en la Universidad de la Vida, mientras que otros están todavía en la escuela primaria. No hay ninguna desigualdad de fondo; hay, sólo, múltiples niveles de consciencia, alcanzados por distintos individuos en diferentes momentos. Hay que ser conscientes de ello para que, los que están más adelantados, en lugar de hinchar su ego, utilicen sus conocimientos y su sabiduría para ayudar a quienes lo están menos. Tal vez éstos sean más brillantes que aquéllos el día que lleguen a la universidad... Los que están menos adelantados, por su parte, deben reconocerlo con humildad y aceptar la ayuda adecuada de quienes van por delante, sin que ello suponga un desprecio personal, y sin que un orgullo fuera de lugar pretenda reivindicar una igualdad que no existe en el ego.

Cuando se ha establecido individualmente el contacto pleno con el alma mediante un trabajo personal, el ser humano alcanza toda su libertad y su propio poder y, además, se convierte en una especie de antena que ayuda a que el resto de la humanidad realice con más facilidad y rapidez su propio pasaje. Es decir, que, mediante una dinámica natural que detallaremos más adelante, (hablaremos sobre los campos morfogenéticos de información) se convierte en agente de transformación, no sólo de su propia consciencia individual (ésta, al contacto con el alma, se transforma y amplía de tal modo que el propio concepto de individuo pierde su sentido), sino también de la consciencia colectiva de la humanidad. Trabajando en nuestra propia transformación, trabajamos al mismo tiempo por todos nuestros compañeros de camino que, por una razón u otra, no tienen necesariamente la misma posibilidad de hacerlo.

Así pues, aquí abordaremos el trabajo bajo el aspecto de la transformación individual. No obstante, aunque parezca que hablemos de cuestiones personales, ligadas a la historia individual de cada uno, tendremos siempre presente que no se trata sólo de nuestra propia salud, libertad o poder, pues nada de eso existe de manera estrictamente individual; se trata, en definitiva, de la salud, libertad y poder de toda la humanidad.

 

 

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