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Una civilización repentina II

 

Los estudiosos sabían, cómo no, de los contactos que tuvieron los griegos con Oriente Próximo en el primer milenio a.C, contactos que culminaron con la victoria de Alejandro Magno sobre los persas en 331 a.C. Las crónicas griegas contenían mucha información acerca de aquellos persas y de sus tierras (que más o menos se correspondían con las del Irán de hoy en día). A juzgar por los nombres de sus reyes -Ciro, Darío, Jerjes- y los nombres de sus deidades, que parecen pertenecer a la rama lingüística indoeuropea, los estudiosos llegaron a la conclusión de que formaban parte del pueblo ario (“señorial”), que apareció en algún lugar cercano al Mar Caspio a finales del segundo milenio a. C, y que se expandió por el oeste hasta Asia Menor, por el este hasta la India y por el sur hasta lo que el Antiguo Testamento llamó las “tierras de los medos y parsis”.


Sin embargo, no todo era tan sencillo. A pesar del supuesto origen foráneo de los invasores, el Antiguo Testamento los trata como parte integrante de los sucesos bíblicos. Ciro, por ejemplo, estaba considerado como un “Ungido de Yahveh” -una relación bastante inusual entre el Dios hebreo y alguien no hebreo. Según el bíblico Libro de Ezra, Ciro era consciente de su misión en la reconstrucción del Templo de Jerusalén, y afirmaba que actuaba por orden de Yahveh, al cual llamaba “Dios del Cielo”.


Ciro y el resto de reyes de su dinastía se llamaban a sí mismos aqueménidas, por el título adoptado por el fundador de la dinastía, Aquemenes (Hakham-Anish). Y éste no era, precisamente, un título ario, sino uno completamente semita que significaba “hombre sabio”. Por lo general, los estudiosos no han investigado los muchos lazos que podrían apuntar a similitudes entre el Dios hebreo Yahveh y la deidad de los aqueménidas llamada “Señor Sabio”, al cual representaban cerniéndose en los cielos dentro de un Globo Alado, como se muestra en el sello real de Darío

 

 

 

 

 

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