LA BIOLOGÍA Y LA IDENTIDAD DE GÉNERO

La identidad de género (el conocimiento de que uno es varón o mujer y la integración de este hecho en la propia identidad personal) es una característica psicológica muy básica. La identidad de género, ¿está determinada biológicamente (por los cromosomas, las hormonas o los caracteres sexuales anatómicos) o puede modificarla el ambiente?

Según algunos investigadores, la adquisición del papel asignado al género y su identidad básica dependen del ambiente. Muchos de los datos que utilizan proceden de individuos con incongruencias anatómicas que llevan a contradicciones entre sus diversos caracteres sexuales.

Para comprender la identidad de género, conviene entender, en primer lugar, las diferencias entre las seis variables de género:

1) género cromosómico (XX, en la mujer, frente a XY, en el varón).

2) género gonadal (ovarios frente a testículos).

3) género hormonal (estrógenos y progesterona frente a testosterona).

4) órganos accesorios internos (útero y vagina frente a próstata y vesículas seminales).

5) apariencia genital externa (clítoris y vulva frente a pene y escroto)

6) género asignado ("¡es una niña!" o "¡es un niño!") y papel adscrito al género.


Por supuesto, lo normal es que todas estas variables concuerden, indicando, en apariencia, que el género cromosómico determina la identidad de género. Es decir, normalmente, el par cromosómico XX de la mujer ocasiona la diferenciación de los ovarios durante el desarrollo fetal (en realidad, lo provoca la ausencia del cromosoma Y y no la presencia de XX) y los ovarios producen las hormonas femeninas adecuadas, lo que causa, a su vez, la diferenciación femenina de los órganos accesorios internos y de los genitales externos. La apariencia de los genitales externos determina la asignación de género (el anuncio: "¡es una niña!"), lo que induce a criarla como tal.

Sin embargo, una serie de "accidentes" en el transcurso del desarrollo pueden llevar a que el género indicado por una o más variables de éstas no concuerde con el que muestran otras. En estos casos, es posible que el género asignado y la crianza no correspondan al género genético, aunque parezca que el niño acepte el género asignado y se desenvuelva bien en su papel. En consecuencia, losinvestigadores concluyeron que la identidad de género se aprende como resultado de factores ambientales.

Una clase de individuo estudiados por ellos es el pseudohemafrodita, en quien se produce una contradicción entre su aspecto genital externo y cualquiera de las demás variables de género (género genético, gónadas, hormonas o estructuras reproductoras internas). A menudo, en el caso de las hembras genéticas, esta situación proviene de lo que se conoce como síndrome androgenital. En su etapa fetal, los ovarios de estas hembras se desarrollan normalmente, pero, en el curso del desarrollo prenatal, las cápsulas suprarrenales empiezan a funcionar de modo anormal (a consecuencia de una condición genética recesiva) y producen cantidades excesivas de andrógenos.


La diferenciación sexual prenatal no sigue el curso normal. Así, la apariencia externa de los genitales es parcial o completamente masculina: los labios están fundidos, al menos en parte, y el clítoris aparece alargado hasta el tamaño de un pene pequeño. Por tanto, al nacer, estas hembras genéticas se clasifican como varones.

Hay dos casos estudiados de personas de este tipo. Ambos fueron calificados como varones al nacer. Desde entonces, uno de ellos fue educado como varón. Se desarrolló normalmente como tal; actuaba de la forma habitual en grupos de chicos; se interesaba por actividades al aire libre, atléticas y deportivas, y aceptaba sin dificultad el estereotipo del papel del varón en el matrimonio. El otro individuo, a causa de otros problemas médicos, volvió al hospital para someterse a diversos tratamientos, descubriéndose entonces que se trataba de una mujer. Sus genitales externos se modificaron quirúrgicamente para hacerlos femeninos; sus estructuras reproductoras internas eran ya femeninas. Fue educada como mujer, adoptando su papel femenino de manera satisfactoria, aunque tenía tendencias de "viragismo". A pesar de tener un género genético y unos genitales idénticos, estos individuos pueden convertirse en varones o mujeres, dependiendo del género que se les asigne y de su educación.

Parece que el sexo psicológico o el papel asignado al género es aprendido, es decir, se diferencia a través del aprendizaje en el transcurso de muy diversas experiencias al ir creciendo. Podemos reemplazar la teoría sobre la bisexualidad psicológica constitucional innata por el concepto de la neutralidad psicosexual de los humanos al nacer. Esa neutralidad permite el desarrollo y la perpetuación de muchas pautas de orientación psicosexual y de funcionamiento, de acuerdo con las experiencias que cada individuo viva y realice.

La postura que sostiene la "neutralidad psicosexual" afirma que, desde el momento de la asignación de género (de acuerdo con los genitales externos), la virilidad o feminidad se refuerza de manera continuada. La identidad de género puede derivarse exclusivamente de contingencias ambientales, aunque no cabe duda de que los factores biológicos hacen más probables ciertos resultados.

Un descubrimiento importante, relacionado con esta cuestión, es que parece existir un período crítico para la asignación de género y para la formación de su identidad. Hasta los 18 meses, más o menos, el género del niño puede reasignarse casi de manera arbitraria, como en el caso de los pseudohemafroditas, y el niño aceptará el nuevo género, desarrollándose de forma normal de acuerdo con él. Pasada esa edad, la reasignación de género puede producir graves conflictos y es improbable que se produzca un desarrollo normal correspondiente al nuevo género. Todo ello concuerda con la visión de la teoría cognitivo-evolutiva, que afirma que la formación de la identidad de género se produce en torno a los 3 años, convirtiéndose en un concepto perdurable
durante toda la vida.

La postura adoptada algunos investigadores respecto a la neutralidad psicosexual al nacer y la inmensa importancia del ambiente en la formación de la identidad de género no ha tenido una aceptación incondicional. En primer lugar, hay que señalar que, en casi todos los casos que se mencionan como pruebas, la reasignación de género ha ido acompañada por la adecuada terapia quirúrgica u hormonal. Es decir, las características biológicas del individuo se han modificado de manera que correspondan al género asignado. En consecuencia, no parece razonable decir que el género puede asignarse con independencia de las características biológicas de género. En realidad, el éxito de la reasignación depende a menudo de las adecuadas modificaciones anatómicas y hormonales. Más aún, es difícil saber la relevancia de los casos anormales estudiados para comprender el proceso normal de adquisición de la identidad de género.

Otros investigadores contradicen de manera clara la teoría anterior. Estos estudiaron a 38 individuos de una zona rural de Santo Domingo a quienes llaman "güevodoces"; todos ellos presentaban una deficiencia heredada del andrógeno dihidrotestosterona. Los 38 tenían genitales ambiguos, pero 18 de ellos fueron criados como mujeres. Al llegar a la pubertad, sus voces se hicieron más graves, creciéndoles penes y escrotos de tamaño adulto. Este fenómeno es lo bastante corriente en estos pueblos para no considerarlos anormales e incluso la gente utiliza un término para describirlos: "güevodoces".

De los 18 individuos criados como niñas, 16 asumieron sin problemas aparentes el papel del género masculino y la correspondiente identidad de género, casándose y teniendo hijos. Estas observaciones contradicen la idea anterior que dice que los factores ambientales determinan la identidad de género. En cambio, indican que la biología (en este caso, el incremento repentino de testosterona en la pubertad) puede tener una influencia importante en la identidad de género y en época muy posterior a la primera
infancia.

Estos datos han llevado a otros estudiosos a proponer un modelo de interacción sesgada del desarrollo de la identidad de género. Según este modelo, la identidad de género está influida por fuerzas ambientales que interactúan con el equipo biológico del individuo, en concreto, con los genes y las hormonas, y la biología sesga la interacción. O sea, la mayoría de los individuos tiene una identidad de género concordante con su género biológico. Según esta idea, los "güevodoces" constituyen un magnífico ejemplo al respecto.

Este modelo interactivo concuerda con el punto de vista generalizado en la psicología moderna sobre la conveniencia de considerar que la interacción entre biología y ambiente influye en las características psicológicas.

 

 

 

 

 

 

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