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Las ancianas unidas deben cambiar el mundo.

Ésta es una época fabulosa para las mujeres que vivimos la tercera etapa de la vida, sobre todo si nos encontramos en la franja de edad que oscila entre los cincuenta y pico y los setenta y pico. La historia jamás había registrado la existencia de una generación de mujeres que hubiera alcanzado la edad madura como nosotras. Durante la época de procrear, tuvimos a nuestra disposición medios anticonceptivos y el derecho sobre nuestro propio cuerpo en lo que respecta a la reproducción.

En el pasado, muy pocas mujeres pudieron ser sexualmente activas, y al mismo tiempo poder elegir si querían, y cuándo, tener hijos. El derecho a disfrutar del mismo salario por trabajos equivalentes, de poner en marcha medidas que compensaran la anterior discriminación y de la igualdad de acceso a la educación y al mundo laboral, mermaron en gran medida las instituciones y las ocupaciones que en el pasado eran exclusivamente masculinas. Como generación, abrimos de par en par unas puertas por las cuales jamás se había permitido que una mujer entrara. Como personas, pudimos efectuar elecciones personales respecto a cómo y con quién que viviríamos porque teníamos el derecho a decir que no. Las creencias religiosas que defendiéramos, el lugar o la opción de culto, también eran cosas que debíamos decidir nosotras. Por primera vez en la historia a las mujeres se les reconocían sus derechos, y los disfrutaban con una naturalidad tal que parecía que todo eso fuera lo más normal del mundo. Además, también nos beneficiamos de la abundancia de materiales y de los avances médicos, al margen de poseer una esperanza de vida mayor que la de cualquier generación anterior. Disfrutamos de una ventaja de género, asimismo, al sobrevivir a los hombres en todas las edades.

¡Qué influencia tan enorme deberían tener las ancianas en la actualidad! Si tan sólo una de cada diez mujeres del mundo occidental que haya pasado de los cincuenta se implicara en querer mejorar el mundo, podrían haber millones de ancianas activistas alimentando sus filas. Podemos ofrecer nuestra sabiduría, y nuestras prioridades marcarían un punto de inflexión. Las mujeres sabemos que, cuando una comunidad se convierte en un lugar seguro para las mujeres y los niños, todos estamos a salvo. Sabemos que impedir el abuso infantil también les impide a esos niños que, al crecer, maltraten a los demás. No nos sorprende saber que los cerebros de los fetos de las mujeres embarazadas que viven en un estado de terror o pobreza se desarrollan de un modo distinto, como les ocurre a los cerebros de niños y niñas que sufren estas condiciones. Nuestro sentido común nos habla de lo que los investigadores ya han demostrado: los niños y las niñas están más sanos y las familias son más reducidas cuando las mujeres pueden elegir la reproducción, y, si todas las mujeres pudieran acceder al control de la natalidad, eso equivaldría a dar un paso para reducir el problema de la superpoblación, el cual, a su vez, influye en la crisis ecológica que arranca de la escasez de recursos, etcétera.

Las mujeres reaccionan ante el estrés de una manera distinta a los hombres, lo cual nos proporciona una ventaja psicológica y fisiológica a la hora de trabajar para hallar una resolución pacífica de un conflicto, sobre todo en zonas donde desde muy antiguo imperan las represalias y los conflictos. Los hombres reaccionan al estrés con una fisiología adaptada al lema “huye o lucha”: la adrenalina, favorecida por la testosterona, aumenta. Las mujeres, sin embargo, presentan una reacción fisiológica que sigue las pautas de “ocúpate y confraterniza”; la oxitocina (la hormona del lazo maternal) aumenta con el estrés, que viene propiciado por los estrógenos. Las mujeres mantienen alianzas mutuas y eliminan el estrés por medio de la conversación, lo cual nos da ventaja a la hora de mantener conversaciones pacíficas. Como contrapartida, los conflictos entre machos versan sobre la supremacía. Si colocamos a los líderes en una misma habitación para que negocien la paz, el conflicto en cuestión se traslada a una mesa de negociaciones. Por consiguiente, cuando de lo que se trata es de ganar, se considerará una debilidad, o se atribuirá a una estrategia, el hecho de alcanzar una solución de compromiso. La derrota es una humillación en la cual el perdedor se consuela planificando las represalias y fomentando el odio en la generación siguiente. Lo que sí es cierto es que con independencia de quién gane, sabemos que las mujeres y los niños siempre pierden.

Las mujeres sabias y maternales deben involucrarse en los procesos de paz en número suficiente como para cambiar el modelo. En ausencia de esta clase de mujeres, la sabiduría de la anciana se ha visto representada, hasta el momento, por hombres excepcionales que son ancianos, como, por ejemplo, Nelson Mándela, Mahatma Gandhi, Su Santidad el Dalai Lama y Karol Bojtila.

 

 

 

 

 

 

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