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Las ancianas no imploran.

El reconocimiento instantáneo de aquella sonrisa que significa "sé exactamente lo que quieres decir" se oyó un día en que una anciana atrevida presente en un círculo de mujeres dijo: “Yo ya no imploro un gesto de aprobación”. Sin duda alguna se trataba del típico comentario, "de esos que se centran en el pasado, claro, no en el presente", sobre la necesidad imperiosa de satisfacer a un hombre, y todas las que se rieron en el fondo lo reconocían de mala gana. No es que ninguna mujer de la sala admitiera haber implorado en realidad, sino que la sensación les resultaba familiar a todas: el angustioso esfuerzo por complacer y mostrarse complaciente, sin olvidar las preguntas silenciosas que iban parejas al tema: “¿Soy lo bastante buena, o bien lo bastante bonita?”, “¿Te complazco?”.

¡Qué tristes y patéticas éramos durante los horribles años en que nos veíamos raras y pensábamos que nos rechazarían, y cómo nos sentíamos aliviadas cuando éramos aceptadas! Han pasado varias décadas desde los tiempos del instituto, y, sin embargo, muchas mujeres conservan recuerdos vividos de los tiempos en que ser popular importaba realmente. Palabras mezquinas e irreflexivas pronunciadas entonces todavía conservan hoy su veneno. Cuando llevar ropa de la marca adecuada contaba, y cuando todavía importaba más con quién nos dejáramos ver, las amigas sin estilo o poco agraciadas se veían postergadas a medida que se iban formando nuevas pandillas; lo cual ocurría especialmente cuando existían los clubes o las hermandades femeninas. Implorar para que un popular grupo de chicas te aceptara como miembro era el medio seguro de terminar humillada. La inseguridad del adolescente no favorece la compasión; al contrario, fomenta una cruel actitud de superioridad que se basa en denigrar a los demás.

Hubiéramos podido profundizar más, y también extendemos más, por consiguiente, en lo que respecta a aquella conversación sobre ruegos y lamentos, si esta última se hubiera desarrollado en un plano más serio y hubiéramos sacado el tema de los sentimientos que debían albergar las que tenían poder para rechazar a las demás, y sobre cómo eso nos afectó en el pasado y nos afectaba en el momento presente. Tanto las mujeres como los hombres se identifican con el opresor y perpetran en los demás los agravios que les infligieron en el pasado. Reconocerlo en una misma es bastante desagradable, pero cuando asumimos esa idea y la mezclamos con una buena dosis de arrepentimiento y remordimientos, sin duda alguna se convierte en una experiencia de la cual aprendemos muchísimo.

Las mujeres que entran en la menopausia a menudo reviven sentimientos que tuvieron en la época del instituto porque la menopausia guarda similitudes con la adolescencia. Es un período hormonal y fisiológico de transición e incertidumbre en el que la inseguridad sobre el propio atractivo vuelve a asomar la cabeza. Las mujeres jóvenes y las menopáusicas se ven demasiado gordas o demasiado planas, o todo les sobra, o todo les falta. En cuanto a las mayores, también sienten que se vuelven invisibles, en especial si el atractivo forma parte de su magnetismo personal.

Desear complacer es normal. No obstante, estar dispuesta a implorar supera en mucho al querer complacer. Pensad, si no, en la diferencia de comportamiento entre el perro apaleado que se arrastra y mueve la cola al mismo tiempo y el cachorrillo sano que se contonea encantado y ansia complacer. La naturaleza ha hecho vulnerables y graciosas a las crías de todas las especies como señuelo para atraer las cualidades protectoras y nutridoras de los adultos. Todos venimos al mundo para ser amados, lo cual es un ingrediente esencial en el desarrollo del cuerpo y la psique. Si nos aman, nos aceptan y nos tratan bien, no imploramos; actuamos con naturalidad y espontaneidad.

Cuando el suplicar se da entre dos adultos, el miedo al castigo (que puede ser rechazo) existe. Es una relación jerárquica en la que una persona tiene poder sobre la otra y lo ejerce. Implorar es un estado mental psicológico en el cual nos adherimos a otra persona porque nos consideramos seres inferiores y necesitados, sin valor alguno. Es posible asimismo que suplicar sea el resultado de permanecer en una relación basada en los malos tratos que no hemos abandonado en el momento crucial. Sólo una mujer que en realidad sea una prisionera, o cuyo estado le prive de su libertad, tiene que implorar. Las demás necesitan pedir ayuda y salir de ahí.

La desigualdad que se ha formado al amparo de la cultura fomenta la poca autoestima. Con el feminismo las mujeres fueron conscientes de que eso constituye un principio fundamental del patriarcado. Mientras los hombres o los blancos asuman que son superiores automáticamente y que tienen derecho a que les muestren una actitud de sumisión, las mujeres y las minorías sufrirán un trato de inferioridad. La desigualdad lleva al abuso de poder por parte de los que ostentan la autoridad, y eso los daña anímicamente, así como hiere a los que ellos mismos oprimen.

Hay muchas ancianas en la actualidad que no imploran, y todo gracias al feminismo. La igualdad como principio, la elección de la maternidad, la posibilidad de gozar de distintas oportunidades y de contar con el apoyo necesario para convertirse en una auténtica persona hecha y derecha, no pueden considerarse obviedades, ya que nada de todo eso existía en la cultura antes del Movimiento para la Liberación de las Mujeres. Mientras que las mujeres maduras coinciden en que “nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento”.
 

 

 

 

 

 

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