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Las ancianas defienden con coraje lo que debe ser defendido.

Las mujeres tienden a ser más conservadoras cuando son jóvenes, y que se vuelven rebeldes y radicales a medida que maduran, justo lo contrario de lo que les ocurre a los hombres. Las ancianas se convierten en compasivas, firmes y rebeldes activistas cuando se indignan ante el sufrimiento injusto, ante el dolor que causan el egoísmo y la indiferencia de los que tienen el poder y sus subordinados.

Compasión y fuerza surgen ante la visión de personas aterrorizadas, víctima de abusos, indefensa y marginada, cuya situación se considera irrelevante porque carecen de poder o de valor en un mundo en el que el deseo de placer, el deseo de más y el ansia de poder sobre los demás son los principios que rigen.


Las ancianas, por el contrario, viven sintiéndose responsables por el prójimo. Sin embargo, no son ingenuas, ni se niegan a asumir la realidad. Cuando algo en concreto es una atrocidad, y existe la posibilidad de intervenir, llega el momento de la verdad, y entonces nacen las activistas. El sufrimiento de los demás o la sensación de "¡Basta ya!" radicaliza a estas mujeres superiores.

Las mujeres adoptan posiciones radicales gracias a su capacidad de sentir y compartir estados afectivos o emocionales. No les cuesta nada imaginar y experimentar lo que sería sentirse indefenso y ser víctima de malos tratos, sentimiento que, incluso, empeora por culpa de la indiferencia de quienes podrían cambiar las cosas.

La realidad, en lugar de la imaginación, debería ser un espejo en el que ver la verdad de un mundo en el que una de cada tres mujeres es apaleada o violada en algún momento de su vida, y donde la violencia diaria exige que las mujeres se muestren siempre alerta ante esta posibilidad.

Una anciana es una mujer que ha descubierto su voz. Sabe que el silencio es consentimiento. Esta cualidad precisamente es la que vuelve temibles a las ancianas, porque no es la voz inocente de una niña que exclama: “el emperador no lleva ropa”, sino la firme e implacable sinceridad de la mujer madura, que es la voz de la realidad. El ser humano suele ver a través de imágenes ilusorias, pero debe dar "dar un giro" hacia la verdad. Sin embargo, la anciana conoce la decepción y sus consecuencias, y eso la enciende. Su dureza nace en su propio seno, le infunde valentía y la convierte en una fuerza temible.

La fuerte compasión de una mujer anciana es producto de la protección maternal de mamá oso que sienten los que se encuentran alejados de su familia más inmediata. Entre los pueblos indígenas, "abuela" era un título de respeto que se otorgaba a las mujeres mayores, en una sociedad con consejos de ancianas sabias, mujeres que ya habían superado su época de maternidad, con hijos propios adultos y cuya preocupación maternal se dirigía a todos los niños de la tribu y a las generaciones venideras. Todos sabemos que mamá oso protege con fiereza a sus cachorros; lo que ya no es tan conocido es el hecho de que también practica una forma de "amor endurecido" cuando los oseznos ya pueden independizarse, pero prefieren que sea la madre la que les dé el sustento. La fiereza de la osa se manifiesta y los persigue entonces hasta que tienen que encaramarse a un árbol. Al final, cuando deciden bajar, se encuentran solos, y si quieren alimentarse y sobrevivir, tendrán que emplear las técnicas que ella les ha enseñado.

Es el poder excepcional de la madre osa, junto con su preocupación maternal, lo que inspira respeto y miedo. Las criaturas más pequeñas, incluyendo a las madres de la raza humana, poseen asimismo una naturaleza maternal y fiera, pero a menudo no ostentan el poder suficiente como para inspirar temor, ni son lo bastante fuertes como para proteger a sus crías. Sin embargo, y a pesar de que la fuerza bruta todavía es un factor a considerar en ciertas situaciones humanas, la civilización mide el poder en términos económicos y políticos. Es un error infravalorar la pasión de una mujer por la justicia social y por su capacidad de hacer públicos los atentados al amor fraternal y a la moral.

Tanto la maldad de una determinada persona como la maldad social provocan la fiereza de mamá osa. Esta forma última de maldad implica siempre un abuso y la explotación de los demás. La situación se agrava cuando no se tiene en cuenta a una mujer, o se le aplica un castigo cuando saca a la luz la información que posee. Esta traición mayúscula aviva en la anciana el coraje y la bravura en lugar de acallarla, como se pretende con tal actitud.
 

 

 

 

 

 

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