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ADÁN Y EVA
Renunciar al Paraíso
LA HISTORIA BÍBLICA DE ADÁN Y EVA ES UN RETRATO QUE NOS HABLA DE SEPARACIÓN
Y DE PÉRDIDA.
ESTE RELATO SE PUEDE ASIMILAR DE MUCHAS MANERAS. SE PUEDE CREER QUE ES UNA
VERDAD LITERAL; DE LA MISMA FORMA PODEMOS COMPRENDER QUE SE TRATA DE UN
PARADIGMA MORAL; O PUEDE QUE VEAMOS EN ÉL UNA ALEGORÍA DE LA SEPARACIÓN
ORIGINAL DE LA MADRE AL NACER.
MUCHOS NIVELES DE ESTA HISTORIA SON VERDAD, PERO UNA DE SUS ENSEÑANZAS MÁS
IMPORTANTES ES QUE NO
PODEMOS PERMANECER EN EL PARAÍSO PARA SIEMPRE, SINO QUE TENEMOS QUE ASUMIR
LA CARGA DE LA VIDA TERRENAL. LA EXPULSIÓN DEL JARDÍN DEL EDÉN ES LA
METÁFORA POR EXCELENCIA DE LA SALIDA DEL HOGAR
Al este, en el Edén, Dios construyó un jardín y lo llenó con muchas clases
de seres vivientes. En el centro había dos árboles: el Árbol de la Vida y el
Árbol del Conocimiento. Y Dios hizo a Adán y lo puso en el Jardín,
advirtiéndole que podía comer de cualquier fruto que le apeteciera, excepto
del fruto del Árbol del Conocimiento. Y Dios envió a todos los animales ante
Adán, y él los fue nombrando a cada uno; y entonces sumió a Adán en un
profundo sueño. Mientras dormía, Dios tomó una de sus costillas y con ella
hizo a Eva, para que Adán no estuviese solo. Y Adán y Eva andaban desnudos y
felices por el Jardín del Edén, en paz con Dios.
Pero la Serpiente, la más astuta de las criaturas, le preguntó a Eva si a
ella le estaba permitido comer de cualquier fruto que deseara.
—Por supuesto —replicó Eva—, podemos comer de cualquier fruto, excepto el
del Árbol del Conocimiento. Si comemos de ese fruto, moriremos.
—Al contrario —dijo la Serpiente—. Si coméis del Árbol del Conocimiento,
descubriréis la diferencia entre el bien y el mal, y con ello seréis iguales
a Dios. Por eso El os ha prohibido su fruto.
Eva se quedó mirando anhelante al Árbol y sintió una abierta tentación por
la jugosa fruta que la haría sabia. Finalmente, no pudo resistirse por más
tiempo y tomando uno de los frutos, comió de él. Después le dio otro pedazo
a Adán, que también comió. Y, al mirarse uno al otro, se volvieron
conscientes de su desnudez y de la diferencia entre el cuerpo masculino y el
femenino; y se avergonzaron. Rápidamente cogieron algunas hojas de higuera,
que usaron para cubrir sus desnudeces.
En la frialdad del crepúsculo, oyeron la voz de Dios entrando en el jardín,
y trataron de esconderse para que no los viera. Pero Dios llamó a Adán,
preguntándole dónde estaba y por qué se escondía. Adán replicó que había
oído la voz de Dios, pero que tenía miedo. Y Dios le dijo:
—Si tienes miedo, debes haber comido del fruto que te prohibí. Adán se
apresuró a señalar a Eva y dijo:
—Fue la Mujer quien me dio la fruta.
—Sí —replicó Eva—, pero fue la Serpiente la que me tentó y me engañó. Por
esta razón, Dios maldijo a la Serpiente, y expulsó a Adán y Eva del Jardín,
diciendo:
—Ahora que conocéis el bien y el mal, tenéis que marcharos del Edén. Si os
quedáis, podríais comer del Árbol de la Vida y viviríais para siempre. Y eso
no lo permitiré.
Y Dios los expulsó del Edén para que anduvieran por la tierra, y los maldijo
diciéndoles que de ahora en adelante Adán debía vivir con el sudor de su
frente, y que Eva sufriría los dolores del parto. Y al este del Edén Dios
puso un querubín con una espada flamígera, para guardar la entrada al Jardín
del Árbol de la Vida.
COMENTARIO.
Ambos nombres., «Adán» y «Eva», significan «vida». Con ello se nos está
diciendo desde el comienzo de qué trata esta historia: del proceso por el
cual entramos en el mundo terrenal y vivimos nuestra vida como mortales.
Como castigo por su desobediencia, Adán y Eva deben sufrir las dos cargas
que todos los adultos encaran a uno u otro nivel: trabajar para ganarse la
vida y convertirse en padres.
En cierta manera, esta historia describe la primera pérdida que debemos
enfrentar: la separación del útero materno al comienzo de la existencia. En
la matriz, la vida es agradable y sin estrés ni ansiedad. No se necesitan
ropas, ya que no hace calor ni frío extremos, ni se experimenta hambre ni
sed. La vida es tranquila, sin soledad, conflicto ni sufrimiento. Y a
continuación se presenta el trauma del nacimiento. Lo mismo que Adán y Eva
son lanzados intempestivamente del Edén, del mismo modo le sucede al niño
que experimenta su primera prueba de soledad y de dolor físico.
Pero el nacimiento no está limitado únicamente a la salida del niño de la
matriz. También «nacemos» cuando comenzamos a darnos cuenta de que somos
seres independientes que tenemos pensamientos, sentimientos, sueños y metas
diferentes a las de nuestros padres. La familia puede verse como una especie
de Edén, en el que el niño puede recibir el amor y la protección de los
padres, sin la carga de tener que enfrentarse a los desafíos materiales y
sin el dolor de la soledad, los conflictos y las luchas de los adultos.
Pensamos como nos dicen que lo hagamos, sentimos como nos piden que
sintamos, y actuamos sin cuestionar las normas y valores que nos dan. Todo
está en paz dentro de la familia hasta que el niño, al alcanzar la pubertad
y ante el umbral de la edad adulta, busca su propio conocimiento del mundo:
el fruto prohibido que nos hará como Dios.
En otras palabras, a medida que saboreamos las experiencias de la vida y
descubrimos nuestro poder físico, emocional y mental, conquistamos el
derecho de tomar decisiones y asumir responsabilidades, convirtiéndonos de
este modo en iguales a nuestros padres. Hemos de hallar nuestro propio
camino; y puede que nos sintamos atemorizados y avergonzados. Y muchos
padres —algo parecido a lo que ocurre con Dios en la historia— sienten que
esto es un terrible desafío y una abierta burla a su autoridad. Este joven
es expulsado de la unidad de la psique familiar para ir a parar al mundo
duro y frío de la individalidad independiente, para nunca más entrar en el
mundo mágico y amable en el que padres e hijos son uno.
Los sentimientos y las experiencias sexuales constituyen procesos
iniciáticos importantes, y por medio de ellos probamos el sabor de la fruta
y descubrimos nuestras naturalezas individuales. Pero esta historia no se
limita a describir el sexo solamente. El conocimiento del bien y del mal se
refiere a hacer elecciones de acuerdo con nuestros valores individuales. En
el fondo, todas nuestras elecciones, incluyendo las sexuales, reflejan
quiénes somos como individuos singulares. Pero junto con este descubrimiento
llega el dolor de la separación, ya que inevitablemente encontraremos áreas
de conflicto, incluso con los seres que más amamos.
Tarde o temprano, deberemos cuestionar las convicciones de nuestros padres,
tomar nuestras propias decisiones y asumir las consecuencias. Estas
elecciones pueden significar una dirección vocacional especial, la decisión
de asistir a la universidad o no y una determinada relación que anhelamos
mantener a pesar de las advertencias de nuestros padres o la expresión de
las ideas y sentimientos que causan conflictos en el seno familiar. Sean lo
que sean, en determinado momento tenemos que arriesgarnos a experimentar la
separación psicológica y la soledad de la vida fuera del Edén.
Nuestra llegada a la edad adulta puede traer consigo muchos sentimientos de
pérdida, aislamiento, vergüenza y culpa. Esta puede ser una de las razones
por la que numerosos estudiantes universitarios sufren depresiones, crisis
nerviosas y sentimientos suicidas cuando se aproxima el momento de los
exámenes, pues ha llegado el momento de salir al mundo, y el dolor de dejar
atrás la niñez y la inocencia, en algunos casos, puede ser extremo. Para los
jóvenes que se hallan ante ese umbral, dependerá mucho del modo en que
nosotros, como padres respondamos ante la insistencia de la Serpiente que
hay dentro de nuestros hijos. Si consideramos su necesidad de saborear la
vida como un pecado contra nuestra autoridad y nuestra visión del mundo,
estaremos aumentando la carga de sufrimiento que pesa sobre ellos y les
infundiremos el sentimiento de que son culpables y proscritos. Cualesquiera
que sean nuestros códigos morales y sexuales, puede que tengamos que
reconocer que nuestros hijos deben —y quieren— encontrar un modo de
desarrollarse a sí mismos. Todo lo que podemos hacer es proporcionarles el
mejor ejemplo que podamos y ofrecerles generosamente amor, apoyo y
comprensión. Y si podemos reconocer que también la Serpiente fue creada por
Dios y que su instigación a probar la fruta es lo que le da a todos los
adultos jóvenes el ímpetu a perseguir sus potenciales y a tomar el lugar que
por derecho les corresponde en la vida, puede que, en definitiva, seamos
menos desconsiderados que el Dios del Génesis. De ese modo podemos ayudar a
nuestros hijos a reconocer que la unidad y la paz emocional y espiritual
puede en realidad hallarse en nuestro propio interior, incluso fuera de los
límites del Edén. |
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