La Página de la Vida / www.proyectopv.org Página Principal

   Recibe tu Boletín            Vídeos             Libros, presentaciones, posts...

 
   
 
 
 
 
Búsqueda personalizada
 
 

 

 

 

LA MEDITACIÓN EN LA VIDA ESPIRITUAL

Se comprenderá que este trabajo hay que hacerlo reli­giosamente, meticulosamente, con la precisión de quien está ejecutando una obra sublime y precisa, que no puede andarse con fantasías ni deseos, sino que ha de hacer una obra positiva, concreta. Esto produce un cambio completo en la perspectiva de la aplicación de la vida espiritual a nuestra vida diaria, porque entonces es cuando uno realmente des­cubre que la vida espiritual es el centro de toda la actividad y que ese Dios no es un Dios moralista que está allá lejos, esperando a comprobar si hacemos el bien o el mal, sino que es un Dios que está participando en nuestra vida diaria, en todos los incidentes de nuestra persona y de todo hecho exterior.

Se trata de un Dios enormemente próximo, es el Dios que hace que nuestro corazón funcione, es el Dios que nos hace respirar, que nos hace sonreír, que nos hace vivir a cada instante de nuestra vida; es entonces cuando vamos reconociendo que Dios es realmente el centro de cada ins­tante en nuestra existencia, y eso realmente nos transfor­ma, porque, a medida que uno lo va cultivando, conduce a sentirse cada vez más unido a ese Dios, a sentirse más cer­ca, más próximo, más uno mismo con Él.

Y, a medida que uno se acerca a Dios, o que uno permite que Dios se exprese de un modo más directo y consciente dentro de uno, entonces los estados negativos desaparecen de un modo instantáneo. El estado negativo no es algo que hay qué eli­minar; solamente hay que dejar que lo positivo aparezca y se exprese, de la misma manera que la oscuridad no es algo que hay que sacar, sino que tan sólo hay que permitir que entre la luz, y, así, la oscuridad desaparece, porque la os­curidad nunca fue nada. Asimismo, los estados negativos nunca han sido nada, son meros fantasmas en nuestra mente, fantasías que tomamos por realidades absolutas y que, por este motivo, nos asustan. Ello es debido a que nos hemos desconectado de lo que es nuestro eje central, de lo que es nuestro ser de verdad, este ser que está siendo constantemente manifestado, expresado, exclamado por Dios, este ser que participa de esa naturaleza divina, y, por lo tanto, es en sí absolutamente, totalmente, íntegramente positivo.

En nuestro ser no hay absolutamente nada donde pueda entrar el temor, la inseguridad, la angustia, el miedo. Todo esto son productos de nuestra mente. Por el hecho de que esa reali­dad profunda ha quedado detenida, nos hemos puesto a pen­sar en otras cosas y las hemos vivido, las hemos experimentado, las hemos nutrido con nuestra única realidad. Y, como en uno hay esa exigencia de Dios, que quiere expresarse de un modo más directo, entonces uno se encuentra inadecuado con su modo de sentir habitual, con el modo de hacer, y esa contradic­ción entre Dios que quiere expresarse de un modo directo y ese modo particular propio de construirme a mí mismo, por el cual uno se ha identificado con las cosas del mundo -y que también es Dios, de un modo más indirecto- esa contra­dicción, esa contraposición es lo que produce aparente­mente esos estados negativos.

Así pues, debemos meditar, para que nuestra mente sepa de un modo real y profundo, es decir, no para que uno sepa, sino para que se instale esa verdad y uno la perciba de un modo real. Insistimos sobre esto, porque hay muchas personas que creen que, cuando ya entienden una cosa, no es necesario proseguir el trabajo mental. La mente ha de penetrar den­tro de las verdades, si queremos que esas verdades puedan penetrar dentro de nuestra vida diaria. Y este trabajo de pe­netración requiere meses de práctica asidua, para entrar más y más, aunque a uno le parezca que ya no hay absolu­tamente nada más que ver y comprender.

 

 

Menú de este tema

Home