LA ESPIRITUALIDAD CRECE EN LA MEDIDA EN QUE SE PRACTICA

Estamos constantemente teorizando sobre lo religioso, pero, de hecho, a la hora de vivir, lo religioso no nos afecta tal vez de un modo total, de un modo suficiente. ¿Por qué? En el curso del desarrollo interior, existe un principio en virtud del cual la persona vive como más real aquello que está alimentando durante más tiempo con la mente, aquello que está alimentando con más cantidad de energía.

Cada vez que estamos atentos a algo, que soy consciente de algo, aquella zona que se refiere a este algo se está vita­lizando con la energía que mi mente dirige hacia allí. Si pensamos un rato en Dios, aunque sea en la forma clásica, pero, después, durante las dieciséis horas que estamos más o menos despiertos, estamos pensando y atentos a nuestra mente, a nuestras obligaciones, a la gente con quien tratamos, a la comida, a los problemas económicos, en definitiva son estos aspectos los que van adquiriendo un carácter de realidad, de fuerza, en nuestra mente, y no lo que llamamos mundo espiritual.

La vida espiritual crece, se dinamiza, en la medida en que nuestra mente la alimenta, la nutre con la energía. La ener­gía es lo que nos da la noción de realidad. Si pudiéramos estar atentos a la noción de realidad superior y, al mismo tiempo, mantener la atención hacia el mundo exterior, para nosotros Dios sería tan real, lo viviríamos con tanta fuerza, como lo es ahora el mundo exterior. Esto es algo muy importante, porque se trata de una ley mecánica, una ley de desarrollo psicológico.

No se puede esperar una transformación en el aspecto espiritual si la persona no tiene una nutrición sufi­ciente en su mente en ese aspecto espiritual. Al decir nu­trición, no me refiero a que la persona se limite a leer sobre la materia y hable sobre la materia, sino a que esté atenta a lo que intuye como espiritual. Si estamos tratando de estar atentos a la noción de Dios, esa noción de Dios en nosotros se irá haciendo fuerte, sólida, real, crecerá y pesará en nuestra con­ciencia y en nuestra conducta. Si no pensamos, no dirigimos nuestra aten­ción a ese orden de realidad, entonces, para nosotros, Dios será una idea muy elevada, cualitativamente muy alta, pero cuantitativamente poco eficaz.

A partir de aquí parece que surge el primer gran pro­blema: si esto es así, quiere decir que tenemos que dedicarnos a partir de ahora a hacer una vida contemplativa, a entrar tal vez en un monasterio, porque de otro modo no hay for­ma que uno pueda dedicarse a cultivar esa conciencia men­tal de lo espiritual. No, afortunadamente hay otro medio para que podamos desarrollar esa conciencia de lo espiritual y, en consecuencia, su fuerza en nuestra vida y en nuestro interior.

Ese modo consiste en que aprendamos en nuestra vida diaria a ensanchar la actitud mental, de manera que seamos cons­cientes simultáneamente de lo exterior y de lo interior, que aprendamos a estar conscientes de la noción de Dios y del he­cho concreto de cada momento, de lo que decimos exteriormente, pero también de Dios en uno y de Dios en el otro. Tenemos que ensanchar nuestra conciencia de manera que podamos percibir simultáneamente lo perceptible más el trasfondo o base espiritual de aquello que percibo.

Un modo práctico de realizar esto, es decir, lo que aconsejaríamos a toda persona que desee cultivar de veras la vida espiritual, es que la persona se obligue a dedicar un mínimo de media hora diaria. Hay que dedicar algo de tiempo a lo que uno considera que es importante. Y, si uno afirma que es importante, pero después no cree que eso merece ese tiempo, hay aquí una contradicción, aunque la persona aduzca motivos de trabajo, de horarios, de fami­lia, o de lo que sea.

 

 

Menú de este tema

Home