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LA ORACIÓN VERDADERA

Casi nadie sabe qué es realmente orar. Para unos la oración es un rezar oraciones mental y mecánicamente y, para otros, pedir cosas sin conocimiento alguno. Para los que se creen más avanzados y profundos la oración es un grito hacia Dios, un desbordamiento emocional y mental, que se produce por esa “unión” y de ese “contacto” con Él, y que muchas veces trae consigo lo que se suele llamar en medios doctrinarios como “el misterio de las lágrimas”. Pero es necesario superar esta forma tan limitada de “oración”. Todas estas variantes son estaciones en las que un ser humano puede permanecer, senderos que se pueden recorrer. Pero no son los únicos caminos y, sin duda alguna no son el principio de la andadura espiritual.

El objetivo de la oración es para muchos tratar de obtener algo de una entidad que cree superior y en condiciones de conceder lo que se cree que se necesita. Pero esta entidad, que generalmente se entiende como Dios, no tiene nada que ver con la mezquindad de nuestras vidas. Sin embargo, sucede que, por la propia actitud de la persona que “ora” y por lo que desea, se origina un estado de paz, de quietud y de receptividad, que desvanece, hasta cierto punto, la confusión mental. Ocurre que es el propio subconsciente quien responde.

La voz interior suele ser en muchas ocasiones la respuesta que la propia persona quiere darse a sí misma, para lograr cierta calma y serenidad mental. Ese estado beneficia, sin que ello signifique ninguna conexión con una realidad superior positiva que le trascienda. También se produce una profunda concentración cuando, en la angustia, se pide una ayuda externa en actitud de humildad y de expectación. A esa concentración se le llama, casi siempre, oración. Pero no es tal, pues la concentración es pura exclusión, es el rechazo de los pensamientos y de las ideas le obstaculizan y desvían de lograr el objetivo perseguido. Y esa no es nada más que una actitud combativa.

La oración es comprensión, comprender sin excluir ni suplicar. Comprender y, en la comprensión, hallar la paz y la liberación de lo comprendido. Sólo entonces se le otorga el verdadero valor a las cosas. El primer paso de la oración es el propio conocimiento. Esto significa la plena consciencia de la actividad cotidiana, en el obrar, en el sentir y en el pensar. La oración carece de significado sin el propio conocimiento que conduce al verdadero pensar y éste a la verdadera acción, acción que siempre es precedida de la calma y de la ausencia de confusión y divagación mental. En este estado, el ser humano se encuentra atento, perceptivo y libre de la necesidad de pedir soluciones externas sin verdadero valor.

Pero sí que puede establecerse una verdadera comunicación cuando, en el silencio de la mente, se es consciente del movimiento del pensar y del sentir. Entonces se revelan los diferentes estratos que componen al ser humano, los superficiales y los profundos inconscientes. Entonces, sin confusión ni problemas, algo, que se encuentra fuera del tiempo, nos ilumina.

Nuestra labor se encuentra en elevar nuestra consciencia para que el Padre, la verdad, la realidad, o como queramos llamarle pueda entrar en ella y obremos adecuadamente en nuestra vida. La oración es abrir la consciencia a Dios y relacionarse conscientemente con Él. Se podría llamar también meditación trascendental, pues supone vivir en meditación y a la vez trascender lo que se percibe a través de las puertas de los sentidos. Sólo si se abre la consciencia a Dios, si se ora, se obra adecuadamente en la vida. La oración debe ser consciente, llena de sensibilidad y de conocimiento, que no deja espacio para los estados patológicos y enfermos que alimentan esa “oración” ignorante promovida por grupos doctrinarios. Quienes están influidos por estas asociaciones y por sus doctrinas buscan normalmente en la oración estados alterados en los que gozar de un placer exquisito o bien la utilizan para pedir, casi siempre, absurdos descabellados.

Muchas personas creen que la oración es entrar en contacto y unirnos a Dios. Y no es un planteamiento del todo inadecuado. Debemos ser conscientes y obrar adecuadamente, y esta es la actitud que nos abre al Padre y a sus mundos de Luz.

No se puede aprender a orar con el simple conocimiento teórico. Sólo existe un medio, y este es el ejercitamiento. Todas las explicaciones sobre la oración son completamente estériles si no vivimos en oración. Por lo demás, es muy difícil, prácticamente imposible, explicar con claridad qué es la oración, porque se trata de un secreto que sólo conocen y comprenden quienes lo experimentan en su vida.

Muchas personas tienen un auténtico problema con la oración, pues rechazan toda posibilidad de relación personal con el Padre, con el Ser Trascendente y Supremo, con el Absoluto. Conciben a este ser como un principio universal, y no como alguien con quien podamos tener una relación personal. Pero Dios es alguien. Alguien con quien nosotros, que también somos alguien, podemos y debemos entrar en relación. Esto implica un dirigirnos al él en tanto que persona, no sólo como un principio impersonal del que aprovechamos algo. Decir que Dios es alguien quiere decir que es un Ser dotado de inteligencia, amor, voluntad y acción. Y en este sentido no sólo es alguien sino que además es el Único, porque toda voluntad, todo amor y toda acción proceden de esa Voluntad, Inteligencia y Amor.

La oración es una apertura de nosotros mismos a alguien que es mayor que nosotros mismos. Es una expansión de nuestro interior, una comunicación profunda, esencial, con la misma fuente de nuestro propio ser. Muchas personas intentan sinceramente orar pero, por un motivo u otro, no lo hacen. Algunas de ellas creen que no son lo suficientemente limpias como para acercarse a Dios. Pero nada puede impedirnos abrirnos y entrar en la intimidad de Dios por medio de la oración. Todos los seres humanos sufrimos flaquezas, fracasos e imperfecciones. Sería una lástima si a causa de estas dificultades no nos estuviese permitido participar de la intimidad salvadora de Dios. Por suerte, está siempre a nuestro lado para acogernos a pesar de todo, pues su amor es infinitamente mayor que el que una madre pueda tener con sus hijos.

Quien no ora, en realidad, no es espiritual; la calidad de la vida espiritual depende de la calidad de la oración. Orar es muy sencillo, es abrirnos a Dios, es gozar de Dios. Pero sencillo no es sinónimo de fácil. Cuando una persona ve a otra orar, si no tiene ideas preconcebidas que le repriman, difícilmente dejará de percibir una necesidad íntima de hacer lo mismo, de orar también ella para satisfacer una misteriosa necesidad de Dios. El sentimiento que nos hace orar es siempre muy íntimo y proviene de las entrañas mismas del ser. Para algunos, Dios no pasa de ser un concepto, para otros es un mito. Pero para quien tiene la felicidad de “conocerle”, Dios es la realidad, la verdad, el epicentro y la explicación primera y última de todas las realidades.

La vivencia de Dios, terrible y fascinante al mismo tiempo, toca al ser humano en su esencia. Brotan entonces de sus entrañas sentimientos de reverencia, amor y confianza. Al darnos cuenta de las dificultades que tenemos para vivir espiritualmente le pedimos. Entonces orar se vuelve una súplica confiada. Igual que un niño, que incapaz de alcanzar alguna cosa le pide a su madre que le aúpe un poco, también nosotros al ver nuestra propia realidad le pedimos a Dios ayuda. Aunque éste sea un acto muy humano, porque Él está siempre a nuestro lado y sabe lo que necesitamos aún antes de que nosotros lo sepamos.

Claro que Dios podría hacernos el trabajo que hemos venido a hacer, pero no sería lo más adecuado. El ofrece una absoluta libertad a sus hijos, el libre albedrío. Si una madre con excesiva solicitud no diese la oportunidad a su hijo para que él mismo viviese su propia vida le estaría haciendo un flaco favor.

Dios está cerca, no nos tenemos que agobiar por nada; en lo que creamos en consciencia apropiado debemos presentarle nuestras peticiones con esa oración y esa súplica que incluyen la acción de gracias. Pero somos muy frágiles. Después de prometer y asegurar fidelidad al camino del bien y del obrar adecuados, volvemos a recaer en nuestra natural miseria. Si no supiéramos que la mayor alegría de nuestro Padre es perdonar y acoger sin reprimenda y con gran ternura al alma arrepentida, probablemente nos desesperaríamos y nos abandonaríamos definitivamente. Pero como la justicia de Dios se llama “misericordia infinita” y “amor sin medida”, encontramos ánimos para pedir perdón no sólo una vez, sino muchas veces al día. La certidumbre de su perdón y de su acogida amorosa cambia la accidentada vida de la persona espiritual en un confiado y seguro camino hacia la Luz.

La experiencia de la auténtica oración sólo puede conocerla quien la vive. Por su propia naturaleza escapa completamente a la comprensión de quienes se acercan a ella de un modo meramente intelectual, o a través de lecturas. Filósofos, psicólogos y hasta teólogos que no vivan espiritualmente fracasan en sus intentos de describirla teóricamente. Orar no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho. El corazón es un lugar especial de la oración porque es en esta región del ser humano donde sucede la unión, el encuentro de una persona hecha para otra Persona. Orar es estar con nuestro Padre, permanecer en su compañía, conversar con él, dialogar... con palabras, con actitudes, con gestos, con sentimientos, con obras. Es, en fin, estar ahí junto a Él, sencillamente porque le amamos y le necesitamos para ser conscientes y obrar adecuadamente.

Hacer oración es abrir nuestra consciencia a Dios, es decirle nuestro amor con palabras o sin ellas, con sentimientos amorosos o en estado de aridez, tal como Él mismo nos inspira y nos ayuda, porque sin Él sería imposible orar. En realidad, sin Él no podemos ni orar ni vivir espiritualmente.

Para entrar en la intimidad divina es necesario disponer de algunos espacios de tiempo tranquilos para “recoger” la propia vida y “acoger” a Dios. La verdadera vida de oración siempre supone un tiempo destinado únicamente a ella, sería ilusorio pensar que basta el espíritu de oración para que ya todo se vuelva oración. Cuanto más constante, vivo, pleno y profundamente vivenciado es el tiempo destinado a la oración tanto más influye su resonancia en todo el resto del tiempo y por tanto en la vida. Pero la verdadera oración no se reduce a episodios más o menos frecuentes de la vida de una persona, sino que es una característica fundamental de su vida.

Debemos orar porque lo necesitamos. Lo necesitamos porque en nosotros hay una necesidad de esa comunicación plena, total, perfecta. Y sólo Dios cumple totalmente esa función de ser alguien con quien podemos entendernos del todo. Existen cosas en nosotros que nunca podremos comunicar a otras personas, no porque sean íntimas o privadas, sino porque son incomunicables. Ciertos impulsos, ciertas aspiraciones, ciertos matices interiores son totalmente inexpresables a través de los sentidos, aunque puedan ser intuibles. Pero en nuestra comunicación con Dios expresamos constantemente todo este contenido interno y, a su vez, vamos aprendiendo nuevos conocimientos sobre la vida insondable de Dios.

La oración es un medio para ensanchar la consciencia y obrar adecuadamente. Orar significa romper una barrera que hay en la mente y en el corazón que mantiene encerrado al ser humano dentro de una idea y de un sentimiento de aislamiento. Cuando somos y estamos con Dios y en Dios nos comunicamos con alguien infinito. Y esto supone un ensanchamiento, un crecimiento y una expansión de nuestra inteligencia y de nuestro corazón. Es algo parecido a la misma expansión que tiene el niño pequeño totalmente confiado que se dirige a su madre. La madre lo es todo para él, y él está allí comunicándose del todo, no se siente como algo separado, distinto, más pequeño que la madre. El niño va a la madre y se abre, se ensancha todo él, se lanza a sus brazos sin problemas.

Cuando estemos en oración debemos estar realmente en oración, no tenemos que hablar para nosotros mismos ni para el aire. Muchas veces lo que se llama oración es un simple monólogo o exclamación en voz alta, y esto no es oración ni lo ha sido nunca. Nos debemos dirigir a Dios, a ese ser que no sabemos quién es, pero que intuimos que es el Padre, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todo nuestro corazón.

Esta es la primera parte esencial de la oración: que nos situemos ante la presencia del Padre, que nos situemos ante esta intuición de Absoluto. Pero que esta presencia no sea sólo una idea, sino que todo nuestro ser se abra completamente a esa intuición y a esa necesidad que hay en nosotros del Ser Total.

Vivir en oración es fuente de libertad interior. Todas las manifestaciones de la vida –deseos, emociones, trabajos, sufrimientos...- quedan tocadas por la oración, o sea por la consciencia y el amor. Todo cuanto se hace, se piensa o se siente adquiere un halo de significado, de belleza y de tranquilidad. La vida se unifica en torno al amor y a la belleza suprema, Dios, y la vida adquieren su sentido. La persona vive mejor, más feliz. Pero vivir en oración no significa tener el pensamiento ininterrumpidamente vuelto hacia Dios. Esto es imposible y tampoco es necesario. Cuando alguien está alegre o triste no necesita acordarse de ello para saber en qué estado se encuentra. Quien ama a alguien apasionadamente no necesita evocar con insistencia el recuerdo de esa persona para darse cuenta de que la quiere. Vivir en oración es un estado de consciencia que orienta la vida y le comunica un toque característico a todas las actividades. Una vida espiritual siempre se concreta en la oración, pues significa andar el camino que lleva hacia la Luz.

 

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