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La
unidad.
La
estabilidad de la unidad proviene del espíritu de igualdad e identidad, de
los valores nobles personificados en los principios universales
fundamentales. La grandeza de la unidad es que se respeta a todos. La unidad
crea la experiencia de cooperación, aumenta el fervor y el entusiasmo por
la tarea y hace que el ambiente sea poderoso y facilitador. Una
reunión carece de unidad mientras no haya armonía dentro del propio ser y
entre las personas del grupo. Así como un músico necesita ensayar a solas
con su instrumento antes de formar parte de una orquesta sinfónica, la
persona necesita soledad para estar en contacto con su capacidad, su
potencial y su especialidad antes de unirse al grupo. Para que haya
eficiencia individual, se necesita que haya claridad y limpieza en las
motivaciones e intenciones. Mirar hacia el interior ayuda a armonizar
pensamientos, palabras y acciones. La persona puede entonces adaptarse
según sea necesario. Esta integración personal mantiene al individuo “sintonizado”. La
orquesta crea consonancias de sonido gracias a la combinación de las
distintas cadencias rítmicas de cada uno de sus instrumentos. De la misma
forma, un grupo se vuelve dulcemente armonioso cuando cada persona adopta el
poder de acomodar las capacidades y especialidades de los demás ; las
entona con el propio ser, y luego se combina con la orquesta. La unidad se
mantiene al concentrar energía para dirigir el pensamiento, al aceptar y
apreciar el valor del conjunto de participantes y la contribución única
que cada uno puede apuntar, y permanecer leal no sólo uno al otro sino
también a la tarea. Este enfoque positivo construye gradualmente un “crescendo”
a medida que se experimenta la unidad en la diversidad; y como la unidad
inspira un compromiso personal más fuerte y un logro colectivo mayor, ¡se
pueden crear tanto la danza como la música! Una
muestra de descortesía puede causar una ruptura en la unidad. Interrumpir a
los demás, criticarlos de forma destructiva y prolongada, vigilarles o
controlarles son acordes estridentes que golpean duramente los vínculos y
las relaciones. El ego y la inferioridad producen sonidos disonantes. Esta
disonancia puede escucharse fácilmente o de forma muy sutil, y se puede
encontrar desde el dilatarse en las debilidades de los demás
y en la sed de ser reconocido hasta en los celos, la inseguridad y
las dudas. A veces, por detalles insignificantes, las personas se vuelven
agresivas, se disgustan, se enojan o se ponen violentas; entonces se
desintegran en pequeños grupos, provocando oposición y conflictos. Después
se hace esencial volver a afinarse. Una
necesidad humana básica es el sentimiento de pertenencia, de formar parte
de un todo unificado. La gente no quiere permanecer aislada, sin pensar en
el mundo que los rodea. También es muy humano interesarse en otras personas
y otras culturas así como tener un profundo sentimiento de compasión por
el sufrimiento e injusticias que se infringen a los demás. Por tanto, forma
parte del instinto humano el querer estar juntos y formar agrupaciones
naturales o estructurar reuniones que proporcionen una plataforma común
para hablar unos con otros. De esta forma, la gente aprende a conocerse, a
comprenderse y a ayudarse mutuamente. Esto es válido tanto para los
individuos como para las naciones. Consciente o inconscientemente, elegimos
estar juntos para actuar juntos. Hoy
en día, nuestra curiosidad se satisface con la ayuda de la televisión y
los medios de comunicación, porque nos traen a las personas y culturas de
todo el mundo a la mismísima sala de estar de nuestra casa. Si esto no es
suficiente para algunos, ¡viajar puede darnos experiencias directas! La
humanidad puede enorgullecerse de sus virtudes y de su ingenuidad. Sin
embargo, junto a todo lo bueno, la humanidad es igualmente culpable de sus
vicios. Cuando se ven a los hermanos como “enemigos”, la energía vital
se dirige de manera equivocada y el hogar de la unidad se estremece
constantemente. Como resultado, la humanidad no ha podido sostener la unidad
en contra de los enemigos comunes: las guerras civiles, los conflictos
étnicos, la pobreza, el hambre y la violación de los derechos humanos. Para
crear unidad en el mundo hay que comenzar por cambiar la conciencia
individual. Esto requiere que el intelecto humano se aleje del conflicto y
la confusión –de manera progresiva durante un cierto lapso de tiempo-
para concentrarse en direcciones positivas. Tal foco interno no aísla al
individuo, al contrario, hace lo opuesto: lo acerca a los demás, y en este
acercamiento, en esa humanidad compartida, hay una fuerza colectiva para
explotar y sostener una transformación fundamental y constructiva. |
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