La sociedad policial y las cárceles

En nuestro vivir cotidiano se van asentando una serie de prácticas, leyes y disposiciones que nos convierten en colaboradores –voluntarios u obligados- con políticas que fomentan el miedo, la insolidaridad, etc. La mayoría de actividades que se realizan –quienes las realicen, porque algunos ni pueden- por pequeñas e insignificantes que sean, quedan registradas en detalladas bases de datos. Sanidad, Seguridad Social, Ministerio de Trabajo, Guardia Civil, Hacienda, Telefónica, Instituto Nacional de Estadística, ficheros de empresas privadas, entidades financieras, Justicia e Instituciones Penitenciarias, Servicios Sociales… Hasta se controla informáticamente el absentismo escolar.

La cárcel y todo lo relacionado con ella –lo carcelario- es una muestra del poder y la dominación de los Estados, un mensaje de disuasión para hacer cumplir su Ley, una amenaza del duro castigo de la cárcel para quien no se someta. El Estado presenta a la cárcel como un lugar en donde no existen personas normales, sino malas, y convierte la imagen de la prisión en algo espantoso.

El sistema carcelario hace valer una nueva forma de Ley: “la norma”. Para el Estado, los delincuentes no sólo atacan al interés común de la sociedad, sino que además se apartan de la “norma”. Apoyándose en la norma, el Estado consigue perpetuarse en su sistema injusto e incuestionable, y también logra que la sociedad vea como legítimo y natural el poder del Estado para establecer normas y castigar.

El sistema carcelario, por otra parte, fabrica la delincuencia, pues el Estado necesita la existencia de la delincuencia para justificar la presencia constante de sus fuerzas represivas. Es más, necesita de la delincuencia para justificar su existencia en cuanto a garante del orden y de la ley. Lo carcelario, al estar presente en la sociedad y mezclar sin cesar la técnica disciplinaria con el derecho a castigar –en los orfelinatos, correccionales, reformatorios, batallones disciplinarios, asistencias sociales, prisiones, hospitales, psiquiátricos, asilos… transforma la sociedad haciéndole ver algo natural y aceptable el ser castigado.

En las cárceles actuales se sigue torturando a las personas con los mismos métodos que antiguamente, como por ejemplo las palizas, las drogas, las celdas de aislamiento, no permitirles visitas, el trato degradante por parte de los carceleros, dispersión de los presos que los incomunica totalmente de sus familias y amigos… con todo el mal que esto comporta.

En las cárceles se permite el consumo de estupefacientes para facilitar el control interno de los reclusos. Y es que la droga es un instrumento fundamental de seguridad para la institución, ya que reduce los motines y las situaciones de tensión al reducir la capacidad reivindicativa de las personas presas. Las prisiones no reducen la criminalidad. El Estado puede extender las cárceles, multiplicarlas o transformarlas, pero la cantidad de crímenes y criminales permanece inalterable o bien aumenta.

El régimen totalitario y antinatural al que se ven sometidos los presos pretende inculcar la sociabilidad, dándoles únicamente una celda, es decir, lo contrario de la vida en sociedad. Este régimen de terror tiene como consecuencia el que la mayoría de presos busque evadirse mediante drogas. Esto sin tener en cuenta que gran parte de las personas presas están encarceladas por algún asunto relacionado con la droga. La prisión provoca reincidencia, y esto entre otras causas es así porque quien ha estado en ella nunca vuelve a ser aceptado por el resto de la sociedad como una persona normal, ya que el Estado, con sus innumerables archivos y fichas policiales, hace que nunca se olvide la falta cometida por el convicto y le sea prácticamente imposible realizar un modo de vida “normal”.

Las cárceles son injustas e inútiles. Son inútiles porque el tiempo ha demostrado el elevadísimo número de reincidentes. Además, la privación de libertad, el aislamiento, destruye en el ser humano todas las cualidades que le hacen más propio para la vida en sociedad. Son injustas porque van dirigidas sólo a los más pobres de la sociedad. El 95 % de las personas presas españolas pertenecen a los estratos sociales más bajos. En EEUU, el 7 % de la población negra está en prisión. Esto confirma que la cárcel no defiende a la sociedad sino al Sistema de dominio.

Las cárceles y el sistema judicial tienen como función “necesaria” para esta sociedad marginar y asustar con el fin de mantener el régimen. El Estado crea las prisiones para mantener la sociedad vertical y la propiedad privada. El 80 % de los delitos que llevan a las personas a la cárcel están relacionados con atentados a la propiedad privada, derivados en su mayor parte por la dependencia a las drogas. Si desapareciese la propiedad privada y la necesidad de control por parte del Estado -que ejerce con la droga-, los delitos se reducirían en un porcentaje muy elevado.

La función de la cárcel es convencer a la población de que debe llevar un determinado tipo de vida y dar legitimidad a la autoridad del Estado para castigar, de forma que el Sistema se perpetúe. Pero tal vez el papel más importante y, seguramente, el menos palpable de la Institución carcelaria, es el establecer una separación, ya no sólo física sino sobretodo mental, entre los que están fuera y los que están dentro, de tal forma que las personas implícitamente relacionan la calle, la cotidianidad… con la libertad. Esta falsa asociación de ideas es la que reduce al ser humano y sus sueños a la miseria de lo conocido, porque al fin y al cabo esa es la “libertad”.

Sin embargo, decir que los de dentro son presos y que los de fuera están libres es una ilusión, es una manera de no llamar a las cosas por su nombre y de engañar a las personas. Mientras que unos están sujetos a un régimen penitenciario -en primer, segundo y tercer grado y sufren la crueldad del sistema dentro de la cárcel-, otros nos encontramos en cuarto grado –la calle- sufriendo la crueldad del sistema en múltiples formas: leyes, trabajo, educación, mercado, represión, vigilancia… esperando un endurecimiento del grado en represalia por nuestra rebeldía. Es en definitiva, ésta una Sociedad-Cárcel.

 

 

 

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