La sociedad

Muchos son los males de nuestra sociedad y muchas las soluciones que se aportan en estos tiempos de frivolidad, pero tenemos que dar un paso esencial y terminar con el nefasto culto a la imagen, la hipocresía y la apariencia mentirosa. Este paso imprescindible es la consciencia moral que otorga la vida espiritual.

La represión a ultranza es traumática e indeseable, pero una convivencia moral obliga a un esfuerzo razonable para someter los oscuros instintos egoístas y obrar adecuadamente. Esta permisiva sociedad ya está dando suficientes muestras de hastío y de alarma ante la hecatombe que ha supuesto la necia implantación de una ética descabellada y acomodaticia, tal vez como reacción pendular a la hipócrita represión sufrida en tiempos recientes. Debemos aprender que la moral no puede imponerse, puesto que es una actitud soberana e individual.

El mundo no es algo separado de nosotros mismos. El mundo, la sociedad, es la relación que establecemos o procuramos establecer entre nosotros. Así pues, el problema somos nosotros, no el mundo, ya que el mundo es la proyección de nosotros mismos, y para comprender el mundo debemos comprendernos a nosotros mismos. El mundo no se halla separado de nosotros; somos el mundo, y nuestros problemas son los problemas del mundo.

El mundo es una sociedad compuesta por personas que se relacionan entre sí, y si las personas que lo componen no pueden generar una relación espiritual, la humanidad seguirá en un estado de caos, sin sosiego y en desarmonía. Parte de nuestra labor consiste en aportar la virtud al mundo; pero ello no nos será posible hasta que la misma virtud se encuentre en nuestro interior, hasta que no seamos paz en nuestras mentes, amor en nuestros corazones y comprensión en las profundidades de nuestro ser. Por esto es esencial que seamos conscientes de verdad y obremos adecuadamente, y no nos quedemos únicamente leyendo o hablando sobre ello. Por la espiritualidad, permitimos que el Padre, lo Otro, la Verdad, o como queramos llamarlo, pueda entrar en nuestras vidas.

No sólo las personas necesitan vivir espiritualmente, la sociedad también lo necesita. Quien no vive espiritualmente se convierte en una fuente de dolor, hasta el punto que su propia ignorancia, ego y maldad se proyectan al final, espectacularmente, en conflictos, guerras, y calamidades. Tenemos que ser capaces de advertir el ego en la sociedad, y cómo éste parece ser un imán que a todos atrae hacia el mal y la oscuridad.

La existencia en este plano físico ofrece la oportunidad de ser conscientes, obrar adecuadamente y con ello también crecer y evolucionar. Un medio para ello se encuentra en las relaciones sociales, pues una mentira planetaria envuelve a la humanidad, la mentira que se encuentra en las relaciones sociales.

Contra la presión de la sociedad se tiene el amparo de la consciencia, del conocimiento y del discernimiento. Así y todo, uno se ve obligado a participar en esta comedia. No está permitido salirse del teatro, pues normalmente no es conveniente hacerlo. La estancia en esta Tierra, concretamente en la sociedad de la que se forma parte, sólo tiene sentido si se es consciente y se obra adecuadamente.

O de grado o por fuerza nos sometemos a la ley que nos impone la sociedad. Sin embargo, no es preciso someternos inconscientemente a sus exigencias y convencionalismos. Representar automáticamente un papel en la comedia, vestirnos y gesticular como actores es una locura que nos alía con las fuerzas de la oscuridad y que, tarde o temprano, arruinará nuestra salud corporal y espiritual.

Sólo la verdad es moral, la mentira es inmoral. La verdad purifica, la mentira corrompe. La sociedad es insensata e insiste en engañarse, y nosotros con ella. El continuo embuste que nos imponemos consume, como un lento veneno, todas nuestras fuerzas vitales, y hasta llegamos a encontrar cierta complacencia morbosa en alimentar con nuestra carne y nuestra sangre al gusano roedor que nos devora.

Sólo la verdad puede salvar al mundo. Ella debe permanecer siempre y en todo lugar con nosotros. La mentira es la causa de nuestra debilidad. Los seres humanos hemos seguido siempre, en toda nuestra historia y en la actualidad, el camino de la mentira, la sinrazón y la barbarie. Para que esta brutalidad y este abatimiento espiritual se disuelvan es imprescindible que seamos conscientes y obremos adecuadamente. Sólo las personas espirituales tienen ánimo, valor y fuerza suficientes para no mentir a los demás ni engañarse a sí mismas, para ser y conocer lo que son.

Un buen paso para apreciar el error que se encuentra en la sociedad es distinguir lo que son emociones mundanas y lo que son sentimientos profundos. Veremos la diferencia si comparamos lo que sentimos, por ejemplo, cuando nos aplauden y cuando vivimos la naturaleza, o cuando obtenemos algún éxito, cuando llegamos “arriba” y cuando disfrutamos realmente con nuestro trabajo, cuando somos los jefes y tenemos poder y cuando disfrutamos de la compañía de compañeros y de amigos.

Las emociones mundanas son ilusiones que únicamente producen vacío y dolor. Proceden de nuestra propia “glorificación” y “promoción”, es decir, de nuestro ego. Son inventadas por nuestra sociedad y nuestra cultura para que seamos productivos y podamos ser controlados. Ver la realidad nos libera de nuestros condicionamientos y del control que la sociedad ejerce sobre nosotros. Un control tan desmesurado y brutal que librarnos de él es tanto como morir.

La sociedad está llena de deseos y de apegos. Si un miembro suyo se encuentra apegado al poder, al dinero, a la prosperidad y al éxito, si desea y busca todas estas cosas como si su felicidad dependiera de ellas, será considerado como un miembro dinámico, trabajador y productivo para la sociedad. Pero casi nadie ve que si una persona persigue esas cosas destruirá su vida y se convertirá en un ser duro, frío e insensible con los demás y consigo mismo, en un verdadero infeliz. Es sorprendente cómo la sociedad le considerará entonces un ciudadano como es debido, y sus parientes y amigos se sentirán orgullosos del “status” que ha alcanzado. Es muy difícil conocer a nadie de los que llamamos respetables que vivan de manera espiritual, sensible y amorosa, y no cedan a la presión de deseos y de apegos. Si de verdad fuéramos conscientes de ello alejaríamos de nuestro interior todo deseo y todo apego, como haríamos con una serpiente que se nos hubiera caído encima. Quienes son espirituales ven la podredumbre de esta cultura que se basa en la codicia, el apego, la insensibilidad y la dureza del desamor. Por ello actúan con libertad.

La sociedad no está precisamente compuesta por personas espirituales, ni se fundamenta en el suministro de las cosas esenciales, sino que se asienta en la propia exaltación psicológica, pues se emplea lo esencial como medio de exaltación psicológica de uno mismo. La subsistencia es el ganar lo necesario para cubrir las propias necesidades, el alimento, el vestido y la vivienda. La dificultad de la subsistencia surge tan sólo cuando no vivimos espiritualmente y empleamos las cosas esenciales de la vida, el alimento, el vestido y la vivienda, como medio de agresión psicológica, es decir, cuando nos valemos de las cosas necesarias como un medio de engrandecernos a nosotros mismos.

La humanidad tiene medios para asegurarse la subsistencia. Es innegable que podemos producir en tal abundancia el alimento, el vestido y la vivienda, que aseguraría la subsistencia de toda la humanidad, técnicamente es posible. Pero en esta Tierra el egoísmo, la ignorancia y la demanda de la guerra es mayor que la espiritualidad. En la sociedad se encuentran muy arraigados los nacionalismos. Pero el nacionalismo, para la humanidad, es un veneno y una maldición. Cuando el nacionalismo se va llega la inteligencia, evidentemente. En lo externo el nacionalismo origina divisiones y clasificaciones entre las personas, guerras y destrucción, todo lo cual es evidente para cualquiera que sea un poco observador. Interiormente, psicológicamente, lleva a una identificación con lo más grande, con la patria o con una idea, y es, evidentemente, una forma de autoexpansión. Creemos que no tenemos importancia, que no somos nada, pero si nos identificamos con el país, si nos llamamos americano o alemán, esto halaga nuestra vanidad y nos brinda satisfacción, prestigio y una sensación de bienestar. Esta identificación con lo más grande, que es una necesidad psicológica para quienes necesitan la expansión del “yo”, engendra aislamiento, conflicto y lucha entre las personas.

El patriotismo no sólo causa conflictos externos, sino también frustraciones internas y es la ruina de la humanidad. Cuando comprendemos el nacionalismo, cuando nos damos cuenta de todo su proceso, como nace y lo que produce, todo el proceso del nacionalismo y del patriotismo se desvanece. Sólo puede desaparecer si comprendemos plenamente sus implicaciones, examinándolo, captando su significado en las actividades tanto externas como internas.

De esta investigación surge la inteligencia, y entonces ya no se produce la sustitución del nacionalismo por ninguna otra cosa. En el momento en que sustituimos la religión por el nacionalismo, la religión se convierte en otro medio de autoexpansión, en una fuente más de ansiedad psicológica y de dolor, en un medio de alimentarnos con una creencia. Por lo tanto, cualquier forma de sustitución, por noble que parezca, es una forma de ignorancia. El nacionalismo con su veneno, son sus miserias y contiendas, sólo desaparecerá cuando seamos inteligentes y vivamos espiritualmente.

Otro gran problema de la sociedad es su profunda superficialidad. Básicamente ser superficial es depender de algo o de alguien. Depender psicológicamente de ciertos valores, de ciertas experiencias, de ciertos recuerdos contribuye ciertamente a la superficialidad. Cuando dependemos de ir a la iglesia todas las mañanas, o todas las semanas, para levantarnos el ánimo o recibir ayuda, si tenemos que cumplir ciertos ritos para mantener nuestra sensación de integridad o para recordar algún sentimiento que experimentamos alguna vez, significa que somos superficiales. Nos vuelve superficiales entregarnos a un país, a un proyecto o a determinada agrupación política. Lo cierto es que todo el proceso de dependencia es una evasión de nosotros mismos. Esta identificación con lo más grande es la negación de lo que somos. Pero no debemos negar lo que somos, que es la realidad, sino comprender lo que somos y no tratar de identificarnos con el Universo, con Dios, con determinado partido político o con lo que fuere. Todo esto conduce al pensamiento superficial, y de este pensamiento superficial surge una actividad que es permanentemente dañina, sea a escala mundial o a escala individual.

Se justifican las acciones superficiales pensando que por lo menos se lucha por algo mejor, pero cuanto más se lucha más superficiales se es. Esto es lo primero que necesitamos ver, y esta es una de las cosas más difíciles, ver lo que somos, reconocer que somos necios, frívolos, celosos, de miras estrechas. Si vemos lo que somos, si lo reconocemos, entonces por ahí podemos empezar. Sin ninguna duda es la mente superficial la que huye de la realidad, y no escapar requiere una ardua investigación y no ceder ante la inercia. En el momento en que vemos que somos superficiales se inicia un proceso de profundización, pero siempre que no hagamos nada con esa superficialidad. Sólo si vemos nuestra mezquindad y la examinamos cuando surge comprendemos la totalidad de su influencia y obramos adecuadamente. Entonces existe una posibilidad de transformación. Pero la persona mezquina, que reconoce que lo es y trata de no serlo ya sea leyendo, reuniéndose con la gente, viajando o estando incesantemente activa como un mono, seguirá siendo una mente mezquina.

La sociedad es superficial y por eso se encuentra abocada a la sinrazón y al desastre. La persona superficial jamás podrá conocer grandes profundidades. Puede tener abundancia de conocimientos, de información, puede repetir palabras. Pero si sabemos que somos superficiales, poco profundos, y observamos todas las actividades de la superficialidad, sin juzgar y sin condenar, pronto veremos que lo superficial desaparece sin ninguna acción por nuestra parte. Pero eso requiere atención y paciencia, no el ansioso deseo de resultados, de éxito. Sólo la mente superficial desea conseguir resultados.

 

 

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