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La sensibilidad.
La esencia del afecto es la sensibilidad. Pero la mayoría de las personas tienen miedo de ser sensibles; para ellas ser sensibles implica ser lastimadas, y por eso se endurecen para protegerse del dolor. O escapan hacia toda forma de entretenimiento, la iglesia, el templo, la chismografía, el cine, la reforma social... Pero el ser sensible no es algo personal, y cuando lo es conduce a la desdicha. Romper con estas reacciones personales e ir más allá de ellas es amar, y el amor es tanto para el uno como para los muchos; no está limitado a uno o a muchos. Para ser sensibles es preciso que todos nuestros sentidos estén totalmente despiertos, activos, y el tener miedo de ser un esclavo de los sentidos es simplemente eludir un hecho natural. La lúcida percepción del hecho no conduce a la esclavitud; lo que lo hace es el temor al hecho. El pensamiento pertenece a los sentidos, y el pensamiento contribuye a la limitación; sin embargo no tememos al pensamiento. Por el contrario, éste es ennoblecido junto con la respetabilidad y cultivado devotamente junto a la presunción. Ser sensiblemente perceptivo con respecto al pensamiento, al sentimiento, al mundo que a uno lo rodea, a la oficina y a la Naturaleza, es estallar en afecto de instante en instante. Sin afecto, toda acción se torna pesada, mecánica, y conduce a la decadencia. |
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