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La prevención de las enfermedades.

En gran parte, las condiciones de salud en la vejez son el resultado de los estilos de vida y de las prácticas saludables que se han practicado a lo largo de la vida. Muchas de las conductas de salud (hábitos de higiene, dieta adecuada y variada, ejercicio, etc.) y de las conductas nocivas con efectos significativos sobre la salud (como el consumo de tabaco y alcohol), así como la forma en que las personas se adaptan a las demandas ambientales, se establecen en el primer tercio de la vida. Por lo tanto, la primera intervención y, posiblemente, la más decisiva para el logro de una buena salud durante la vejez, es animar y fomentar en niños y jóvenes estilos de vida y conductas apropiados.

Es necesario ser conscientes y obrar adecuadamente, sólo así disminuye la posibilidad de caer enfermos. No fumar ni beber alcohol en exceso, un uso limitado y apropiado de fármacos, la práctica de ejercicio físico regular y una nutrición adecuada son algunas de las conductas y estilos de vida que más se asocian a la prevención de las enfermedades.

Las costumbres saludables afectan positivamente a la longevidad. El mantenimiento regular de sencillas conductas saludables se asocia a longevidad. Así, la esperanza de vida de los varones de 60 años que no fuman, practican ejercicio con regularidad y se mantienen en un rango de peso considerado normal es superior (puede superar con facilidad los 85 años), siete años más que la de aquellos que no mantienen estos hábitos. Además, ser conscientes y obrar apropiadamente no sólo afecta a la longevidad, sino que el tiempo de vida es más saludable y satisfactorio.

Las formas de vida saludables suele implantarlas el ser humano a partir de la segunda mitad de la vida. Muchas personas mayores de 65 años ponen en práctica siete hábitos de salud (evitar el tabaco, el consumo de alcohol y comer entre horas, realizar ejercicio, controlar el peso y dormir e ingerir alimentos adecuados), mientras que entre los menores de 45 años pocos lo hacen.

Las personas maduras están más atentas a amenazas hacia la salud que personas de menos edad. Las personas mayores de 55 años suelen tener un mayor interés en el cuidado y mejoramiento de la propia salud. Les agrada sentir la sensación de que tienen objetivos que cumplir y que desarrollarse personalmente. Se suelen responsabilizar en temas de la salud (educación sanitaria y búsqueda de ayuda profesional), en ejercicio, nutrición, apoyo interpersonal (relaciones sociales próximas) y cómo afrontar el estrés (reconocimiento de las fuentes de estrés, conductas de control de estrés y relajación).

Como son más sensibles a sus limitaciones en lo que se refiere a la reserva de energía y cómo necesitan más tiempo para recuperarse de la enfermedad, están más motivadas para evitar tanto el peligro real de las amenazas a la salud como el malestar emocional que las acompaña.

A medida que las personas se hacen mayores aumentan las conductas de autocuidado, lo que resulta como punto de partida muy positivo para exigir el desarrollo e implantación de programas de salud y de desarrollo interior entre las personas de más edad.

 

 

 

 

 

 

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