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Pasando la noche en una celda de ermitaño en la Montaña Fragante.


Llegué a este valle solitario
buscando sentimientos de otro mundo.
Desde lejos, el paso de piedra labrada
apunta adonde se allegan algunas nubes blancas.
Resuena de vez en cuando por el bosque
el hacha del leñador.
Este monje en la abertura del valle
es un amigo cuyo nombre se me escapa.
Por el estanque navega una joven luna,
cruzando el reflejo del cielo.
Arriba, un camino nebuloso de estrellas
se levanta hasta la suavidad del cielo.
¿Quién sino un taoísta residiría
tan por encima de la hierba silvestre?
Se oye de la cumbre con rayos de luna
el dulce tañido de la campana de piedra.

 

 

Comentario.

Este es otro de los poemas de Wang Yang-ming. Se titula “Pasando la noche en una celda de ermitaño en la Montaña Fragante”. Aunque nuestra versión queda tristemente lejos de la belleza del original, la hemos incluido como ejemplo de una técnica china predilecta: el poeta procura transmitir la suma total de sus sentimientos bosquejando una serie de detalles inconexos, cada uno de los cuales añade su parte. Desde el tercer y cuarto versos, cada par expresa uno de los ingredientes de la tranquila atmósfera que envuelve la morada de un ermitaño taoísta.

 

 

 

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