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El monasterio de la ciudad mágica.



Arriba, perdida entre colinas
se yergue la Ciudad Mágica
inclinada sobre el vacío; sus torres
invaden el reino de los dioses.
Más allá, navega una luna brillante
por el cielo de otoño despejado;
pero abajo queda el mundo, oscuro
por la lluvia fina como niebla de primavera.
Un dragón del cielo se abalanza hacia abajo;
las nubes se levantan para formar su tronco.
Como el tigre vuelve a su risco,
el viento pasa raudo por entre los árboles.
Quiero a este monje que habita en el monte,
tan fiel a sus tareas;
en el rito del anochecer, las lámparas prestan calor
a su canto solitario.

 



Comentario.

Este es otro de los poemas de Wang Yang-ming, titulado “El Monasterio de la Ciudad Mágica”, celebra una noche pasada en un monasterio budista situado en un lugar tan elevado que se bañaba de claro de luna cuando más abajo caía la lluvia. La alusión a un dragón debe profundizarse. Para muchos taoístas, el dragón y el tigre forman una pareja cuya importancia queda eclipsada raras veces por el yin y el yang. El viento que pasa por entre las ramas de los árboles mientras el tigre se dispone a saltar, expresan bien la rapidez y la fuerza. Es difícil plasmar bien el sentido de los dos últimos versos. La idea de Wang Yang-ming es que la luz de la lámpara acompaña amistosamente al ermitaño que, sin ella, se sentiría solo recitando sus plegarias.

 

 

 

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