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La ley de las correspondencias.

Teniendo en cuenta esos factores, ¿cuál es, pues, el fundamento de la Magia? Para ello debemos acudir a otra ley fundamental que no forma parte ni con mucho de las leyes científicas que todos hemos estudiado: la "ley de las correspondencias". Según esta ley, el Universo dentro del cual nos encontramos -y naturalmente todo lo que hay en él- no es una yuxtaposición de elementos distintos y diferenciados, sino un conjunto único, íntimamente relacionado entre sí en todas sus partes, intencionadamente, y en una forma completamente desligada del espacio y del tiempo. Es decir, que podemos considerar a nuestro universo y a todo lo que lo forma no como un conjunto de cosas distintas, sino más sencillamente como las distintas formas o estados de un mismo elemento común. En esta situación, pues, todo lo que se halla en nuestro universo estará siempre en constante relación, por lo que es indudable que al producirse cualquier fenómeno o cualquier variación en alguno de sus elementos, este fenómeno o variación repercutirá no sólo en este elemento en cuestión sino también, en una forma y medida determinadas, en el universo entero.

Tenemos ahí pues la teoría base que rige la astrología, y que es común a todo el conjunto de la Magia; todo está en todo, todo actúa sobre todo. O, usando la conocida frase común a gran parte de los libros que intentan penetrar en estos temas: "lo que está arriba es como lo que está abajo, a fin de que se realice el milagro de una sola cosa".

Es decir, que el universo está compuesto por una serie de Reinos, de elementos, de seres, de objetos análogos, cuyos respectivos elementos se corresponden uno a uno, de modo que la acción producida sobre uno cualquiera de ellos tiene inmediatamente su correspondencia en todos los demás.

Pero cuidado: esto no quiere decir que en la Magia se produzca, como en la ciencia, una relación de causa a efecto entre los distintos elementos en juego, ya que, desde el momento en que factores delimitativos tales como tiempo y espacio no existen para la Magia, no puede existir tampoco, en absoluto, una casualidad.

Llegamos con ello a la base en que se fundamenta toda la Magia. Aceptando la ley de las correspondencias, se comprende la finalidad y efectividad del acto mágico. La pata del león es el símbolo de la fuerza del león, el cabello de un individuo es el lazo que nos une a él, el punto de apoyo que nos servirá para actuar sobre él. Los magos saben bien todo esto. Estos símbolos no personifican exactamente la cualidad o la fuerza que buscamos, sino que son el punto de apoyo que nos permite efectuar el ritual mágico que nos llevará hasta nuestros propósitos. El salvaje que se come el corazón del enemigo valeroso busca en este órgano el valor que se halla representado en él, porque el ritual mágico que acompaña este acto le permitirá actuar desde el plano astral para infundirse a sí mismo dicho valor... proceso en el cual intervienen también, en gran manera, la concentración y la fuerza de sugestión necesarias para realizar dicho ritual, otras de las bases en la que se sustenta todo acto mágico.

Y esto ha dado precisamente origen a una de las primeras y más espectaculares degradaciones de la verdadera Magia: la hechicería. El simbolismo del acto mágico ha sido a menudo tergiversado... no, mejor: olvidado. Muchas veces, la tradición del acto mágico transmitido de boca en boca solamente ha dejado pasar la parte externa del ritual, algo así como el cascarón vacío de lo que es en realidad el acto mágico. Entonces, el antiguo ritual es efectuado mecánicamente, de una forma automática, sin consciencia de lo que se está haciendo, y la mayor parte de las veces mutilado e irreconocible tras el pase de generaciones. ¿Es éste el origen de tantos ritos incomprensibles que nos acompañan hoy en día, sin que sepamos exactamente cuál es su significado ni sus alcances? Indudablemente sí, como lo demuestran por ejemplo las aberraciones "mágicas" que se practican aún en determinados lugares, como la francesa de la "mano de gloria", cuya efectividad -aparte su aberración- es ciertamente dudosa. Entramos, pues, en el terreno resbaladizo en donde termina la magia y empieza la superstición: hay que ir con cuidado para no pisar en falso...

 

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Stonehenge: el lugar sagrado de la llanura de Salisbury, Inglaterra. En este lugar, en amaneceres como este, del primer día de verano, los druidas, misteriosos sacerdotes de un culto secreto, celebraban sus sacrificios, que sólo terminaron ante la implacable persecución del invasor romano.

 

 

 

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